El saber no ocupa lugar, y tal vez por eso nadie siente que le sobran los conocimientos que posee, ni se felicita por carecer de los que le faltan. El Sr. Conrado Ferber es una excepción. Recientemente ha proclamado su reconocimiento al Altísimo por no saber economía, lo que es un pensamiento muy extraño. Dicen que es de santos dar gracias a Dios por todo, pero la actitud tiene que tener límites. Si aceptáramos que la ignorancia es un don divino habría que reconocer que todos lo recibimos por igual de pequeñitos, y que los esfuerzos que algunos hacen para librarse de ella implicarían rebeldía contra la voluntad del Creador.
Más extraña aún es esta profesión de ignorancia sobre economía por haber sido hecha en el curso de una conferencia en la que el expositor no habló sobre otra cosa.
Siempre había tenido al Sr. Ferber por hombre criterioso, y me asombra que se haya lanzado a hablar sobre temas que se jacta de no conocer. ¿Por qué no dará sus disertaciones sobre agronomía u otro tema sobre el que se halle informado?
Si el Sr. Ferber fuera economista, ciertamente habría pronunciado una conferencia muy distinta. Ciertamente que no habría aconsejado con corazón ligero una devaluación del orden del 75-80 o/o, cuyas consecuencias serían catastróficas para todo el país, y que, de hecho ningún economista ha recomendado antes.
Si el Sr. Ferber fuera economista, comprendería la relatividad, y aún la franca inadecuación, de las medidas de "paridad real" que publica el BCU, y que él cita como si fuera el Evangelio.
Si el Sr. Ferber fuera economista, sabría que muchas políticas exitosas en muchos países habrían pasado a la historia como grandes fracasos si las autoridades respectivas las hubiesen abandonado no bien los observadores más superficiales y peor informados les hubiesen imputado obstinación.
Si el Sr. Ferber fuera economista, vería claramente que la sustitución del IMAGRO por el IRIC es favorable al sector agropecuario, y no habría perdido tiempo atacando la proyectada reforma tributaria.
Si el Sr. Ferber fuera economista, captaría la contradicción de su discurso, que ataca al gobierno a la vez por coherente (obstinado) y por incoherente (medidas de 1979 contradictorias con la orientación general de la política económica).
Si el Sr. Ferber fuera economista, no habría gastado su aliento en sostener que hay que comprar a quien nos compra, y que hay que usar nuestro poder negociador, todo lo cual nunca ha hecho más que perjudicarnos notoriamente.
Si el Sr. Ferber fuera economista, se daría cuenta que el tema clave para su sector es el de la protección arancelaria, tema sobre el cual él ha guardado siempre el mismo silencio que sus colegas dirigentes del gremio agropecuario.
Si el Sr. Ferber fuera economista, como decíamos, habría pronunciado un discurso totalmente distinto. ¿Y si hubiera sido político? Porque el Sr. Ferber informó a su audiencia que, aparte de no ser economista, tampoco era político. Pues tal vez, si hubiese sido político, el discurso habría sido exactamente igual. Al menos si por político debemos entender el arquetipo humano que nuestra experiencia vernácula nos ha enseñado a reconocer como tal. Porque si el Sr. Ferber, que es hombre criterioso, se puso a hablar de lo que le consta no entender, incluyendo algunos de los temas más graves de nuestra convivencia nacional, debe ser porque optó por servir de portavoz a su medio, renunciando a dirigir, él que es dirigente, y aviniéndose en cambio a dejarse conducir por los más exaltados del grupo. Y esto se parece al modelo de conducta que conocimos observando a nuestros políticos como una gota de agua a otra.
Pero tal vez me equivoque, y el Sr. Ferber no sea, después de todo, político en este mal sentido de la palabra. Por lo cual sí, con todo derecho, podrá darle gracias a Dios.