Crisis en la Universidad

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Cuando se anunció que la Ministra de Educación y Cultura se dirigiría al público uruguayo el jueves pasado, nos sentamos ante el televisor con gran expectativa. Poco más de una semana antes había renunciado el Rector, invocando una grave desavenencia con ella misma. Un Rector, dicho sea de paso, cuya gestión se había iniciado en medio de un interés muy particular, despertado por la propia personalidad del Dr. Viana Reyes, tal vez la figura joven más prestigiosa surgida del proceso, por el tratamiento cuasi ministerial que el Presidente de la República le había dispensado en varias oportunidades, y tal vez más que nada por el hecho de que el Rector no había perdido tiempo en formular un par de denuncias sobre graves irregularidades que él y sus colaboradores inmediatos sostenían haber detectado en la actuación de sus predecesores.

El interés que este último aspecto había suscitado desde un primer momento se había intensificado al circular rumores de que en altas esferas oficiales las denuncias del Rector habían sido vistas con desaprobación, en base a una supuesta tesis según la cual el procedimiento judicial conducido por los canales legales ordinarios estaría excluído como forma de enjuiciar a los administradores designados por el régimen.

Por fin, la renuncia del Rector había hecho referencia a una comunicación escrita de la Ministra Dña. Betolaza, que le ordenaba concurrir a su despacho a hora determinada para efectuar los expedientes de la Universidad que ella debía despachar. La gente debió quedar impresionada por la forma en que desarrollaban las relaciones cotidianas entre dos altos funcionarios del gobierno, y probablemente llegó a la conclusión de que un apartamiento tal respecto de sus experiencias individuales acerca de las relaciones entre superiores y subordinados a cualquier nivel debía responder a algo más que una desviación burocrática de la cortesía usual entre los seres humanos.

Por todo ello la expectativa con que nosotros nos aprestamos a escuchar a la Ministra de Educación debió ser compartida por muchos conciudadanos.

Lamentablemente, todos resultamos defraudados. La Ministra se limitó a efectuar un informe de fin de año, como si fuera la directora de un enorme instituto docente, que trazara el balance del año lectivo pasado, y formulara buenos propósitos para el próximo. Sobre la grave crisis padecida, y la situación de emergencia que ella dejó tras de sí, la Secretaria de Estado no dijo una sola palabra.

¿Se tratará de una tentativa de sostener que aquí no ha pasado nada? En tal eventualidad, y es difícil imaginar otra, no creemos que esa tentativa pueda alcanzar éxito. La ciudadanía sabe que no todo anda bien en la Universidad, probablemente sospecha que mucho ande mal en la educación, y teme asimismo que se pretenda escatimarle información sobre asuntos que son de su directa incumbencia, a la que posee indiscutible derecho.

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