PAC significa la política agrícola común de la CEE; pero si usted necesita de estas aclaraciones preliminares, será mejor que relea el importante estudio que Roberto Muñoz Durán escribió para nuestra última edición.
Aplicado a la carne vacuna, el proteccionismo de la CEE nos causa una variedad de perjuicios. El inicial consistió en un empeoramiento de nuestros términos de intercambio, derivado del empleo de aranceles. Los aranceles comunitarios redujeron la demanda en sus territorios para un precio cualquiera de exportación nuestro (ya que el consumidor debe pagar el precio más el arancel) y por lo tanto redujeron nuestro precio. En segundo lugar, estimuló la producción dentro de la CEE, ya que el productor comunitario se beneficia con el arancel, y el consiguiente incremento de la oferta redujo el precio todavía más.
Una ulterior ronda de efectos negativos se derivó del ensanchamiento progresivo de la CEE. En particular, la incorporación del Reino Unido primero, y de Grecia después, han achicado significativamente los mercados en que podemos colocar nuestras carnes.
En último término, la desmesura del estímulo ha transformado a la Comunidad en gran exportador de carne. La diferencia entre el precio interno y el internacional se cubre con enormes subsidios. El monto del subsidio por tonelada supera el ingreso unitario que a nosotros nos dejan las exportaciones.
¿Qué ocurriría si el PAC dejara de aplicarse a la carne vacuna?
Sin lugar a dudas, representaría una transformación económica revolucionaria. El precio internacional subiría por encima de 2.000 dólares la tonelada, las inversiones en nuestra pecuaria se volverían altamente rentables, y nuestro país, entre otros, entraría en una fase de pujante desarrollo. Al mismo tiempo, dentro de la Europa comunitaria, el consumidor se beneficiaría con una reducción espectacular del precio, ocasionándose una reasignación de recursos que mejoraría apreciablemente la productividad media del capital y el trabajo. Los únicos perjudicados serían los productores de carne de la CEE.
¿Por qué se mantiene una política que causa tantos daños, y tiene tan pocos beneficiarios?
La necesidad de autosuficiencia por razones estratégicas no pasa de ser un pretexto. Las verdaderas razones sin duda son otras. En primer término, la fuerza política del lobby agrícola. Asimismo, y tal vez esto sea lo más importante, la difundida actitud de la opinión pública europea hacia su agricultura, en el sentido de desear la preservación de sectores agrícolas relativamente grandes, aún a costa de tener que soportar el peso de apreciables subvenciones.
Una idea de la fuerza de tal actitud la tuve hace unos diez años, a través de una entrevista con el representante del Vaticano en los organismos internacionales de Ginebra. Le formulé una pregunta que desde largo tiempo atrás me inquietaba: ¿Cómo era posible que Populorum Progressio, la encíclica dedicada específicamente a los países menos desarrollados, omitiese toda mención al proteccionismo agrícola europeo, que para buen número de esos países constituía el principal problema? Mi interlocutor me respondió, sin la menor hesitación, que la omisión del tema respondía a la política del Vaticano en el sentido de favorecer la preservación de las poblaciones agrícolas en Europa, por considerarlas factores de estabilidad moral y social.
Es obvia la relatividad de esa visión, que cito por su importancia intrínseca, pero también por presumirla representativa de un espectro muy amplio de opinión. Por proximidad se percibe el peligro de que el campo europeo quede despoblado, pero la frustración y la desazón, y la pobreza que esa política origina allende los océanos simplemente está demasiado lejos para que se la perciba.
Nosotros, en cambio, no tendríamos excusa si no viéramos que el enemigo se llama PAC. Y no tenemos excusa por distraer nuestra atención y dispersar nuestra voz, en tanto organismo absurdo, y en tanto programa disparatado, sobre el manido tema del desarrollo. Deberíamos actuar con total unidad de propósito, y movilizar contra el enemigo el arma formidable de que disponemos: la razón.