Anoche (jueves 14) oí a un político uruguayo atribuir la totalidad de las dificultades materiales que estamos soportando a la actual política económica. Como si todo Occidente no estuviera sumido en una grave recesión. Como si el PBI argentino no hubiese caído más de un 5 o/o en 1981. "Será necesario ver cómo se debate este tema en ocasión de las elecciones internas" me dije. Pero el curso de la entrevista televisada me hizo concebir dudas respecto de la disposición de algunos a entablar un debate racional. Preguntado el reporteado si estaba a favor de un candidato único en su partido (Colorado), respondió que sería difícil porque, según expresó, "los que votaron por Sí en noviembre del 80 estarán a favor de la política de Arismendi, mientras que los que votaron por No estarán en una posición diametralmente opuesta".
Confieso que el sentimiento que me dominó fue de miedo. Si éste es el grado de refinamiento con que se va a polemizar sobre economía, ¿qué esperanzas podemos abrigar de preservar cierto grado de racionalidad en nuestra política? Esta gente quiere zambullirnos de nuevo en la ciénaga en que chapoteábamos hasta 1974, y la pasión no les deja ver que el sistema ni a ellos mismos les sirve, dada la inestabilidad extrema que ha exhibido aquí y en todos los países que tenemos cerca.
Y de allí mi pensamiento pasó a especular sobre cómo estaríamos en este momento si el itinerario por el que veníamos transitando no se hubiese quebrado abruptamente en 1974.
El ejercicio no es fácil. Ante todo, es preciso recordar que la política actual no provino del cambio de régimen político (junio del '73) sino del shock petrolero de fines de aquel año. El régimen "cívico-militar" surgido de junio del '73 se mostró de comienzo totalmente satisfecho con el sistema de dirigismo extremo que el régimen anterior ("¿cívico?") tenía implantado, al punto de conservar por un año en su puesto al Ministro de Economía. Aquella política lograba a duras penas equilibrar las cuentas externas, excluyendo casi totalmente las importaciones de bienes de capital, y haciendo de la obtención de divisas para importar materias primas la tarea más absorbente de los industriales, merced a un sistema agobiante de control de cambios. Entonces la carne se vendía a más de 2.600 dólares y el barril de petróleo se compraba a menos de 5 (ambos en unidades de 1980). Si la política económica se cambió drásticamente a mediados de 1974, fue sencillamente porque no había más remedio.
Preguntémonos, sin embargo, dónde estaríamos si Végh Villegas y Arismendi no hubiesen empuñado nunca el timón de la política económica. Parece que sería legítimo suponer que en dólares constantes nuestra capacidad de importación (que siempre usábamos al máximo) hubiese crecido en los nueve años siguientes al '73 a la misma tasa que había crecido en los nueve años previos. Esto arroja para 1982 una importación total estimada, en dólares de 1980, de 565 millones, mientras que en 1980 fue superior a 1.700 millones. (Además en 1980 ganamos 139 millones de dólares de reservas y en 1973 no llegamos a la décima parte de esa cifra). Si ahora dispusiéramos de 565 millones para importar, después de pagar la cuenta del petróleo nos quedarían unos 90 millones. En 1980 las materias primas químicas, plásticas y metálicas sumaron ellas solas más de 360 millones.
¿Podemos entender que con ésto queda contestada nuestra pregunta? Pensamos que, básicamente, así es. Si no hubiéramos cambiado de política estaríamos, como en el largo plazo keynesiano, todos muertos. Pero eso no aleja nuestras inquietudes. Si volviéramos a las prácticas pre-1974, nuestra muerte no sería súbita. Se produciría un deterioro gradual, más rápido que el anterior, pero más parecido al descenso de un vehículo sin frenos que al de una piedra soltada desde una torre. Y es obvio que eso da lugar a un ciclo de inestabilidad política y económica que nuestra área cono-sureña tiene ilustraciones bien conocidas.