En la entrevista que concedió a BUSQUEDA la semana pasada el ex Vicepresidente de la República, Sr. Jorge Sapelli, éste sostuvo que cuando un pueblo posee las cualidades del nuestro, nunca hay verdaderos motivos para la ruptura del orden institucional; y atribuyó la que sobrevino en junio de 1973 a la falta de convicciones democráticas de algunos de los principales dirigentes. De ello se desprende que, para el Sr. Sapelli, si el pueblo ama la democracia, y lo mismo puede decirse de los dirigentes, el régimen estará a cubierto de peligros.
Mucho me temo que la cosa sea más complicada. El punto de vista del Sr. Sapelli me recordó la respuesta que cierto longevo dio a alguien que le preguntó cómo podría él también alcanzar larga vida: "Sigue respirando, hijo, nunca dejes de respirar" fue su consejo, sin duda certero, pero difícil muchas veces de seguir.
Montesquieu, por de pronto, enseñó que los regímenes ideales entrañan todos el peligro de degenerar, si abandonan cada uno su cualidad paradigmática; en las aristocracias, por ejemplo, ésta es el honor, sin el cual devienen oligarquías, y en las democracias es la virtud, sin la cual se vuelven inestables demagogias.
Según Montesquieu por lo tanto, el que en una sociedad todos amen la democracia no garantiza que ésta continúe indefinidamente. Si sus dirigentes se comportan de manera no virtuosa, el pensador francés nos alerta sobre el riesgo de que el orden democrático se quiebre.
Algo muy semejante, referido a la libertad, enseñó el contemporáneo inglés de Montesquieu, Edmund Burke. Burke no creía que bastase con que todos amaran la libertad para que este supremo valor del ámbito político pudiese perdurar. Para él era escencial que los hombres supieran poner a sus pasiones un freno interior, de lo contrario, sostenía, el freno tendrá que serles impuesto desde fuera. Y pronosticaba que las sociedades compuestas por hombres desprovistos de autodominio caerían invariablemente en la servidumbre. "Sus pasiones", escribió, "forjan sus cadenas".
Yo creo firmemente que Montesquieu y Burke nos están diciendo cosas que poseen, respecto de nuestra afligente situación, indudable relevancia. Debemos haber cometido gravísimas faltas, para que nuestra bien amada tradición constitucional se mostrara súbitamente tan frágil. Este es a mi modo de ver el gran tema de reflexión en el tiempo de la reapertura política, en torno al cual cabría buscar una comunión nacional en la asunción de culpas, en la que todos seríamos solidarios, y de donde podríamos extraer la lucidez y la fuerza necesarias para el difícil trecho de nuestra historia que tenemos por delante.
¿Lograremos atravesarlo con felicidad, sin disponer de una explicación ampliamente compartida de lo que nos ha acontecido? Yo me siento muy escéptico al respecto. Tenemos que comprender lo que nos ha pasado, y asumir nuestra colectiva responsabilidad. De lo contrario estaremos reconstruyendo nuestro edificio institucional sobre arenas movedizas.
Permítaseme regresar a la entrevista con el Sr. Sapelli. Recordaba el reporteado que el orden institucional no había sido obstáculo para que la sedición fuera vencida, y agregaba: "Además el Parlamento había votado todas las leyes que había propuesto el Poder Ejecutivo..." Yo me he dicho: el Sr. Sapelli refuta explicaciones del fenómeno que nos concierne, que seguramente deben ser sostenidas por alguien.
Algunos creen, por lo visto, que la sedición fue una causa de nuestra crisis, en lugar de haber constituido, al menos en su virulencia, una consecuencia de la misma; y deben pensar que al votar el Parlamento los proyectos que le enviaba el Poder Ejecutivo, en su mayoría estatutos lamentables, pero en algunos casos —v.gr. ley de ilícitos económicos— textos realmente oprobiosos, ayudaron a preservar las instituciones, en lugar de haber promovido sobremanera, como sin duda ocurrió, su descrédito. Y al comprobar así que la confusión hace de tal modo presa de algunas conciencias compatriotas, me he sentido reafirmado en mi convicción de que éste es, efectivamente, el gran tema de la presente coyuntura uruguaya.