¿Crisis del capitalismo?

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Sin duda debe haber impresionado a los lectores de BUSQUEDA el sombrío panorama que Jorge Caumont trazó en su columna de la última edición, donde diagnosticaba que la economía mundial está llegando a su peor momento desde el fin de la 2ª guerra mundial.

La peor recesión de la postguerra había sido hasta ahora la de 1974-76, que suele asociarse con el shock petrolero de 1973-74. La contracción presente parece menos claramente vinculada con el 2º shock petrolero, de 1979. Por de pronto, algunas economías importantes acusaron una fluctuación expansiva a fines del '80 y principios del '81, para entrar solo luego — cuando los precios del petróleo ya estaban bajando — en el peligroso tirabuzón en que ahora se hallan.

Parece más plausible vincular la contracción corriente al insólito nivel a que las tasas del interés arribaron el año pasado en los grandes centros financieros, incluso a la altura que han conservado en medio de una recesión profunda, y a los signos de nuevas alzas, ciertamente no explicables en función de una recuperación. En otras palabras, parece ser en el campo monetario, y no en el real, donde hay que buscar el origen del mal.

Es preciso tomar conciencia de que a partir de agosto de 1971, cuando Nixon decretó la inconvertibilidad del dólar, se está llevando a cabo un experimento nuevo en la historia del mundo, a saber, la operación estable de una economía mundial sin ninguna forma de sistema monetario global.

Desde entonces cada una de las principales monedas flota con respecto a las otras, sin que exista ningún activo tangible en que ninguna de ellas sea en definitiva convertible. Por lo tanto, sin que ninguna restricción exterior a la voluntad de las autoridades limite la emisión de papel moneda. A principios del siglo XIX Ricardo ya advirtió que semejante potestad irrestricta sería inevitablemente abusada, y los hechos no le han retaceado la razón. A partir de principios de la década pasada el mundo ha resultado inundado por un alud de dinero jamás antes visto. Los intereses están altos, porque la gente desconfía del futuro del dinero. En el Uruguay, esto no es difícil de explicar.

La inestabilidad cíclica creciente bien puede ser la consecuencia de la inestabilidad monetaria, que es lo que la mayoría de las teorías del ciclo económico harían prever. Pues bien, esa creciente inestabilidad cíclica, ¿no supondrá a su vez un riesgo también progresivo para la supervivencia del sistema?

En la teoría marxista del capitalismo la intensificación de la crisis desempeña un papel clave en la caída final del sistema. Para Marx el mecanismo cíclico estaba asociado al subconsumo, y a la progresiva depauperización de las masas, todo lo cual es inconsistente con la experiencia, pero el hecho en sí de que un régimen inestable tiene que volverse asimismo frágil frente a los ataques externos parece innegable.

Si en este aspecto las profecías marxistas podrían cobrar algún grado de verosimilitud, en otro en cambio me parecen tan descaminadas como siempre. Si hubiera una crisis final ésta no sería de un sistema económico llamado capitalismo, sino de la mismísima civilización occidental. La colectivización como sistema mundial no es viable: en las palabras de Ortega y Gasset,

"La termitera humana es imposible, porque fue el llamado 'individualismo' quien enriqueció al mundo y a todos en el mundo y fue esta riqueza quien prolificó tan fabulosamente la planta humana. Cuando los restos de ese 'individualismo' desaparecieran, haría su aparición en Europa el famelismo gigantesco del Bajo Imperio, y la termitera sucumbiría como al soplo de un dios torvo y vengativo".

No parece inoportuno recordar que el dios torvo y vengativo que se abatió sobre el Imperio Romano tomó la doble apariencia de inflación y burocracia. Nadie debe creer que fuera casualidad; y todos los que rechacen el determinismo histórico deben extraer las obvias conclusiones sobre la fisonomía del enemigo.

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