Comprender la coyuntura

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Si en el Uruguay hemos de avanzar hacia una solución inteligente de nuestros problemas, los primeros pasos deberían consistir en procurar la mejor comprensión posible de lo que nos está aconteciendo, y de cuáles son las alternativas de política económica que se hallan a nuestro alcance.

En contraposición con la actitud que sugerimos, muchos parecen decididos a que el camino se busque desde una plataforma asentada sobre cuatro pilares: (1) una apreciación de hecho, en el sentido de que las cosas van muy mal; (2) otra apreciación de hecho, en el sentido de que las cosas van cada vez peor; (3) una inferencia, en el sentido de que (1) y (2) tienen que deberse a la política económica; y (4) una segunda inferencia, en el sentido de que un cambio de la política económica, cualquier cambio, el cambio mayor posible, tiene que resultar provechoso.

Las dos apreciaciones de hecho son correctas, y se resumen en la sola proposición de que estamos en una contracción cíclica importante (lo que da cuenta a la vez de nuestra posición y de la dirección de nuestro movimiento). Las inferencias son, en cambio, completamente inadmisibles. La primera implica una ignorancia escandalosa de la situación internacional. La segunda traduce una rebelión abierta contra la lógica más elemental.

Unos pocos datos bastarán para dar un esbozo de la coyuntura que nos rodea. En los EEUU el PBI declinó en el último trimestre de 1981 a una tasa anualizada de 4,7 o/o. Mientras tanto, los precios medios de los bienes corrientes continuaron subiendo. La inflación descendió apreciablemente, del 13,5 o/o en 1980 al 9,3 o/o el año pasado, pero con todo mucho menos de lo que el efecto de la contención monetaria y la contracción del producto podrían haber hecho esperar. Y para este año los pronósticos se sitúan en un moderado descenso a un 7,5-8 o/o. El efecto de la recesión se ha hecho sentir en cambio claramente sobre los precios de las acciones, que han alcanzado su nivel mínimo desde 1980, y otros activos, así como sobre los precios de la mayor parte de las materias primas.

Las tasas de interés merecen especial atención. Desde fines de 1980 las tasas reales han promediado alrededor de 8 o/o. En el cuarto de siglo previo a 1979 nunca habían excedido de 4 o/o, y aun se habían acercado sólo excepcionalmente a ese nivel. La dificultad para comprender lo que acontece en este terreno —tasas nominales que fluctúan erráticamente pero a niveles exorbitantes mientras el sector real se contrae y la inflación baja— es patente. Friedman confesó su perplejidad el año pasado en un artículo que BUSQUEDA reprodujo. Leif Olsen, principal economista del Citibank, escribía recientemente:

"No conocemos a nadie en el campo del análisis financiero que haya aportado un modelo convincente para explicar por qué las tasas han sido tan anormalmente altas" (Financier, febrero de 1982).

Es un simple corolario de lo que venimos exponiendo que las autoridades norteamericanas carecen de un camino claro para salir de sus actuales dificultades. En particular, el aflojamiento de la política monetaria restrictiva —que concebiblemente podría ser dictado por la conclusión de que los éxitos alcanzados contra la inflación son demasiado modestos para justificar las penurias desatadas en el campo real— de ninguna manera proporcionaría una alternativa segura para mejorar los niveles de empleo y actividad. Al contrario, diversos economistas prevén que un aflojamiento de la disciplina monetaria surtiría un efecto perverso sobre las tasas de interés.

Lo único que parece cierto en este mar de dudas es que la economía de los EEUU, lo mismo que la del mundo entero, está enferma de incertidumbre. Ello torna recomendable, en principio, insistir en la política actual, como lo recomienda Olsen en el artículo citado, y como el Presidente del banco central de los EEUU, Sr. Paul Volcker, y el Sr. Ronald Reagan, parecen creerlo por ahora. Reducir la incertidumbre a través del mantenimiento de una misma política, por más que ésta no esté dando aún los frutos esperados, bien puede representar el camino óptimo en las condiciones actuales.

En cuanto al resto del mundo, luego de señalar que los países del oeste europeo parecen haber sido arrastrados por la contracción norteamericana de la incipiente recuperación que estaban mostrando el año pasado (entre Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido suman 8,5 millones de desocupados) lo que más directamente nos atañe es la situación de nuestros vecinos. En 1981 en Brasil se registró un descenso del PBI de un 3,7 o/o, la peor marca en 20 años. En la Argentina la caída del producto, que llegó al 6,1 o/o en el año, fue del 11,4 o/o en el tercer trimestre y del 8,9 o/o en el cuarto.

Todo lo que hemos dicho sobre la coyuntura mundial es significativo para nosotros. La uruguaya es una economía pequeña y abierta. Que se halla en la imposibilidad de aislarse de las fluctuaciones internacionales parece demasiado obvio como para intentar una demostración. Nuestra apertura es hoy mayor que hace 10 años —en cierto modo nos vimos obligados a abrirnos por la crisis petrolera de 1973-74— pero la irrupción del ciclo económico en nuestra vida, luego de un ya semiolvidado medio siglo, no es el resultado de esa apertura, sino del hecho de que el mundo había gozado de una notable estabilidad mientras nosotros procurábamos mantenernos tan alejados de él como fuera posible. Tratar ahora de regresar a la estabilidad cíclica con crecimiento cero no sólo sería una meta odiosa: resultaría además inalcanzable.

Esto no significa que nos veamos reducidos forzosamente a la pasividad. Pero sí quiere decir que un objetivo racional debe consistir en optimizar nuestra situación, dada la situación internacional, y en modo alguno presumiendo que la situación internacional no nos concierne.

Una vez que nos hayamos impuesto debidamente del sentido y alcance de esa restricción, estaremos en condiciones incomparablemente mejores para examinar las alternativas de política que son pertinentes en nuestra situación. Pero ése es ya el tema de otro artículo.

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