Un amigo, que dirige una acreditada página económica, me ha reprochado por más de una vez haber omitido el comentario a una especie de manifiesto difundido por una comisión que coordina varios grupos políticos. Hoy quiero formular mis descargos ante esa imputación. Básicamente, mi alegato se basa en la dificultad de la tarea que he pasado por alto.
Suponga usted que tuviera que comentar un documento en que se hablara del "deterioro del salario real". Ahora y aquí, donde el salario real ha aumentado un 14,4% en los últimos doce meses, 15,9% en los últimos 24 (7,7% al año) y donde el problema consiste en que la tasa mínima salarial decretada está generando desempleo. Supóngase además que la gente agrupada en el comité de marras fuera prestigiosa, y tal vez estuviera llamada antes de mucho a regir los destinos de la nación. Gente a la cual no podría decírsele lo que uno le diría a otros cuando sus afirmaciones contradijeran flagrantemente los hechos. Realmente, la situación del comentarista es comprometida, ¿no le parece?
Suponga además que el documento dijera que la situación recesiva por la que atraviesa el Uruguay "no es responsabilidad de la situación mundial". Aún si dejamos de lado el uso impropio, pero revelador, del término "responsabilidad" en este contexto, resultaría que el Uruguay genera sus propios impulsos cíclicos, contra lo que han enseñado, no diré ya los clásicos, neoclásicos y otros obsoletos, sino el mismísimo Prebisch y la ínclita CEPAL, con su distinción entre centros cíclicos y periferia. ¿Qué le diría usted? ¿Que no hay un economista en el mundo que, aún distraído, suscribiera sus conclusiones? ¿No es verdad que sería demasiado fuerte?
Imagine usted que en el manifiesto se afirmara que devolver al sector privado las empresas estatales no es parte de la solución que hay que buscar, sino que, al contrario, podría agravar el problema. Suponga que, como fundamento, se adujera que tales empresas son "esenciales para la soberanía económica del país". ¿No es verdad que no sabría usted qué responderles?
Creo que hay documentos que más vale no comentar, que corresponde declarar irrefutables, y pasar a otra cosa.
Eso no quiere decir que me quede indiferente ante textos de esa índole. Al contrario, no puedo leerlos sin que se me apriete el corazón, porque me doy cuenta que cada uno de ellos va poniendo una piedra más en el camino que debería llevarnos de regreso hacia la normalidad constitucional y el estado de derecho.
Semejantes documentos no están dirigidos al intelecto de sus lectores; presumen la convicción de sus autores en la irracionalidad de su público; están dirigidos, de manera exclusiva, a las emociones de sus destinatarios. De ahí que sean en rigor irrebatibles, en el mismo sentido en el que lo es una bofetada.
Es de la esencia de la democracia que el cuerpo social esté fraguado con una argamasa racional. Si los del partido azul se reúnen por su lado, y se enardecen con sus ideas, y los del partido amarillo se juntan y se excitan con las suyas, el juego político resultante podrá ser muy divertido, pero no es el juego democrático. Podrán ir las urnas, pero no podrán hacer funcionar al estado. Y es poco probable que las urnas sigan empleándose por mucho tiempo.
Un programa mínimo de los partidos para recomponer un ambiente de diálogo racional como basamento del retorno a la democracia tendría que reunir dos elementos. En primer término, un análisis del desastre económico que fue el Uruguay por lo menos entre mediados de los años '50 y 1973. En segundo lugar, un reconocimiento, tan matizado con objeciones y críticas como se desee, de los elementos de progreso alcanzados desde 1974. Si continúan hablando como si hasta 1973 hubiéramos vivido en el mejor de los mundos económicos posibles, y desde entonces en el peor, y al diablo con los números si dicen algo completamente distinto, entonces no se le está dando al país la oportunidad que él se merece.
Por favor, pues, en lo sucesivo, algún documento que pueda rebatirse.