Las reclamaciones territoriales pendientes entre estados se cuentan por decenas, tal vez por centenares, y entre ellos deben ser muy pocos los que tengan toda la biblioteca de un sólo lado de la controversia. Se trata casi siempre de cuestiones, para decirlo con la expresión habitual de un distinguido jurista uruguayo, discutidas y discutibles.
La vieja reclamación argentina sobre las Islas Malvinas no es una excepción. Tiene la República Argentina a su favor los vicios flagrantes del título original del Reino Unido, y su protesta por ellos, audible e incesante, que ha cerrado el paso a la prescripción. En su contra tiene el pronunciamiento presumiblemente unánime de los pobladores del archipiélago. Son pocos, pero son todos aquellos para quienes la cuestión posee vigencia en el plano de la vida cotidiana.
La referencia al colonialismo, que está siendo reiteradamente usada en este contexto, no creemos que lo ilumine. La condena usual al colonialismo se dirige contra el dominio de un poder metropolitano sobre una población distante, que le es ajena étnica, culturalmente, o en algún otro sentido significativo. Lo que no es el caso de Las Malvinas. Era el caso de Túnez, y Francia dejó Túnez sin problemas. Era menos el caso de Argelia, porque allí una fracción pequeña pero no insignificante de la población se sentía en comunión con la metrópoli. Allí Francia tuvo mayores dificultades para retirarse. Las Malvinas son, en este aspecto, como si todos los argelinos hubiesen sido pieds-noirs. La situación para el Reino Unido es conflictiva, como lo es respecto de Gibraltar. Negar esta dificultad es rehusarse a ver con claridad el problema.
Por lo tanto, no podemos más que deplorar el método seguido por el gobierno argentino para llevar adelante su reclamación. Según entendemos su tesis, el recurso a la fuerza se justifica por la evidencia incontestable de su razón, lo que vendría a colocar al Reino Unido en el papel de un usurpador al estilo de la URSS en Afganistán. Todo ello nos parece manifiestamente insostenible.
Si todas las controversias pendientes entre estados se ventilasen según el estilo seguido por el gobierno argentino en el Atlántico Sur, este mundo ya trágicamente violento en que nos ha tocado vivir, estallaría en una gran conflagración. Pensamos por ello que la reciente actitud del gobierno argentino le ha prestado un flaco servicio a la causa de la paz y la racionalidad en el mundo.
Escribimos estas palabras con el corazón acongojado, sintiéndonos profundamente solidarios con la Argentina. No tal vez en el sentido más usual de la palabra, pero sí en una acepción muy genuina. Solidarios en su error, si como creemos existe, sintiéndolo como nuestro, como en alguna medida lo son todos los éxitos y los fracasos argentinos. Más aún, solidarios en la espera angustiosa de los acontecimientos que amenazan con derramar sangre que sentiríamos totalmente como nuestra. Solidarios en el deseo ferviente de que no tengamos que beber de ese cáliz.
No solidarios, sin embargo, con la tesitura del gobierno que preside el General Galtieri, ni con las jornadas de patriotismo vocinglero con que, también creemos que erróneamente, ese gobierno ha querido mejorar la imagen externa de su causa. Solidarios con el gran Borges que querríamos creer representa en algún sentido mejor a la Argentina que las multitudes ululantes y que una prensa cuyas reconocidas virtudes profesionales parecen desdibujarse estos días. Llorando, dicho sea aunque implique terminar con una nota más prosaica, por la muerte del programa económico de Roberto Alemann, que juzgábamos tan promisorio, y de tanta importancia para el Uruguay, cuyo ingrediente básico de mesura fiscal parece a todas luces incompatible con la coyuntura política.