Balance de la apertura

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Por "apertura" en el contexto de este artículo entendemos la política iniciada en 1974, cuyo ingrediente central consistió en la abolición del control de cambios, y la consiguiente transferencia de la responsabilidad por el equilibrio externo a los sectores monetario y fiscal. ¿Cómo nos ha ido con esa política?

Hay una sola manera de responder a esa pregunta, y es en forma comparativa, en relación a cómo nos fue con otras políticas. El criterio absoluto que muchos parecen aplicar al respecto —"no nos va bien, ergo la política es mala"— sencillamente carece de sentido. Nuestra economía llegó a ser un organismo gravemente enfermo, y en muchos aspectos sigue siéndolo. Encima de ello, la apertura representa una transición, y todas las transiciones en la vida económica son difíciles. En el problemático mundo actual —pensamos en la destrucción del sistema monetario internacional sobrevenida en 1971, en el shock petrolero de 1973-74 y su repetición un lustro más tarde, en la intensidad de las últimas contracciones cíclicas mundiales, en la reacción proteccionista desatada por estos acontecimientos— la transición de abrirse a las contingencias de la economía mundial lo es particularmente. Eso no implica que la alternativa de encerrarnos de nuevo —de volver a tratar de tibetizarnos— sea viable. A la luz de cómo nos fue antes, no lo parece.

El balance de la apertura debe, pues, practicarse en forma comparativa. Nos proponemos valernos para ella de la gráfica adjunta. Seleccionamos para representar en ella las siguientes variables: un índice del producto bruto interno, la pendiente de cuya gráfica nos revela el ritmo de crecimiento, la tasa de inflación, el saldo de la balanza de pagos, y el saldo de la cuenta de capital de aquélla. Las dos primeras las elegimos por su asociación elemental con el bienestar de la población; la tercera, en razón de las restricciones que su desequilibrio persistente, durante larguísimos lapsos (obsérvese en la gráfica el período 1954-1966) plantearon para la política económica; la cuarta, en virtud de su vinculación con la inversión real doméstica, que se puso de manifiesto en nuestra última nota.

Aplicamos a las cuatro variables el tratamiento común de transformarlas en promedios móviles trianuales. La marca de cada año revela lo acontecido entonces, pero también, y con igual intensidad, un año antes y un año después. La historia de cada año queda distorsionada, pero muchas fluctuaciones esporádicas, erráticas, convulsivas, por así decirlo, o demasiado breves para ser significativas, resultan eliminadas del gráfico por compensación, y éste gana considerablemente en sencillez e inteligibilidad. Sacrificamos al detalle, en aras de aprehender mejor el sentido general de los movimientos.

Las líneas verticales dividen la treintena examinada en cinco etapas. La tesis que proponemos al lector es que la superioridad de los resultados de la última —la etapa de la apertura— es incontestable.

¿Es posible discutirlo? Ciertamente no parece que el período 1956-68 pueda parangonársele. Más concretamente, el período 1956-68, con su estancamiento real (0,5 o/o de crecimiento bruto, negativo en términos "per cápita") su enorme aceleración de la inflación, su déficit increíblemente largo de balanza de pagos y su no menos sorprendente quinquenio (1963-67) con exportación neta de capital, luce como un desastre sin atenuantes. En realidad el tratamiento de las variables deja visible, del corto lapso de mejoría que hubo (1960-61), sólo la fluctuación alcista de la cuenta de capital, pero el hecho es que ese promisorio ensayo de estabilización fue demasiado breve como para atenuar el sentido general decididamente catastrófico de esta etapa.

Tampoco es posible hallar atenuantes para el período 1971-74, con su aceleración de la inflación, una vez más descomunal, su estancamiento y su déficit de balanza de pagos. Sólo su brevedad lo vuelve preferible al examinado previamente.

Ello nos deja con dos etapas que pueden ser consideradas dignas de comparación con la etapa de la apertura. El período 1969-70 es semejante al último en cuanto a tasa de crecimiento real, lo supera abiertamente en materia de amortiguamiento de la inflación, pero su comportamiento en materia de balanza de pagos es ambiguo, la entrada de capital carece de relieve y, obviamente, milita en su contra su efímero carácter. El período 1951-56 es de extensión comparable al último, su comportamiento en materia inflacionaria es, por comparación impecable, pero el deterioro que muestra en materia de balanza de pagos prefigura, y sin duda en buena medida origina, las dificultades de la etapa subsiguiente. La tasa de crecimiento es, además, apreciablemente inferior a la registrada en el lapso final.

Consiguientemente, en los últimos 30 años el período que se inicia con la reforma económica de 1974, el período de la apertura, es nítidamente superior a cualquier otro. No es perfecto. Ni tendría que serlo, ni cabría esperar que lo fuese. Es sencillamente superior a los que lo precedieron, dentro del horizonte cronológico que delimitan nuestras estadísticas. A los que parecen olvidarlo querríamos recordarles la sentencia de George Santayana: los pueblos que ignoran su historia son condenados a tener que repetirla.

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