Un mundo dividido en cuatro

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Es conocida la imagen que presenta al planeta escindido filosófica y políticamente en un bloque este y un bloque oeste, y encima de ello, económicamente, en un conglomerado de países ricos en el norte, y vasto surtido de países pobres en el sur. Las imprecisiones geográficas del concepto no son su mayor inconveniente. Lo peor es el pensamiento meramente convencional que la imagen parece suscitar de manera compulsiva.

Por ello nos hizo algo menos que felices saber que el Presidente de la República se había referido recientemente a estas confrontaciones, y a propósito de la norte-sur se había lamentado de que los países del Septentrión industrial nos fijaran los precios de los productos que les compramos y de las materias primas que les vendemos.

Habría que detenerse un instante a analizar los términos de esta declaración. No por archiconocidos, en efecto, suele comprendérselos de manera cabal.

Hay dos sentidos posibles, recíprocamente compatibles, en que dicha proposición puede entenderse.

En primer término, puede significar que la economía uruguaya es pequeña. Las economías pequeñas son, suele decirse, tomadoras de precios. Sus agentes enfrentan demandas y ofertas infinitamente elásticas en los mercados mundiales, tanto para comprar como para vender. Ello implica que el gobierno no puede mejorar los términos del intercambio del país manipulando los aranceles de importación y exportación. En otras palabras, el arancel óptimo de las economías pequeñas es nulo.

Aparte de ello, las consecuencias que se derivan del tamaño pequeño para las economías son satisfactorias. Pueden expandir sus compras sin temor a desestabilizar al alza, los mercados en que se abastecen y, muy particularmente, pueden incrementar la producción y las ventas al exterior sin temor de que los precios de sus exportaciones caigan.

Algunas de las economías más exitosas son pequeñas. Suiza, Suecia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Nueva Zelandia, Singapur y Hong Kong son buenos ejemplos de ello. Si nos remontamos al siglo pasado, incluiríamos al Uruguay en un lugar prominente. A ninguna de esas economías parece perjudicarle el papel de tomadora de precios. A nosotros mismos, ¿acaso no nos fijaban los precios los mercados mundiales mientras nos contábamos entre las economías más prósperas y dinámicas del mundo?

El segundo sentido en que la declaración del Presidente podría interpretarse concierne una distinción entre la fijación de precios de bienes manufactureros y de materias primas. Se presume, desde tal punto de vista, que los mercados de productos manufacturados son oligopólicos o imperfectamente competitivos, mientras las materias primas se transan en mercados libremente competitivos. Los primeros otorgan a los productores alguna medida de autonomía en la fijación de precios, mientras que sólo fuerzas impersonales, interpretadas a veces por los intermediarios, operan en los segundos.

Esta segunda interpretación exige soslayar dos hechos: que exportamos buen número de productos manufacturados y, sobre todo, que una altísima proporción de nuestras importaciones concierne bienes primarios. Más significativo resulta aún, sin embargo, que no es posible extraer conclusiones generales válidas sobre la prosperidad que pueden generar las industrias primarias y las secundarias, ni en virtud del sistema de fijación de precios aplicables a unas y otras, ni en virtud de ninguna otra consideración.

La razón de habernos detenido en unas declaraciones circunstanciales del Presidente Alvarez es doble. En primer término, su proposición puede ser tomada como premisa por el lobby contrario a la apertura comercial de la economía uruguaya. Si nos fijan el precio de lo que compramos y lo que vendemos, bien pueden argumentar, lo mejor es que hagamos de nuestra economía, en cuanto sea posible, un recinto cerrado, y fijemos todos los precios. Si los consumidores resultan esquilmados, al menos el dinero quedaría en casa. El sofisma lo conocemos de sobra, pero no conviene facilitar su circulación.

En segundo lugar, nos preocupa que el Presidente pueda perder de vista los temas internacionales que realmente nos importan, que son el proteccionismo agrícola de la CEE y el desorden monetario internacional, por prestar atención a otros carentes de verdadera significación.

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