En torno al monetarismo de Batlle

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El Sr. Ope Pasquet ("Opinar", 10 de junio) imputa a travesura, la que entraña a su vez una inoportuna frivolidad, mi planteamiento sobre las relaciones entre el pensamiento batllista y la ortodoxia fiscal y monetaria. Le aseguro que se equivoca. Lo que piensan los dirigentes batllistas, especialmente los jóvenes, me interesa vitalmente. Y otro tanto digo de los líderes del Partido Nacional. Ellos gobernarán alternativamente, según presumo y espero, nuestra república en el futuro. Ojalá que sea por muchos años.

Desde BÚSQUEDA hago política a mi manera. Trato de convencer a mis lectores de un conjunto de ideas en las que creo firmemente. La hipótesis consiste en que si las semillas que pueda plantar en el público germinan, los líderes políticos tendrán que abandonar, por un "efecto demanda", lo que interpreto —dicho sea sin el menor ánimo de ofender— como su actual autocomplacencia.

Veo a la opinión pública en general, sin distinciones de cintillo, como mi público natural; sobre todo a aquéllos que no tienen con las concretas ideologías partidarias una identificación muy estrecha. Pero me interesa la conciencia de todos. No hay ninguna en la que no quisiera penetrar, para dejar plantada una simiente... ¿Incluso las conciencias de los dirigentes de partidos con los que mantengo discrepancias diametrales? Pues sí, efectivamente, siempre que fuera posible.

Naturalmente, no todos los temas me motivan parejamente. No querría gastar mucho esfuerzo, por ejemplo, en tratar de mover a un dirigente batllista hacia mi posición librecambista, o contra las empresas estatales. Pero sí estimo que vale la pena intentarlo respecto de una posición de moneda sana y disciplina fiscal.

La base de semejante optimismo radica en el pensamiento y la conducta de Don José Batlle y Ordóñez, así como la trayectoria del Partido Colorado durante la vida de aquél. Para el Sr. Ope Pasquet, ese pensamiento, esa conducta, y esa trayectoria están condicionadas por su ubicación en el tiempo. Entre su acontecer y el ministerio de Végh Villegas se interponen décadas que albergan nada menos que la Gran Depresión (1929 - 1933) y el alumbramiento de la Teoría General de Keynes (1936), que a su vez inauguraron alternativas —frente a la ortodoxia monetario-fiscal— previamente desconocidas. Ignorar semejante influencia equivale a pretender que Batlle y Ordóñez podía haber sido keynesiano antes que Keynes, y atribuir a la ortodoxia monetaria y fiscal de Batlle una especificidad inexistente, ya que era patrimonio común de todos. A los gobiernos batllistas posteriores cabe atribuirles ser más o menos keynesianos, no más o menos "terristas"; ya que Terra, Charlone y Bado fueron, en lo pertinente, como aquellos gobiernos batllistas de los años '50, meros seguidores de Keynes.

Cuando Batlle y Ordóñez murió en 1929 el nivel de precios en el Uruguay era prácticamente el mismo de 1830, según estimaciones que he fundamentado en otro lugar. Usando estadísticas oficiales, la inflación de la última década de la vida de Don Pepe —si los batllistas me permiten llamarlo así— fue negativa, de -0,4 % al año. Entre 1929 y 1981 el nivel de precios se multiplicó por un factor de 56.000, promediando una inflación anual de 23,4 %, lo que implica una duplicación del nivel de precios cada 3 años y 4 meses.

Según yo leo al Sr. Pasquet, esto se debería a la influencia keynesiana. "Ahora todos somos keynesianos", sostuvo Nixon. Los gobiernos uruguayos, colorados y blancos, se volvieron todos keynesianos, como antes habían sido todos monetaristas. Más acá de Keynes la ortodoxia monetaria se volvió patrimonio de los neoliberales, esos dechados de insensibilidad.

John Maynard Keynes debe haber estado retorciéndose en su tumba. He aquí lo que, sin duda, habría querido contestar al Sr. Pasquet.

"Cuando el Ministro de Hacienda uruguayo pretendió en 1935 que podía prácticamente duplicarse la emisión sin consecuencias inflacionarias, aduciendo que el oro del Banco de la República había aumentado tanto o cuanto de valor, ciertamente no estaba aplicando mis ideas. No sólo porque mi Teoría General no había visto aún la luz —salvo que su clarividencia fuera mayor que la del Sr. Batlle y Ordóñez— sino fundamentalmente porque mi sistema no puede tener nada que ver con una pretensión totalmente irracional, que ligaba las consecuencias presumibles de un gasto público deficitario con el valor de un stock de la reliquia bárbara guardado en las bóvedas del banco emisor.

"Le sugiero que relea mi artículo de The Times del 11 de marzo de 1937 —¿Es inflacionario el gasto de defensa financiado con deuda pública?— donde yo hice una aplicación de mi propia teoría a una situación concreta, y aprecie el cuidado que tomé para estimar la reserva de capacidad ociosa y la magnitud del multiplicador, antes de concluir que un gasto de alrededor del 4 % del PBI no sería inflacionario; y que compare mi actitud con la desaprensión del gobierno uruguayo en 1935, respecto de un gasto proporcionalmente mucho mayor, por todas las consideraciones que según mi teoría serían pertinentes.

"Me permito asimismo recordarle que una premisa absolutamente básica de mi teoría consiste en la presunción de que la oferta de bienes reaccionará de manera elástica a los incrementos de la demanda efectiva, toda vez que la economía contenga recursos ociosos. Ahora bien, el Uruguay tenía implantado desde principios de la década de los '30 un sistema de control de cambios que suponía un estricto contingentamiento de las importaciones y que con fugaces excepciones rigió hasta 1974. En esas circunstancias sería inadmisible presumir una oferta elástica de bienes y servicios, hallándose en cambio indicado el supuesto de oferta rígida, como si hubiera pleno empleo. La asimilación del punto de estrangulamiento determinado por el contingentamiento de las importaciones al caso de plena ocupación está abundantemente tratado en la literatura que mi teoría suscitó, como sin duda es de su conocimiento.

"En semejantes condiciones nadie debería pretender que las políticas monetarias y fiscales extravagantemente expansivas de los gobiernos uruguayos de la posguerra podrían haber tenido otras consecuencias que la inflación galopante que de hecho suscitaron, y toda vinculación de esas políticas con mi teoría no pueden pasar de constituir una excusa mal pergeñada "ex post facto".

"Por otra parte, ha sido demostrado no hace mucho entre ustedes (Búsqueda Nº 124) que el gasto público desde 1950 hasta 1972 exhibió cotas máximas en todos los años electorales, con una única excepción, en la que el año anterior al electoral acusó desembolsos fiscales levemente mayores (1957). Temo que haya comprendido usted mal mis ideas sobre la vinculación del gasto público con el ciclo. Mis escritos se refirieron al ciclo económico. El gasto público uruguayo exhibió en cambio una escandalosa vinculación con el ciclo político-electoral.

"Le rogaría, por lo tanto, que me mantuviera totalmente al margen de las explicaciones sobre el descalabro monetario de su país. Es cierto que el Uruguay demostró notable responsabilidad en el manejo de sus asuntos monetarios hasta cierto punto de su historia, y notable irresponsabilidad después. Es cierto que la línea divisoria de ambas vertientes pasa cerca de la aparición de mi Teoría General. Pero el atribuir a mi obra lo ocurrido más adelante es una manifestación grosera del sofisma "post hoc, ergo propter hoc". El determinar cuáles puedan ser los orígenes de la irresponsabilidad monetaria uruguaya no me concierne, pero atribuirlos a mi obra la denigra gratuitamente".

Hasta aquí Keynes. La respuesta ha sido algo extensa, pero la verdad es que el pobre Maynard tenía derecho a defenderse.

Ahora yo mismo desearía, para concluir, dejar planteadas un par de preguntas.

—¿Es verdad que la ortodoxia monetaria de Batlle y Ordóñez no le era privativa; que al respecto había algo así como un consenso nacional (aunque por cierto no unánime, ni durante todo el tiempo). Nunca he pretendido otra cosa. Pero no es menos cierto que contemporáneamente a la vida de Batlle y Ordóñez los ejemplos de manejo heterodoxo e inflacionista de la moneda menudeaban en nuestras vecindades. Idiarte Borda, por ejemplo, sostuvo cierta vez que, entre Brasil y Argentina, "dos colosos a papel", el Uruguay no podía seguir apegado al oro (Edo. Acevedo, Notas y apuntes, T II, P 338). ¿Acaso Batlle ignoraba semejantes opiniones? ¿Acaso les prestó jamás la menor atención?.

Y entonces, vista así la cuestión, ¿cabe acaso negar significación a la ortodoxia monetaria de Batlle y Ordóñez?

—En segundo y último lugar, debo preguntarme si cuando el Sr. Pasquet contrapone el ideal batllista a la realidad del neoliberalismo, se da cuenta que está trazando de ésta una burda caricatura. ¿Creerá realmente que la cosa es tan sencilla? Esos entes diabólicos, que asisten impasibles a la destrucción de la economía nacional, que promueven despreocupadamente el endeudamiento externo y la dependencia, ¿los verá el Sr. Pasquet como seres humanos reales? ¿O tendrá conciencia de que son hombres de paja, hijos de su retórica, sin ninguna conexión significativa con la realidad?

Cualquiera sea la respuesta correcta, el caso es inquietante, al menos sí, como supongo, el Dr. Pasquet es representativo de una generación joven de dirigentes políticos, llamada a actuar en una etapa clave de nuestra historia. ¿Falta de información o falta de integridad intelectual? O lo uno, sin duda, o lo otro. Ojalá que sea lo primero, que es falla más fácil de corregir.

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