Estabilidad monetaria y finanzas públicas

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No se puede negar una cierta gallardía a la persistencia de las autoridades uruguayas en mantener su sistema tabular de cambio, en medio de las defecciones de todos los demás países vecinos empeñados en similares empresas estabilizadoras, y en medio del generalizado escepticismo de sus connacionales.

Es preciso además reconocer que, de tener éxito en esa empresa, se abrirían al país perspectivas económicas sumamente favorables. No hace mucho, en un seminario organizado por el Banco Central, el Profesor Robert Mundell recordaba la decisión de la corona británica, en ocasión de una reacuñación a fines del siglo XVII, de no devaluar la libra, y cómo esa tesitura, continuando una equivalente de Isabel I en una oportunidad similar siglo y medio antes, confirió a Inglaterra un crédito único en la época, y le abrió las puertas financieras del imperio. Mutatis mutandis, el impacto de una afirmación del crédito internacional del Uruguay sobre nuestras posibilidades de desarrollo serían difíciles de sobreestimar.

Al mismo tiempo, las dificultades que el gobierno debe enfrentar no son desdeñables, particularmente en el área de la credibilidad de la política. Podría afirmarse que para resultar viable en definitiva, ésta tiene que ganar la confianza del público, entre otras razones, y principalmente, porque la falta de un horizonte monetario despejado ocupa sin duda un lugar importante entre las fuerzas que están manteniendo deprimido el nivel de actividad económica. Y en esa dirección nadie podría afirmar que las autoridades están haciendo progresos significativos.

Tampoco podría decirse que el escepticismo que les cierra el paso sea una actitud recalcitrante, que no cede ante la razón, porque para desechar esa hipótesis basta con dar a las finanzas públicas un ligero vistazo, como haremos ahora en el Cuadro siguiente.

El cuatrienio 1977-80 narra una historia de ejemplar disciplina fiscal, pero ya 1981 da muestras claras de un aflojamiento de la disciplina del lado del gasto. La caída del ingreso fiscal en el primer semestre de este año puede imputarse a la recesión, pero el fuerte aumento del gasto difícilmente pueda atribuirse a otra cosa que un ulterior, alarmante, abandono de aquella disciplina.

El público sabe que la clase de finanzas públicas que nos ha mostrado el último año y medio es incompatible con el mantenimiento de la política actual en materia cambiaria, y no hace más que extraer las inferencias naturales. Además el público observa que el gobierno:

  • carece de capacidad de decisión en el área del redimensionamiento del estado y de la devolución de empresas estatales al sector privado;
  • persiste en atarse las manos en materia de gestión de sus reservas internacionales, en una actitud de sumisión al mito tradicional del oro; y
  • rehusa autolimitarse en el uso de la impresora de billetes, a la que en el primer trimestre de 1982 hizo funcionar frenéticamente.

En efecto, la gente sigue sin creer en la viabilidad final del sistema cambiario tabular, pero es difícil reprochárselo. Son las autoridades las que deberían comprender que si pierden la decisiva batalla de las expectativas, la historia va a registrar ese resultado en el débito de su cuenta.

Sería una lástima que el resultado en definitiva fuera ése, porque, como decíamos al principio, hay gallardía en la actitud uruguaya y, sobre todo, hay promesa.

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