Dirigismo

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La expresión "economía dirigida" parece haber sido acuñada en Francia durante la Gran Depresión. En la década de los años '30 se publicó un libro de André Piettre titulado "Economie dirigée et commerce international", que parece haber causado un gran impacto en nuestro medio. Dos economistas compatriotas, los Cres. Oscar Pedro Bellán y Oscar Núñez Orens, que redactaron por aquel tiempo una monografía intitulada La política de los contingentes y la orientación del Uruguay en su intercambio internacional, publicada en 1938, procuraron fundamentar el control de cambios implantados en el país en 1931 en este nuevo concepto. Piettre presentaba una visión histórica del enfrentamiento de ideas en el mundo en este pasaje que transcriben Bellán y Núñez Orens:

"Lucha de ideas de libertad y de principios de autoridad: ésta fue toda la historia del siglo XVIII; lucha del liberalismo y del socialismo: ésta fue en gran parte la del siglo XIX; lucha del liberalismo y de la economía dirigida: ésta será, parece, la de nuestro tiempo".

Lo que implicaría que en el siglo XVIII sólo se hablaba de política, en el XIX casi sólo de filosofía social y recién en nuestros días se discute de economía. En realidad, en economía, que es de lo que se trata, el tema de fines del siglo XVIII y de la primera mitad del XIX no fue otro más que el debate entre el liberalismo y la economía dirigida, que entonces se llamaba "mercantilismo". Luego, la derrota del mercantilismo fue total. No sólo en el terreno académico, donde el triunfo de Adam Smith fue fulminante, sino también en el campo político, o práctico, donde después de la derogación de las leyes de granos en Inglaterra (1846) el mundo fue ganado en una gran proporción al libre cambio. En el campo académico, el éxito de la escuela clásica fue consolidado por la revolución marginalista, en la década de los 1870 y más tarde, por las dos grandes síntesis neoclásicas de Walras y Marshall.

Después vino el shock de la Gran Depresión. Este produjo dos respuestas distintas. Por un lado, la revolución keynesiana, que "prendió" a nivel popular sólo en los países anglosajones, y por el otro, es que podríamos llamar la reacción mercantilista, que tuvo su cuarto de hora en Francia y otros países del continente europeo, y se aposentó en América Latina, donde su influencia es aún poderosa.

He hablado, como suele hacerse, de revolución keynesiana. Harry Johnson habla también de otras revoluciones —smithiana, ricardiana, marginalista y otras aún— que han ido aportando a la ciencia económica bruscos cambios de enfoque. Se ha hablado también de la contrarrevolución monetarista, en la cual la vieja teoría monetaria se ha munido de nuevas armas intelectuales, en parte tomadas y adaptadas del adversario, para enfrentar a la revolución keynesiana. Pero a propósito del dirigismo no cabe hablar de revolución ni contrarrevolución, conceptos que habría que reservar para las corrientes de opinión que hayan hecho algún aporte original al desarrollo de la disciplina. Cabe hablar, en cambio, como acabo de hacerlo, de reacción mercantilista, porque no es en absoluto nada más que un retorno al pensamiento pre-smithiano.

El aporte fundamental de Adam Smith fue el concepto de un orden inteligible sobre el plano económico, que él representó con la famosa metáfora de la mano invisible. La concepción previa negaba ese orden de manera implícita, y veía solo un dominio sobre el caos a partir de la mano, harto visible por el guantelete de malla que la reviste, del estado. De ahí el enorme arsenal de medidas económicas que los gobernantes mercantilistas desarrollaron —desde el control de cambios al control de las tasas de interés, pasando por el control de los salarios, el estatuto del capital extranjero, la prohibición de exportar materias primas, el control de calidad de las exportaciones y no sólo, como suele pensarse, el arancel, los cupos de importación y los subsidios a la exportación. El mismo activismo de los gobiernos dirigistas de hogaño tiene su contrapartida en los infatigables gobernantes mercantilistas de antaño, digamos de un Colbert o, remontándonos más lejos aún, de una Isabel la Católica, cuyos ciento veintiocho decretos económicos en 29 años de reinado hacen palidecer al récord de circulares del Sr. Cavallo en el Banco Central de la República Argentina.

¿Cuál es la fuerza de este dirigismo, que no tiene detrás de sí una sola idea propiamente dicha, que no es más que como un rebrote ptolemaico, que quisiera volver al geocentrismo, y que sin embargo pretende pisar fuerte hoy en día en nuestro medio? Por supuesto, no es una fuerza que brote de ninguna fuente intelectual. Sencillamente se apoya en el inmenso atractivo práctico que representa el uso del poder del estado para efectuar transferencias de riqueza a favor de intereses sectoriales, según lo perciben, como es natural, los intereses beneficiarios o que aspiran a serlo, y los gobernantes dispuestos a dar una mano a los amigos.

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