Un libro de Danilo Astori

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El Cr. Danilo Astori ha publicado un libro de índole política. Recogiendo y ordenando sus artículos de "Opinar", y bajo el título "Neoliberalismo: crítica y alternativa", ha completado un pequeño volumen dedicado a los dos temas fundamentales que el título adelanta: la crítica de la política económica aplicada por el gobierno uruguayo desde 1974, y la formulación de una propuesta para reemplazarla.

En una nota preliminar anuncia que el libro está dirigido a un público no especializado, y por ello no contendrá referencias bibliográficas ni cuadros estadísticos, y solo muy pocas cifras. "Nada de esto se necesita", aclara el autor, "cuando...se trata de que la misma constituya un instrumento de amplio esclarecimiento...".

Sin embargo, hay dificultades con este método. El método consiste esencialmente en afirmar, y callar las razones en que las afirmaciones puedan sustentarse. No creo que haya una sola proposición en el libro que esté fundamentada, ni en la experiencia, ni en el raciocinio, ni en la autoridad de la literatura recibida. En lugar de ello el Cr. Astori invoca tácitamente su propia intuición, o recurre a una exposición retórica de sus convicciones.

Veamos algunos ejemplos. En la página 115 expresa:

"En materia de crédito, la situación originada por el modelo neoliberal ha sido tan negativa para el Uruguay que pienso que solo al observarla se advierten con claridad los principios en que debería asentarse el modelo alternativo".

Es decir, si una política es muy mala, otra que tenga todas las características opuestas, que donde aquélla muestre blanco, ostente negro, que sea, en una palabra, su negativo fotográfico, debe de ser buena. La proposición tiene un sentido intuitivo claro, pero ninguna fundamentación racional.

En la página 36, luego de sostener que la intermediación financiera "absorbe" sistemáticamente en el Uruguay post-1974 "una parte relevante de los frutos de la producción", el autor afirma que

"la historia demuestra que una situación como la descrita es insostenible durante mucho tiempo"

pero nunca nos deja saber de un solo caso en que la historia haya dado esa lección.

Luego de expresar su desaprobación por el estilo de apertura económica adoptado en el Uruguay, el autor afirma (pp 15 y 16) que ésa no puede constituir la única alternativa de apertura. La fuerza de la vivencia intuitiva que le comunica esta convicción al Cr. Astori se vuelca en cinco proposiciones consecutivas que comienzan con las palabras "tiene que haber otra..." (v. gr.: "tiene que haber otra que privilegie todo intento de integración verdadera de la economía uruguaya a la latinoamericana"). El lector puede ser o no sensible al impacto emocional de esta quíntuple afirmación, pero no recibe ningún elemento racional para guiar su propio análisis.

La propuesta del Cr. Astori asigna un papel importante a la planificación. Ahora bien, la planificación plantea problemas que han sido largamente discutidos en la literatura especializada. La polémica von Mises-Lange viene instantáneamente a la memoria. El nombre de Timbergen, otro tanto. Los enfoques críticos desde el propio campo marxista (v. gr. Libermann en la URSS, Ota Sik en Checoeslovaquia, Csikos-Nagy en Hungría) poseen una evidente relevancia. Lo mismo puede decirse de las disparidades entre metas y objetivos en Europa oriental en los últimos años, que hacen una especie de contrapunto al pobre funcionamiento de las economías occidentales en el mismo lapso. El Cr. Astori elige no ocuparse de nada de esto. Los problemas de la planificación los resuelve con el método que usó Alejandro para desatar el nudo gordiano. Básicamente, su línea argumental es la siguiente.

El "Modelo alternativo", su "modelo", requiere la configuración de algunos prerrequisitos entre los que se destaca la transformación del aparato estatal: se requiere un "nuevo estado que sea capaz de poner en práctica los instrumentos o herramientas que exige la adopción de un modelo alternativo" (p. 105). "Si somos capaces de crear un nuevo estado, también seremos capaces de planificar" (p. 95). ¿Qué habrá que hacer? El autor no lo revela nunca. En lugar de ello afirma: "el (nuevo estado) será distinto al que tenemos ahora" (p. 105). El nuevo estado "no adoptará una actitud resignada ante los problemas internacionales... El nuevo estado tomará la iniciativa, convirtiéndose en el verdadero conductor de la economía" (p. 106). Y, se pregunta uno, al hacerlo ¿acertará? Sí, sostiene el autor, "porque tendrá una imagen de la sociedad a lograr que iluminará su acción, y porque estará dispuesto a utilizar, con imaginación y creatividad, todos los instrumentos que se requieran" (p. 106, énfasis agregado). ¿Cómo se conseguirán esa imaginación y esa creatividad, necesarias para superar todos los problemas que han fatigado a tantos economistas, notablemente a los mismos partidarios de la planificación? El autor no lo dice nunca.

Al comienzo señalé que el Cr. Astori había publicado un libro de índole política. Con ello quise referirme, en parte, a la característica de la obra que acabo de ejemplificar. El lector se encuentra enfrentado a un conjunto de proposiciones, que debe aceptar o rechazar. El libro de un economista se habría dirigido al intelecto del lector, y habría ofrecido las razones por las cuales su autor aspira al asentimiento de aquél. Los escritos y discursos de los políticos suelen, en cambio, apelar a las reacciones emocionales de su público, a sus lealtades y preferencias. Este es el caso del libro del Cr. Astori. La contratapa del volumen presenta una reseña sobre el autor que comienza diciendo: "Danilo Astori es economista". Pues bien, el lector que haya adquirido la obra inducido por esa información tiene pleno derecho a sentirse defraudado.

Esto, sin embargo, no es más que una parte de la cuestión. Hay otra más grave. El autor opta, como decía, por no proporcionar a sus tesis y propuestas la clase de fundamentos que les daría un economista. Como es obvio, sin embargo, ello por sí mismo no significa que las tesis sean falsas, ni las propuestas desaconsejables. El libro, que no vale como el libro de un economista, puede interesar de todos modos a los lectores que tengan en alta estima la penetración intuitiva del autor, o encuentren placentero su estilo retórico. El caso de algunas proposiciones que encierra el volumen, referidas a contenidos de la ciencia económica, en su versión "neoliberal" o "neoclásica", es diferente. Esas proposiciones son sencillamente falsas, y ponen en entredicho la autoría del libro por un economista de manera, ahora sí, cabal.

Concretamente, se trata de las proposiciones en que los economistas liberales fundamentan su propuesta de comercio libre, designadas en conjunto habitualmente como la "doctrina de la ventaja comparativa". El Cr. Astori deforma ese cuerpo teórico en dos aspectos fundamentales íntimamente relacionados entre sí.

El primero de ellos consiste en afirmar que la ventaja comparativa de un país constituye, según los clásicos y neoclásicos, una constante estructural inalterable, de modo tal que, si ella le lleva a especializarse en un determinado conjunto de actividades, esa especialización durará indefinidamente. En la página 17 se lee que

"...la formulación clásica de la teoría de las ventajas comparativas —así como las modificaciones neoclásicas que se realizaron posteriormente— refiere dichas ventajas a lo que podría denominarse dotación original o congénita de recursos de cada país...".

La misma idea, expresada cada vez mediante el uso del mismo adjetivo, "congénito", se expresa por lo menos en seis oportunidades: en las páginas 12, 17 (dos veces), 18, 23 y 26.

La segunda deformación de la teoría clásica y neoclásica del comercio internacional consiste en atribuirle la ignorancia de "la posibilidad de que una acción consciente, deliberada y dirigida...sea capaz de crear otras ventajas comparativas diferentes a las originales...".

Comenzaré señalando que la primera deformación deja a la teoría clásica en una posición harto desairada. Inglaterra estuvo especializada durante mucho tiempo, allá por la alta edad media, en la producción de lana, que exportaba principalmente a Flandes. Según el Cr. Astori, la teoría clásica del comercio internacional habría previsto que esa especialización se prolongara indefinidamente. La producción de seda natural representaba hace cosa de un siglo la ventaja comparativa de Japón. Según el Cr. Astori un economista clásico, o neoclásico, habría pronosticado que las fuerzas espontáneas del mercado habrían llevado a que Japón hubiera seguido permanentemente especializado en la misma industria. Durante centurias Suiza estuvo dedicada predominantemente a la lechería... ¿Es necesario seguir? La teoría clásica del comercio internacional vendría a resultar un dechado de tontería, un compendio de disparates, un ejercicio, entre estúpido y loco, en contradecir la realidad más patente.

Pero, ¿de dónde podrá haber sacado el Cr. Astori semejante idea? De una cosa puede estar seguro el lector: no la extrajo de la obra de ningún economista clásico o neoclásico, pues ninguno sostuvo nada que por asomo pudiera parecerse a lo que el Cr. Astori les atribuye. Pero la flagrancia del error es mayor aún si se atiende a la vasta literatura neoclásica que trata de explicar la ventaja comparativa en términos de los stocks de recursos, lo que podría llamarse el modelo Heckscher-Ohlin-Samuelson —en el cual los stocks de recursos entran en forma paramétrica, de modo que las consecuencias de sus cambios pueden analizarse sin dificultad. Más aún todavía, la economía neoclásica incluye leyes perfectamente establecidas —principalmente el teorema de Ryczinski— acerca de los efectos sobre la ventaja comparativa que se derivan de cualquier cambio en los acervos de capital y mano de obra.

Lejos, pues, de predecir patrones de especialización inalterables, derivados de las dotaciones "congénitas" de recursos, la doctrina de la ventaja comparativa prevé patrones de especialización en permanente cambio, bajo los efectos de los cambios demográficos y de la inversión, tanto en capital físico como en capital humano. Y esto nos lleva directamente al segundo aspecto en que el Cr. Astori deforma la teoría clásica. Si ésta enseña que el funcionamiento espontáneo de una economía suministrará patrones de especialización en permanente flujo, es a todas luces obvio que la acción de los gobiernos puede alterarlos deliberadamente. Si el gobierno uruguayo, por ejemplo, quisiera intensificar la especialización de nuestra economía en la producción de arroz, no tendría más que invertir en un sistema de represas que permitiese irrigar por gravedad, y sin duda alteraría dramáticamente el patrón de ventaja comparativa del país. Pero, ¿convendría hacerlo? Casi seguramente no; lo más probable es que el rendimiento adicional del cambio de ventaja comparativa no cubriese el costo de capital incurrido. Pero eso no quiere decir, por supuesto, que, una vez realizada la inversión, la ventaja comparativa del Uruguay dejase de acusar su influencia. El gobierno uruguayo podría desarrollar tal vez una ventaja comparativa en la construcción de aeronaves, becando al extranjero a una cantidad suficiente de estudiantes de ingeniería y de mecánicos y otros trabajadores especializados (y obligándoles de alguna manera a regresar al país una vez completado su adiestramiento), pero eso seguramente nos empobrecería de manera apreciable.

La teoría clásica no solo afirma la capacidad del gobierno para moldear la ventaja comparativa del país de manera deliberada, sino que, además, establece las condiciones bajo las cuales pueda esperarse que tal acción sea conforme al interés general. A mediados del siglo pasado John Stuart Mill sostuvo que "la condición que debe satisfacerse para que una industria llegue, a través de la acción gubernamental, a encarnar la ventaja comparativa de un país consiste en que la experiencia constituya uno de los insumos importantes para la producción respectiva, de modo tal que la productividad de los demás recursos crezca con el flujo de la producción acumulada a través del tiempo". Más tarde otros economistas probaron que esa condición es necesaria pero no suficiente, y que hay requisitos adicionales para que la protección estatal a las industrias incipientes resulte favorable al interés general, pero sería innecesario que nos internáramos ahora por los vericuetos de este ramal teórico. Basta reiterar que el reconocimiento formal de la teoría clásica de la posibilidad de una acción pública para moldear la ventaja comparativa es ya prácticamente sesquicentenario.

¿Por qué opta el Cr. Astori por deformar de esta manera flagrante la teoría económica liberal? El puede hallarse afiliado a una concepción diferente. Sin embargo, cuando escribe sobre la versión clásica, liberal, ortodoxa, o como quiera llamársela, de la disciplina en que se ha diplomado, y que ha profesado, es su deber elemental procurarse un mínimo de información. En ese aspecto se halla incurso sin lugar a dudas en una omisión grave. Cómo ello sea posible es un enigma cuya solución debe quedar encomendada a los lectores.

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