Parece un grave error de parte del gobierno del Sr. Menahem Beguin el haber hecho una cuestión política de la propuesta, surgida de fuentes oficiales israelíes, de una investigación independiente en torno a los trágicos acontecimientos de los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, y en particular acerca de la eventual responsabilidad, por acción y omisión, de las fuerzas de ocupación israelí, en permitir o facilitar las matanzas. Su éxito al derrotar la moción en el Knesset, por escaso margen, luce, en efecto, desde el punto de vista internacional, como una victoria pírrica.
Y el punto de vista internacional posee una relevancia indudable, mucho mayor de la que la actitud del jefe de gobierno israelí en esta emergencia, orientada exclusivamente hacia su oposición doméstica, implícitamente reconoció. La supervivencia de Israel en un entorno de mortal hostilidad, si bien ha dependido fundamentalmente hasta ahora de su propia aptitud militar, no puede prescindir de un amplio apoyo en la opinión pública mundial, más allá de la que los vínculos religiosos o étnicos podría asegurar, y esto resulta más obvio cuanto mayor es el plazo dentro del cual la cuestión se contempla. Ese apoyo, a su vez, reposa sobre bases totalmente sui generis en la historia contemporánea.
El asiento territorial del estado judío no se hallaba vacante antes de su creación. La situación de la población árabe que allí estaba asentada constituye un problema cuya solución está aún lejana. El hecho de que la opinión pública mundial albergue una difundida adhesión a la causa de un estado instituido sobre tales bases es un tributo a la determinación y disposición al sacrificio del pueblo judío por reconquistar un centro político para su nación en su comarca tradicional, y deriva su fuerza de la solidaridad que despierta el holocausto, así como de la admiración por el tesón y el ingenio manifestados por el pueblo de Israel en la construcción de su patria. De manera fundamental, se nutre de la convicción en la vocación de paz del nuevo estado, y la renuncia a todo propósito expansionista que ella implica.
Los acontecimientos han puesto a prueba reiteradamente esta última convicción. La situación de un país rodeado de enemigos plantea ambigüedades inescapables en este sentido. La operación militar en el Líbano representa la más reciente expresión de esa ambigüedad. La disposición a interpretar la decisión israelí en términos de su aspiración razonable a la seguridad, y las víctimas inocentes causadas como un mal necesario, descansan en la opinión pública mundial, más allá de los hechos y sus inherentes ambigüedades, sobre un acto de fe.
Israel sólo puede conservar ese grado de adhesión internacional en tanto la fe en las raíces morales de sus intenciones, y de su misma razón de ser pueda pervivir en las conciencias en que se halle asentada. Las masacres del Líbano constituyen un hecho que, en su estúpida brutalidad, aún en estos tiempos saturados de violencia, nos llena a todos de horror. Toda vinculación con ese episodio implica una responsabilidad moral tremenda. Toda actitud de parte del gobierno israelí, que pudiera interpretarse como condonación o encubrimiento de tales posibles vinculaciones, cubriría su imagen ética con una sombra que es desde todo punto de vista indeseable. Sólo una investigación rodeada de insospechables garantías de imparcialidad, como la solicitada por el Presidente Navon, podría aportar a la opinión internacional amiga de Israel la confianza que le es indispensable.