La aplastante victoria en las elecciones españolas del partido liderado por el Sr. Felipe González, no por esperada menos impresionante, nos sugiere comentarios desde una variedad de ángulos.
El primero debe referirse a la certera visión política del Sr. González, que remodeló por completo su partido quitándole la nota oficial de marxista - para obtener lo cual jugó su misma afiliación - pronunciándose contra la nacionalización de empresas - "La nacionalización no es un progreso, sino empobrecimiento" ha declarado - y volviéndolo con todo ello aceptable a la gran masa del electorado español, que hoy tiene una mentalidad de clase media. Cierta vez Santiago Carrillo, el líder comunista, dijo que en política Felipe González era un aficionado. "Tiene razón", comentó éste: "hago política porque me gusta". En punto a conocer el oficio, sin embargo, Carrillo no parecía estar tan en lo cierto. Felipe - "todos me llaman Felipe, eso es lindo" ha dicho - más que decuplicó los votos de Santiago.
La segunda reflexión concierne a la lección que el éxito del PSOE transmite a los dirigentes políticos de la izquierda democrática de América Latina. A nuestro modo de ver, esa lección dice dos cosas. La primera, que la moderación paga. La segunda, que el "aggiornamento" intelectual reditúa. Sin un estratega de la talla de Felipe González, los generales del PSOE habrían probablemente seguido librando las batallas ideológicas de 1936, igual que entre nosotros algunos continúan con el arsenal intelectual de 1904.
En tercer lugar, pensemos en el cambio dramático que representará para el PSOE la transición de la campaña electoral al poder. En un acto típico del PSOE, ha narrado un observador, las palomas revoloteaban por encima de la tribuna. Los altavoces tocaban el Himno a la Alegría de la Novena, las niñas esparcían flores sobre el público, y Felipe González proclamaba "Estamos por la felicidad, la felicidad que viene de la honradez, la diligencia y el trabajo bien hecho". De este mundo, en que el líder arrastró a las masas, al otro en que hay que ocuparse del nivel de las reservas y la tasa de desempleo, la distancia es colosal.
Al jugar electoralmente la carta de la moderación, Felipe González se comprometió implícitamente a conseguir resultados económicos en el corto plazo. Si hubiera jugado la carta del resentimiento, como Allende, en el corto plazo le habría bastado dar resultados emocionales a sus adictos, lo que es tanto más fácil. El nuevo gobierno seguirá enfrentado al mismo enemigo que minó los esfuerzos de la UCD: la falta de confianza del empresariado español y la consiguiente falta de inversión. Ahora vendrá a agregarse la presión derivada de las expectativas que la gran victoria electoral no puede menos que haber generado en filas socialistas. Frente a ello, la única perspectiva de éxito inmediato que tiene el Sr. González, consiste en lograr la entrada de España en la CEE. Esto representaría un flujo importante de transferencias netas de ingreso para su sector agrícola - mirando lo que han recibido Italia, Irlanda y Grecia recientemente, diríamos más de 500 millones de dólares al año - y sobre todo un símbolo de "status europeo" que los españoles desean, y que reforzaría la credibilidad del nuevo gobierno de manera notable. Los triunfos que Felipe González tiene en su mano para poder ganar esta baza son la buena voluntad que el asentamiento de la democracia en España, como su triunfo está siendo interpretado, despertará en el resto de Europa, y, muy particularmente, el apoyo que brindarán a la gestión los partidos social-demócratas europeos, enormemente influyentes, y capaces de poner a actuar como lobbystas a gente como Mitterrand y Willy Brandt. Como obstáculos, la oposición de los productores de aceite de oliva de la Comunidad parece negociable, pero la resistencia desde los países que son pagadores netos de transferencias, Alemania Occidental y Gran Bretaña - miles de millones de dólares cada uno - a cualquier extensión geográfica de los programas, luce más difícil de sortear.
A esto se agrega el objetivo del líder socialista, de conducir a su país a través de la puerta que lleva a la CEE sin hacerlo pasar por la entrada de la OTAN, lo que puede ser un ejercicio demasiado complejo.
Finalmente, merece mención la alteración del panorama político español, del que el centro ha desaparecido, quedando aquel país con un perfil político de lomo de camello. Como en ajedrez, el que primero llegue a dominar el centro, Felipe González o Fraga Iribarne, será probablemente el ganador de la nueva partida que ahora se inicia.
El inconveniente para González de colocar a su partido en el centro consistiría en permitir un cierto reflorecimiento comunista, pero sin duda el resultado neto sería positivo. Si los éxitos económicos no vienen pronto, sin embargo, es probable que el PSOE tenga que moverse a la izquierda, en cuyo caso probablemente veamos al Sr. Fraga desplazarse en la misma dirección.