Un horror bien venido

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Me resultó sumamente interesante el pronunciamiento enfático contra el sistema de cupos de importación que el Dr. Julio Mª Sanguinetti formuló en su entrevista con Búsqueda publicada en el último número: "Si hoy me plantearan el retorno a los cupos de importación, me horrorizaría". Noten, por favor, que no se limitó a expresar discrepancia, sino un sentimiento de verdadera repulsión. Todos quienes tengan conciencia de los estragos que el sistema causó a nuestra economía, a través de cuatro décadas casi ininterrumpidas de vigencia, no pueden menos que haberse sentido reconfortados. Lo afirmo, no sólo por el peso que la posición política que ocupa el Dr. Sanguinetti confiere a sus opiniones, sino por lo mucho que dice el acento vehemente de su declaración respecto de una sensibilidad sin duda considerablemente difundida, que ha terminado por ver a través del disfraz de caballero andante con que el Sr. Cupo de Importación llegó a nuestro país, en misión pretendidamente protectora, y reconoce en él al Conde Drácula, contemplando ávidamente el blanco cuello de la República, mientras se afila los colmillos. "Me horrorizaría" es, como diría Flaubert, "le mot juste".

El sistema de cupos de importación se adoptó a principios de la década de los años '30, con la única oposición visible del Dr. Emilio Frugoni, líder del Partido Socialista, y fue saludada por muchos (entre ellos O.P. Bellán y O. Núñez Orens, autores de "La política de los contingentes y la orientación de su intercambio internacional", 1938) como el epítome de una nueva orientación, llamada a suplantar la economía liberal: el dirigismo. No había, en realidad, detrás de este nombre, ninguna doctrina coherente, ni ninguna figura intelectual significativa: era apenas un recalentado de resecas vituallas mercantilistas, de que se estaban nutriendo, supuestamente con éxito, algunos países europeos. Después de la guerra mundial, y de la derrota de los países del eje, principales adalides del dirigismo, el sistema de contingentes se retiró del área de los países desarrollados, a América del Sur, buscando el calor del neomercantilismo Cepalino. Para el Uruguay su mantenimiento en la posguerra significó permanecer al margen, durante las décadas de los años '50 y '60, del periodo de mayor expansión del comercio internacional que haya presenciado la historia. Por tal motivo, no existe ninguna institución que, individualmente considerada, pueda ser responsabilizada por el cruel estancamiento económico que sufrió nuestro país entre 1955 y 1973, tanto como el control cuantitativo de las importaciones. El horror del Dr. Sanguinetti es justificado, y bienvenido.

La longevidad de aquel sistema en el Uruguay tiene una doble explicación. Se trata, en primer lugar, de un instrumento de poder de notable eficacia, en cuanto permite, mediante la adjudicación de divisas subvaluadas, efectuar enormes transferencias de riqueza. En segundo lugar, porque da la impresión de agregar un grado de libertad a la política económica, de modo tal que, estando supuestamente resuelta la cuestión de la balanza de pagos por la intervención directa sobre las importaciones, la política crediticia queda libre de la restricción resultante del sector externo para perseguir objetivos reales o, las más de las veces, para operar más transferencias de riqueza.

Por tanto, la toma de posición del Dr. Sanguinetti en favor de la disciplina fiscal es un mero corolario de su rechazo del control de importaciones. Proporciona una indicación del triste estado en que se encuentra nuestro foro político, el que el Dr. Sanguinetti tenga que adoptar una actitud defensiva al afirmar lo que denomina su "ortodoxia en el manejo del presupuesto". Si estar contra la impresión de dinero para pagar el presupuesto es "ortodoxia liberal" debe haber herejes que quieran volver a empapelarnos el país. Vistas así las cosas, aquello de combatir las heterodoxias con la hoguera ya no parece tan fuera de lugar.

Sin duda, ese clima del debate político, tan propenso a colocar etiquetas sobre las personas, para ahorrarse el trabajo de pensar sobre lo que dicen, lleva al Dr. Sanguinetti a protestar que no es un "liberal clásico", porque no cree "que el mercado funcione siempre bien, en forma automática". Yo, personalmente, creo lo mismo que el Dr. Sanguinetti. También lo creía Adam Smith, que hizo el primer catálogo de las fallas del mercado. Lo mismo le aconteció a A.C. Pigou, que en 1912 publicó la Economía del Bienestar, sentando las bases de la teoría moderna de la intervención gubernamental desde el punto de vista neoclásico. Economista liberal clásico, según la definición del Dr. Sanguinetti, no conozco a nadie.

Me parece importante señalarlo, porque el método de las etiquetas va a ayudar poco a que nos entendamos. La idea que expresó el Dr. Sanguinetti, de que el gobierno debe intervenir cuando el mercado no funciona, me parece útil como planteamiento básico. En vez de discutir si somos "liberales" o "dirigistas" o "keynesianos", etc., vamos a analizar en cada área si el mercado funciona o no, y cómo funcionaría el gobierno como sucedáneo del mercado. Va a haber diferencias de opinión, pero vamos a entendernos mejor, y a permitir que la opinión pública pueda tomar conciencia cabal de las cuestiones debatidas.

Una conclusión que estimo se derivará de ese método, si se adopta, es que las diferencias que separan a la gente son menos radicales de lo que el método de las etiquetas hace sospechar. Muchas veces las diferencias se verán apenas como cuestiones de matiz. Por ejemplo, en el área de la política cambiaria, el Dr. Sanguinetti percibe la fijación anticipada del tipo de cambio como una medida "absolutamente dirigista". Nosotros en Búsqueda pensamos otra cosa. En esta área él es más liberal que nosotros. Nosotros, en punto a liberalismo, le superaremos sin duda en otras zonas, y todo se reducirá a diferencias de grado en las distintas áreas de la política.

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