La tragedia del paro forzoso

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La alocución de S. S. Juan Pablo II en Barcelona ha servido para enfatizar la verdadera catástrofe que padecen las economías occidentales en materia de desempleo, "ese angustioso fenómeno que se ha hecho ya endémico en el mundo", según el decir del Sumo Pontífice.

Unas pocas cifras bastarán para ubicarnos. Los veinte años que separan 1956 y 1975, en un conjunto de siete países industrializados, la tasa de desempleo fluctuó entre un 2 y el 3% (promedio simple de Francia, Alemania Federal, Italia, Japón, Suecia, Reino Unido y EE. UU.). En octubre de este año la cifra correspondiente era de 8,1%, casi 20% arriba de la ya elevada marca de un año atrás.

El Papa encontró acentos dramáticos para destacar la desolación que encierran estas cifras. Señaló que un desempleo prolongado provoca "la inseguridad, la falta de iniciativa, la frustración, la irresponsabilidad, la desconfianza en la sociedad y en sí mismo" y apuntó hacia el nexo causal que indudablemente existe entre la ociosidad forzada y los conflictos familiares, las crisis personales, el alcoholismo, las drogas y la delincuencia.

El Santo Padre fue más allá del aspecto humano de esta grave cuestión social. Señaló que sería falaz verla como un problema meramente económico, o socio-político, sin percibir sus orígenes éticos y espirituales; "porque", manifestó, "es síntoma de... un desorden moral existente en la sociedad". Como solución instó a la creación de un nuevo orden económico al servicio del hombre, basado en la cooperación de todos, y propuso que la creación de nuevos empleos fuese erigida en una de las primeras prioridades de los gobiernos.

En un sentido profundo parece plausible que las vicisitudes morales y espirituales de los pueblos se hallen asociadas con todos los aspectos de su vida social, pero no es claro de qué manera esa intuición puede servirnos para mejorar las condiciones económicas en general, y en el caso particular que aquí nos concierne, la triste situación de los desocupados. No vemos, por ejemplo, en qué sentido la configuración ética y espiritual de los países occidentales y Japón en 1966-70 pudiera diferir de la actual al grado requerido para explicar que la tasa de paro de 2,2% que entonces se observaba (equivalente a pleno empleo) haya dejado su lugar a la exorbitante de 8,1%.

Confesamos que a nosotros nos resulta más alentador atender a la influencia de otros factores económicos, como los de índole monetaria. Nos referimos, por ejemplo, a la comparación siguiente, referente a los EE. UU. en cinco quinquenios y en los últimos dos años:

La historia de los primeros cinco lustros de la serie parece describir en líneas generales un ascenso conjunto de ambas variables. Si recordamos que en esa época la política económica fue inspirada en una concepción que aseguraba la existencia de un arbitraje (trade off) entre la inflación y el desempleo, lo que conducía a su vez a la convicción de que cuanto más se expandiese la oferta monetaria, menor paro habría, tal vez podamos entrever la reconfortante conclusión de que un error teórico fue quien plantó la semilla del mal. Quizá podamos encontrar alimento para el optimismo, por más cauteloso que éste deba ser, en el hecho de que la casi permanente aceleración de la inflación norteamericana se ha revertido al fin, por más que, por el momento, el efecto que la política monetaria restrictiva ha ejercido sobre el paro forzoso —las cosas suelen ser así de complicadas desde que nuestro padre Adán trasgredió— haya sido el opuesto al que esperamos surtirá en definitiva.

Ciertamente, poner nuestra esperanza en la disciplina monetaria suena un tanto pedestre, en comparación con la exhortación del Papa a la colaboración universal. ¿Qué hemos de hacerle, si así vemos las cosas? Si queremos seleccionar un país en que la política económica haya sido el fruto de la concertación genuina de todos los sectores sociales, incluyendo la política laboral diseñada en estrecha colaboración de empleadores y empleados, seguramente ninguno podría rivalizar, desde el fin de la 2a. Guerra Mundial, con Holanda. Sin embargo, la tasa de paro neerlandesa es la máxima de todos los países desarrollados (13,1%, por encima del 12,8% del Reino Unido y del 12,2% de Canadá). ¿Por qué no funciona la concertación? Debe ser porque la cosa, para el estado actual de nuestros conocimientos, es tan difícil. ¿De qué serviría que todos nos pusiéramos de acuerdo en el tratamiento del paciente, si no sabemos cuál es su enfermedad?

Sin duda las descomunales tasas de interés que Occidente recientemente ha padecido tienen que ver con la tasa de paro. En 1966-70, último quinquenio en que la tasa de desempleo norteamericana estuvo por debajo del 6%, la tasa real de interés media del mercado monetario (activos a muy corto plazo) fue de 1,3%; en 1981 fue de 7,9% (y la de paro de 7,6%) y en 1982 está siendo de 3,8% (y la de paro de 10,1%, pero con suerte pronto podremos verla descender). ¿Por qué las tasas reales se dispararon hacia la estratósfera? He aquí, a nuestro modo de ver, el problema. Preferiríamos que el Santo Padre hubiese exhortado a los economistas a no cejar en su empeño de resolver este enigma, más bien que proclamar que todos los trabajadores tienen derecho a un empleo. Esto suena muy bien, pero no sabemos bien qué quiere decir. Si significa algo, tal vez sea que los trabajadores tienen derecho a que los gobiernos dejen de una buena vez de hacer tonterías con el dinero.

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