Como recuerda "The Economist", Paul Samuelson, comentando la ley Smoot-Hawley de 1930, y la cadena de represalias que aquel estatuto proteccionista desató en su celebérrimo texto de economía ha escrito:
"La ineficiencia estaba poniendo, al mundo y a cada país, bien alejado de sus fronteras de posibilidades de producción... Eliminar la eficiencia del comercio internacional no dejaba de armonizar con la tontería de aquella época. Hoy en día hasta los escolares se preguntan por qué..."
Pero los políticos de hoy en día aún no han llegado a preguntárselo, acota el prestigioso semanario. El proteccionismo se muestra actualmente rampante en el mundo entero, y amenaza con precipitar la economía internacional a una posición más deprimida aún que la que hoy ocupa.
Estas apreciaciones preliminares dan la tónica que rodeará la reunión de Ministros de Comercio a punto de realizarse en Ginebra el 27 de noviembre, en el marco del GATT, la primera de tal nivel que se celebra en nueve años.
Las cuidadosas preparaciones que han insumido cerca de un año no han alcanzado para presagiar un resultado favorable para la causa del comercio libre. Existe solo una débil posibilidad de que hay acuerdo para la congelación de las barreras actuales por un lapso como de 18 meses, así como para volver visibles los numerosos, y por regla general clandestinos, obstáculos no arancelarios. Pero lo único que los antecedentes aseguran es una abundante cosecha de recriminaciones recíprocas.
Lo que permitiría salvar el día sería la difusión generalizada del convencimiento de que el nivel de protección tiene poco y nada que ver con el nivel de empleo, como el fracaso de la ley Smoot-Hawley contribuyó a demostrar durante la Gran Depresión. Más concretamente, todo lo que el arancel puede hacer es elevar el precio relativo de los bienes importables, sobre todo en término de los exportables, lo que naturalmente debe tender a elevar la ocupación en las industrias competitivas de la importación, que son las que han visto mejorar su precio relativo, pero sólo a costa de la pérdida de nivel de empleo en las industrias que han experimentado descensos en sus propios precios relativos, en el caso de exportadoras.
Tal vez no esté fuera de lugar, dadas las circunstancias, recordar que, por todo precio relativo que aumenta, hay otro, el inverso, que se reduce en igual proporción. ¿Perogrullesco? Lo admitimos, pero más vale no confiarse.
Lo que acontece a nuestro modo de ver, es que el mundo económico está en las garras de una tremenda perturbación monetaria y, cuando las perturbaciones monetarias poseen sesgo contractivo, la gente es presa del pánico y se aferra a viejas posturas mercantilistas, por simple atavismo.
Lo que decimos del mundo, vale también para nuestro ámbito nacional. Un fuerte desequilibrio monetario, con exorbitantes tasas reales de interés, y graves repercusiones sobre el nivel de empleo y actividad económica, suscitando el retorno a vetustos recursos proteccionistas, he aquí una descripción del microcosmo doméstico tanto como del macrocosmo internacional.
Al hablar de un regreso al proteccionismo en el país, pensamos sobre todo en la campaña política, en cuyo transcurso oímos reiteradas exposiciones que se referían más o menos imprecisamente al arancel como un medio de proteger el trabajo nacional. Se trata de una falacia cabal. El arancel es un medio de asignar de determinada manera los recursos productivos del país, de estimular ciertas industrias a expensas de ciertas otras, de proteger a unos a costa de desproteger a otros, de beneficiar a unos en la distribución del ingreso en perjuicio de otros. Un medio de tutelar universalmente a todos los productores, a todas las empresas, a todos los trabajadores del país, eso, definitivamente, el arancel no lo ofrece.
En mucha menor medida cabe un reproche similar a las exposiciones que formularon en ocasión del Día de la Industria el Ministro Walter Lusiardo y el Presidente de la Cámara respectiva, Ing. Luis Bonomi.
El Ministro enfrentaba la ardua tarea de discutir de política económica con uno de los sectores hondamente afectados por la recesión, en un momento en que los problemas claves caen fueran del ámbito de su cartera, y mientras el gobierno en conjunto no ha logrado reunir nada parecido a una política sobre la coyuntura. Comprensiblemente, el Cr. Lusiardo estuvo poco preciso y se refugió en regiones brumosamente programáticas. En su viaje por ellas prometió una inquietante (para nosotros) revisión de la política arancelaria, no totalmente contrarrestada por la aclaración de que tal anuncio no significaba "el abandono del objetivo y eficiencia y competitividad del aparato productivo industrial"; en parte porque el objetivo, según nosotros lo entendemos, iba más allá de la meta de eficiencia de las empresas y se extendía a una amplia reasignación de los recursos.
Por su parte, el Ing. Bonomi pidió la implantación de niveles arancelarios "adecuados", fórmula vaga, capaz de acoger en su seno cualquier intención proteccionista; pero su análisis fue certero al señalar según le entendimos, que el factor desencadenante de la crisis fue la caída del tipo real de cambio, y no la reducción de los aranceles en sí misma. Si esto es así, y si lo que se busca es compensar la distorsión cambiaria, debe destacarse enfáticamente que un simple refuerzo del arancel de importación, o de la protección efectiva a través de la desgravación de insumos importables, no es el arma apropiada al blanco que se desea alcanzar, ni siquiera dentro del arsenal de la política comercial. En lugar de ello, para el mismo fin, el instrumento procedente sería una combinación de arancel y subsidio a igual tasa, como la resuelta en mayo, que simula perfectamente los efectos de un cambio en la paridad, a los fines del comercio y otros además.
Lo importante es cuidar que la presente recesión mundial, y doméstica, no duplique los funestos efectos que tuvo la de 1929-33 sobre nuestro grado de apertura. La idea de "proteger el trabajo nacional" mediante la erección de barreras al comercio tuvo efectos fatales sobre la capacidad para mantener un crecimiento económico razonable. Recién en la década en curso estábamos dando los primeros pasos para sobreponernos a los errores cometidos medio siglo atrás, cuando nuevamente el signo de la contracción cíclica parece querer cerrarnos el paso. Es un gravísimo peligro. Samuelson puede hablar con displicencia de la tontería de los años '30 en materia económica, dando a entender que la hemos superado holgadamente. Nosotros no estaríamos tan seguros.