Mas allá de los porcentajes, los errores de cálculo, los grandes satisfechos y los grandes desilusionados, las elecciones internas nos han brindado el reconfortante ejemplo de un pueblo que ansía la participación directa en la conducción de su propio destino.
Con mayor o menor elocuencia, arrojo, imprudencia, valentía, limitación o sensatez, los diferentes candidatos y las respectivas agrupaciones políticas, nos han demostrado a lo largo de varias semanas que la vida cívica del Uruguay no ha muerto, y que el largo letargo forzoso determinado por las circunstancias no le quitó ímpetu ni entusiasmo a nuestra tradicional inclinación a la participación activa en la vida nacional.
Es cierto que ha habido para todos los gustos.
En muchos casos el entusiasmo ha superado largamente las ideas y los principios, y las pasiones, y las emociones desbordaron a la modestia y al sentido común.
Pero ya pasó.
Ya terminó esta importante, trascendente, novedosa etapa de nuestra vida institucional.
Es esa etapa la que importa ahora.
El fuego de las escaramuzas internas e interpartidarias debe apagarse y es preciso que las heridas sanen rápida y silenciosamente.
Es demasiado importante —e incierto— el azaroso futuro que nos espera ahí nomás, como para dedicarle un segundo más a arreglar las cuentas del pasado.
Hay un país entero observando ahora a los partidos. Integrado por el pueblo que votó en las internas y por el gobierno que las auspició y que ahora aguarda expectante a sus aún desconocidos interlocutores, para continuar un esperado cronograma de recomposición institucional.
Es pues vital que los dirigentes políticos tomen conciencia de la deuda que tienen con la ciudadanía que los ha apoyado, y con el país que ha puesto en sus manos un delicado instrumento de negociación.
El año que viene tendremos que discutir nada menos que una nueva Constitución.
Los partidos deben organizar su funcionamiento interno, aprobar sus cartas orgánicas, programas de principios, y elegir a sus grupos de dirección ejecutiva.
Todo esto obliga a un ejercicio de autodominio, de seriedad, de madurez política y de visión serena, que esperamos colme nuestras expectativas y sirva de base para la reconstrucción de un país que ya ha sufrido y esperado mucho y que no tiene demasiado tiempo para nuevos errores o para renovadas desilusiones.
Por cierto que no alcanzará con que las agrupaciones políticas actúen con serenidad, si desde el gobierno se advierten síntomas de desconfianza, o se adoptan paradojales medidas que desconcierten a los nuevos interlocutores.
Cabe pues, desde nuestra calidad de pueblo espectador que ha elegido lo más libremente posible a unos de los protagonistas del nuevo diálogo, reclamarles con igual energía a ambas partes la actitud constructiva y desapasionada que es absolutamente imprescindible para que el Uruguay recomponga en paz su vida cívica, política e institucional.