Por qué no resultó

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La tablita argentina duró poco más de un año; la chilena, año y medio; la nuestra alcanzó la venerable edad de cuatro años y un mes, antes de descender al Averno la semana pasada. ¿Por qué esa fugacidad de los individuos de esta especie? Antes de enfrentar esta pregunta con relación a la nuestra, querría decir dos palabras sobre lo que la tablita quiso hacer, sobre su razón de existir, sobre lo que no fue.

La tablita quiso darnos un patrón de valor relativamente estable. Ningún patrón de valor ha sido estable de manera cabal. El oro, que mantiene el record mundial de la estabilidad, no fue en tal sentido perfecto, ni mucho menos. La tablita procuró acercarnos gradualmente a un patrón dólar. El dólar, siendo como es un artefacto de papel, es mucho menos indicado que el oro como patrón monetario; pero el oro, por razones que sería largo exponer aquí, no está actualmente disponible para cumplir ese papel en un país aislado, a menos que éste fuera tan grande como los EE.UU. En lugar del oro, pudo seleccionarse una cesta de monedas, pero tales cuestiones son meros detalles. La cuestión que ahora importa es: ¿valía la pena tratar de tener algún patrón de valor, el mejor (más estable) que fuera posible?

Traduzco de un ensayo de Robert Mundell:

"Las monedas basadas en el oro y la plata de los siglos XVII, XVIII y XIX fueron influidas por el crecimiento de los mercados de capital a largo plazo. La integridad de las monedas se asoció estrechamente a la integridad de las emisiones de títulos a largo plazo de los bancos de emisión de Holanda, Francia, Suecia y Gran Bretaña. Puesto que las emisiones de deudas a largo plazo estaban expresadas en las monedas nacionales, la integridad de las paridades cambiarias constituyeron una condición 'sine qua non' del buen crédito de los gobiernos y los bancos centrales".

A continuación el Profesor Mundell se refiere a distintas ocasiones que Inglaterra tuvo para devaluar, es decir, para extraer el gobierno inglés de los tenedores de su moneda un impuesto inflacionario; primero, en la época isabelina; luego a fines del siglo XVII, cuando se fundó el Banco de Inglaterra; más tarde, al cabo de las guerras napoleónicas, en 1819, y por fin al terminar la primera guerra mundial; y señala que el rechazo de todas ellas — lo que significó que Inglaterra mantuviera intacta su moneda desde aproximadamente 1550 hasta 1931 — se situó en la base del notable prestigio de la deuda pública británica, y por consiguiente de la baja tasa de interés a que sus gobiernos podían tomar fondos en préstamo. Alguien ha dicho que, entre 1690 y 1713, la corona británica pudo financiar "su carrera hacia el imperio", en condiciones sumamente favorables, en el mercado mundial de capital.

Nosotros también tenemos un imperio que conquistar, se llama desarrollo económico. Hay una literatura plañidera de porte inagotable sobre la materia, que se especializa en acusar de la condición de los países pobres a los países ricos pero que también gasta ríos de tinta en glosar el llamado círculo vicioso de la pobreza. En síntesis, la tesis es ésta: el crecimiento económico requiere capital; el capital se nutre del ahorro; si uno es rico, es fácil ahorrar; si uno es pobre, es imposible; ergo los países pobres, infracapitalizados, ahorran poco, y siguen infracapitalizados, mientras los ricos se capitalizan cada vez más.

¿Cómo romper ese círculo vicioso? Hay un método muy sencillo: conectar el mercado de capital propio, de esmirriada oferta, acotado por la propia pobreza, con el mercado de capital mundial, de magnitud prácticamente infinita. Lo único que después se necesitará es tener proyectos capaces de pagar la tasa mundial, que a su vez traduce el rendimiento marginal del capital en el mundo entero. La propia capacidad de ahorro deja de contar, el círculo vicioso de la pobreza está roto.

Eso es lo que la tablita quiso hacer, y eso era una buena cosa. No resultó, y parece oportuno que inquiramos por qué. He aquí una hipótesis.

  • El objetivo era loable. Valía la pena perseguirlo. Pero había una pena en juego. La meta no se ofrecía gratis. Había que pagar un precio, como por casi todas las cosas buenas de este mundo. Eso no se dijo nunca. Debió haberse aclarado. El gobierno falló, tanto en enunciar la meta que se buscaba como en anunciar el sacrificio que su consecución demandaría.
  • El precio consistía en que, en algún momento, los precios internos iban a desalinearse en sentido alcista respecto del nivel de equilibrio que para ellos implicaba la tablita, e iba a ser necesario un ajuste deflacionario. Los ajustes deflacionarios son penosos. En casi cuatro siglos de intangibilidad monetaria, Inglaterra aprendió esta lección por propia experiencia. Nosotros podíamos y debimos estar preparados. No lo estuvimos. Cuando el ajuste deflacionario se hizo necesario, a fines de 1981 o principios de 1982, el gobierno se echó atrás. Fue inconsistente. Aumentó los salarios, cuando debía bajarlos. Procuró reflacionar cuando había que deflacionar. ¿Qué lo otro es muy difícil? Perfectamente, pero entonces la tablita no debió ensayarse. Si antes de cortar la víscera enferma le falla a uno el pulso, entonces no debe ponerse a operar.
  • La gente no creyó, cuando era indispensable que creyera. ¿Por qué el escepticismo recalcitrante? Porque nuestra gente en nuestro tiempo ha sido educada en una escuela donde enseñan que todas las experiencias de estabilización se abandonan. Le muestran a uno la experiencia de 1960-62; luego la de 1968-70. Ahora los alumnos van a estudiar la de 1978-82. Y todas muestran la misma cosa. Ya lo saben los estabilizadores del futuro, que tendrán por fuerza que venir: su tarea va a ser todavía más ardua que las de sus predecesores.
  • Último pero primero por importancia: el gobierno mantuvo la disciplina fiscal durante unos cuatro años, y luego la aflojó. El régimen cívico-militar mostró las mismas propensiones a la fiscalidad irresponsable que habían mostrado los políticos. Debe ser algo profundamente enraizado en el ser nacional. Si hubiera que seleccionar un rasgo de nuestra conformación colectiva para explicar el enigma de nuestro subdesarrollo, pienso que un buen candidato sería esa fragilidad, esa frivolidad, esa inconsecuencia, que nos hace a los uruguayos aflojar en el esfuerzo antes de llegar a la meta.

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