La cerraron, después de todo

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El jueves pasado el gobierno anunció el cierre de la ventanilla del dólar. No podemos afirmar que la medida nos tomara desprevenidos. Habían transcurrido apenas ocho días de nuestro editorial sobre el déficit fiscal, en el que denunciábamos la inconsecuencia de la política cambiaria, con su secuela de una pérdida de reservas que no parecía beneficiar a nada ni a nadie. Sin embargo, la casi premonición de lo que se avecinaba no fue un amortiguador eficaz para el impacto que la medida nos hizo sentir.

En primer lugar, el fracaso de la empresa de estabilización que se inició en 1978 nos ha sacudido por su condición absoluta. A todas las empresas humanas el fracaso les anda pisando los talones, y son raras las que pueden arribar a la meta sin conceder a ese implacable enemigo alguna concesión importante. Pero también son raras las que se le entregan de manera total. En la instancia que nos ocupa, la rendición fue incondicional. Por cuatro años se mantuvo la política. De ellos, los dos últimos por lo menos han sido difíciles, angustiosos, dolorosos; el último muy particularmente. ¿Qué tiene el gobierno para mostrar en compensación de tanto sacrificio de tanta gente? Pensamos que no tiene absolutamente nada.

En segundo lugar, aparte de incondicional, la rendición presenta un rasgo realmente azorante: no fue precedida por lucha. Ha habido en la historia innúmeros casos de empresas que sus propulsores llevaron adelante cuando la derrota parecía irremisible. En los corazones de aquéllos, sin embargo, siempre alentaba alguna esperanza. Hitler en 1944 y 45 ponía la suya en los misiles V-1 y V-2. Pero la empresa de estabilización en que el gobierno uruguayo se embarcó, ¿qué armas secretas poseía, o confiaba poseer? Tal como lucen los hechos, parece que ninguna.

De aquí brota otra fuente de sorpresa. El abandono de la tablita se resolvió el 25 de noviembre de 1982: ¿por qué? ¿En qué sentido habían cambiado las condiciones respecto del 25 de noviembre de 1981? El déficit fiscal en el segundo semestre del año pasado se había vuelto inquietante. Pues en el corriente se puso peor. ¿Qué hicieron las autoridades? Aparte de nombrar una comisión para reducir el gasto público, y otra para privatizar empresas estatales, ninguna de las cuales consiguió nada en absoluto, ¿qué otra cosa intentaron a fines de 1981, cuando la situación lucía ya dramáticamente difícil? No queremos pecar por injustos, particularmente en esta emergencia, pero creemos que lo único que hicieron fue manipular las cifras para que el déficit fiscal de 1981 apareciera muy pequeño, y la pérdida de reservas de aquel año luciera como una ganancia. A costa, naturalmente, de que el déficit fiscal y la pérdida de reservas de 1982 parecieran peores aun de lo que eran.

Si iban a terminar cerrando la ventanilla después de todo, sin lucha, sin ensayar ningún recurso que remotamente pudiera parecer osado, ni imaginativo, ni valiente, ni inteligente siquiera, ¿por qué entonces no un año y 500 millones de dólares antes? El año de penuria, y la tremenda pérdida de reservas, ¿a santo de qué? Creemos que esta pregunta carece de respuesta, por completo.

Una sola cosa podría haber atenuado la responsabilidad de quienes han deparado a la República pérdidas tan graves: la honestidad del planteamiento a la hora de enfrentar los hechos. Una admisión franca del error habría permitido además a las autoridades recuperar al menos parte de su capital de credibilidad, que por supuesto se halla actualmente totalmente dilapidado. En lugar de ello, las autoridades creyeron del caso imputar su fracaso a la crisis económico-financiera internacional, y en callar toda referencia a sus propias culpas, notablemente al gran villano de la pieza, el déficit fiscal. Creyeron del caso, asimismo, efectuar el anuncio de la flotación en un documento deplorable, verdadero cajón de sastre de medidas inconexas y declaraciones contradictorias. Como telón final, solo puede decirse que la calidad de la cortina hace juego con la pieza que se había representado.

La responsabilidad consiguiente será justipreciada por el tribunal especializado en tales menesteres, que todos sabemos que es la historia, pero entretanto tenemos que vivir. Estamos comenzando a ensayar con un sistema cambiario tremendamente difícil, prácticamente tan exigente como el anterior en materia de manejo de las expectativas. En las condiciones actuales, nuestras perspectivas en tal sentido son francamente oscuras.

No tenemos nada personal contra el Cr. Valentín Arismendi, pero él es por su cargo la cabeza visible de la política económica, y por lo tanto el titular obligado del insuceso que la República está padeciendo. No pensamos que se le esté dando a la nueva política una posibilidad razonable de éxito conservando al Cr. Arismendi en el Ministerio de Economía.

Tal vez las autoridades no hayan reparado que el sistema tabular de cambio implica una promesa al público, que en los hechos ha sido defraudada. En tales casos es de simple práctica, en el mundo entero, reemplazar al Ministro que ha tenido la desgracia de tener que violentar su compromiso.

Para el bien del país, por tanto, es imperativo que el Cr. Arismendi sea relevado de su cargo. Ello ayudará a la vez a promover el prestigio del propio Ministro, ya que con el tiempo los últimos acontecimientos dejarán de eclipsar, al menos tan completamente como ahora, el destacado manejo de la hacienda pública que él hizo en los años 1977 a 80.

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