Librémoslos de tentación

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Con las primeras subas de precios, vanguardia de la invasión que se avecina, oyéronse los ruidos que son habituales en tales casos, como los truenos lo son en el inicio de las tempestades.

Los periodistas han entrevistado a Don José Losada, Presidente del Centro de Almaceneros Minoristas. Este protestó que la escalada de los artículos de primera necesidad pueda ser atribuida a la especulación de los comerciantes. "Nosotros no estamos influyendo en nada", aseguró.

El Presidente del Consejo Nacional de Subsistencias, Cnel. Angel Loureiro, por su parte, dijo que el gobierno "tiene particular interés de que se atestigüe con agresividad los precios de las mercaderías de gran demanda popular".

La escena para el sólito melodrama está montada. El sector privado ya se ha puesto el traje de villano, y gesticula asegurando que no se propone realmente quitarle el pan a la pobre huérfana. En esas irrumpe el héroe, que viene a poner las cosas en su lugar. ¿Su nombre? Llámanlo Estado.

Nadie, que nosotros oigamos, dice mientras tanto la verdad. En los primeros veinte días de diciembre la base monetaria aumentó 30 o/o. Esto augura, para dentro de muy poco, un par de meses o cosa así, una inflación que sobrepasará ese porcentaje. Inevitablemente. Y eso sin contar con la emisión que seguirá. Sin embargo, nadie acude a preguntarle a la autoridad competente: ¿adónde se irá el precio del azúcar, y del aceite, y del arroz, y de las alpargatas, y de los fideos, y del jabón, y de la yerba, etc., etc., si ustedes siguen emitiendo billetes de esa manera? ¿De qué puede servir que Subsistencias "atestigüe agresivamente" en el mercado, si ustedes siguen regando el incendio con gasolina?

La gente no tiene memoria. Los doce meses anteriores al 25 de noviembre mostraron una inflación del 11 o/o en precios al consumidor, y de 5,4 o/o en precios mayoristas, pese a una devaluación de cerca del 25 o/o. Que sepamos, los empresarios son los mismos. La estructura de la producción, el aparato real de la economía, no ha cambiado. El único cambio consiste en el cierre de la ventanilla del dólar, a través de la cual el público se libraba de la montaña de billetes nuevos con que el Estado semana a semana le nutría. Se acabó el pagar el déficit con reservas, para decirlo más brevemente y ahora hay que cubrirlo con el impuesto inflacionario. Un impuesto que no se legisla como los otros, pero que se decreta, con la misma certeza con que se fijan los demás, haciendo rotar una máquina impresora.

Si la inflación es un impuesto, ¿por qué no se instituyen en su lugar otros impuestos, tributos genuinos, menos injustos, menos regresivos, menos angustiantes? Por una sola razón: porque serían resistidos por la opinión pública; porque los contribuyentes podrían asociar sin dificultad su propio sacrificio con el causante del mismo, el Estado. Adviértase la ventaja casi increíble del recurso inflacionario para la autoridad fiscal: cuando empieza a recaudarse, el público endereza un dedo acusador hacia el sector privado, y se vuelve al Estado implorando protección.

Una opinión pública desinformada y confundida en esta materia es, pues, algo así como una garantía de que el flagelo de la inflación no dejará de castigarnos. Si la gente enfilara su dedo acusador hacia el gobierno, si los medios proclamaran que es el gobierno el que causa la desventura del pueblo, el recurso a imprimir dinero sería mucho menos popular.

Es justicia aclarar que las declaraciones de la autoridad económica han sido al respecto, en esta ocasión, irreprochables. No han hecho una sola mención a la especulación, ni al agio, ni a nada por el estilo, y se han mantenido siempre en el plano racional. Pero es preciso ayudar a las autoridades para que no lo abandonen. No toda la prensa ha estado haciéndolo.

Es preciso comprender que la tentación para los gobiernos, en semejantes circunstancias, es muy fuerte. En buena parte, porque existe un complejo andamiaje institucional concebido para operaciones de desinformación, que nunca ha sido desmontado y que puede ser puesto en funcionamiento de la noche a la mañana. El Consejo Nacional de Subsistencias es el pilar más antiguo y menos peligroso, de esa estructura. La ley de ilícitos económicos y la policía económica —CEPYRDE— que en otros tiempos fueron usados intensamente para desinformar al público y proporcionar chivos emisarios a las autoridades son los verdaderamente peligrosos. Asegurémonos de que no se intentará usarlos. Para ello proclamemos una y otra vez, infatigablemente, que no tenemos dudas en cuanto a que son ellos, los que imprimen el dinero, los responsables de la inflación y de nuestra zozobra.

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