La alocución del ministro

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La alocución del Ministro Lusiardo nos decepcionó, sin duda porque él la concibió con una finalidad muy distinta de la que nosotros supusimos que la inspiraría.

Nosotros esperábamos que el Ministro revelaría su programa monetario para 1983, como quien destapa una estatua que ha aguardado, oculta bajo un lienzo, una inauguración varias veces postergada. Nunca debió ensayarse la flotación del peso sin publicitar antes el programa monetario destinado a servirle de amarradero.

Flotación sin política monetaria: receta para el fracaso: éste había sido el título de nuestro comentario al anuncio del 25 de noviembre. Y así había resultado de azarosa la experiencia del mes y medio que llevábamos de flotación a la deriva, con picos en la gráfica de cotizaciones que llegaron a marcar una depreciación del peso de 240 % sobre el valor del 25 de noviembre, y un mercado por lo general sumamente volátil.

Así discurríamos al sentarnos ante el televisor el jueves pasado, confiando que al cabo del pasaje del Ministro por la pantalla el peso uruguayo tendría por fin el ancla de un programa monetario. No fue así, en absoluto.

Nada puede ilustrar tan bien hasta qué punto la exposición del Ministro nos dejó a oscuras sobre este aspecto fundamental como su tratamiento del déficit fiscal.

El Cr. Lusiardo comenzó causándonos un tremendo shock al anunciar que el déficit fiscal había llegado al 9 % del PBI, cuando habíamos oído al Cr. Valentín Arismendi afirmar pocas semanas atrás que era el 6 %, cuando este nivel era ya el mayor en la historia del déficit fiscal en el Uruguay, y cuando la extrapolación a partir de los primeros once meses conducía aproximadamente a ese guarismo. ¿Nos estaba dejando entrever el Cr. Lusiardo un déficit de fenomenales proporciones en el mes de diciembre? No hemos podido saberlo. La alocución del Ministro saltó rápidamente del 9 % que afirmó para 1982, al 2 % que propuso como meta para el primer trimestre de 1985, dejando en medio de su salto un verdadero abismo de dos años.

Entiéndasenos bien, la cifra prevista para 1985 nos interesa mucho, y en modo alguno le reprochamos haberla enunciado. Sólo que las previsiones que pueden hacerse para dentro de tres años son mucho más problemáticas que las que puedan formularse para el año en curso, o aún para el próximo. Y entonces, ¿por qué el Ministro nos reveló sólo la parte más lejana, e incierta, de sus previsiones? ¿Por qué no nos dijo nada sobre el mes de diciembre, al que el rumor atribuye una expansión crediticia espeluznante? ¿Por qué nos habló del primer trimestre de 1985, y no del primer trimestre de 1983?

La única respuesta que se nos ocurre es que el Ministro nos dio la cifra más lejana porque era mejor que las anteriores. Porque concibió esta aparición pública suya como una oportunidad para formular algunas afirmaciones tranquilizadoras. Y ello le llevó a entresacar, por así decirlo, del material preparado para el FMI, aquellos elementos que pudieran parecerse de alguna manera a una buena noticia.

Así, por ejemplo, le oímos afirmar que no se nacionalizarán los depósitos del sistema bancario; que se eliminarán todos los gastos presupuestales prescindibles; que el comportamiento fiscal de la Administración Central está sujeto a metas trimestrales que serán estrictamente cumplidas; que análogas reglas obligarán a los administradores de las empresas públicas a una disciplina financiera que será inflexiblemente vigilada; que "el mantenimiento de la disciplina fiscal" posibilitará mantener la expansión monetaria dentro de límites tales que la inflación para 1983 será del orden del 40 %.

Ninguna de estas proposiciones ofrece otra razón para ser aceptada por el público que la propia credibilidad del gobierno. Nos explicamos. Si el Ministro hubiera especificado las metas trimestrales fijadas en materia fiscal a la Administración Central y a las Administraciones Descentralizadas, y hubiera prometido información permanentemente actualizada y ampliamente difundida sobre la ejecución de los presupuestos respectivos, el público sabría que el gobierno no hubiera asumido un compromiso semejante si no estaba firmemente decidido a cumplirlo, y sabría además que la preocupación de la autoridad por no ser encontrada en falta operaría como un incentivo permanente en la misma dirección. En la forma en que los anuncios fueron presentados, sin especificar cantidades, y sin ninguna posibilidad de verificación por la opinión pública, creer en ellos habría sido un puro acto de fe. Y en esta medida, sin lugar a dudas, el público uruguayo se ha afiliado en masa a la escuela de Santo Tomás.

Comprensiblemente. Después de todo, éste es el mismo gobierno que manipuló las cifras de diciembre de 1981 para ocultar el déficit en que había incurrido aquel año. Es el mismo gobierno que aumentó el gasto público, entre 1980 y el tercer trimestre de 1982, a una tasa anual calculable, a partir de cifras trimestrales en pesos constantes, en 15 %. Es el mismo gobierno que dejó de publicar el balance de nuestro Banco Central cuando la gravedad de la situación tornaba más valiosa que nunca la información que ellos transmiten. Es el mismo gobierno que nunca dijo una palabra capaz de prepararnos para la noticia, que ahora sin explicaciones nos revela, de un déficit fiscal para 1982 de proporciones inusitadas y catastróficas. Es el mismo gobierno que protestó una y mil veces que respetaría el sistema tabular de cambios. ¿Cómo podríamos ahora creerle?

Estamos seguros de que el Cr. Walter Lusiardo es un hombre de honor, y estamos dispuestos a creerle como al que más cuanto nos diga sobre su esfera privada de acción. Pero él debe comprender que en este momento él es portavoz de un ente gubernamental cuya credibilidad se rompió. Y ahora, simplemente, sus afirmaciones oficiales, en sí mismas, no significan nada; y ello en el mejor de los casos, porque es posible que signifiquen de hecho para la gente lo opuesto de lo que expresen.

Por ejemplo, nosotros mismos, puestos ante los anuncios del Ministro, como los que ejemplificábamos más arriba creemos en su promesa de que no se nacionalizarán los depósitos, porque nos parece obvio que el gobierno no está tentado en esa dirección, pero sentimos sobre todas sus otras firmaciones un escepticismo irrefrenable. No en el sentido de atribuirle mala fe, por supuesto, sino en cuanto el gobierno asume a nuestros ojos el aspecto de un robot cuya desordenada inclinación al gasto ya ha escapado al control de los Ministros de Economía. Lo cual decimos a título de información, que puede ser útil al Ministro, ya que no todos tendrán con él nuestra franqueza.

Nosotros estamos, por supuesto, dispuestos a creer en un programa que nos comunique este gobierno, pero con condiciones, por las razones ya expuestas; y, como pensamos que en este sentido somos representativos, diremos cuáles son.

1. Publicidad de las metas fiscales trimestrales asumidas en el compromiso con el FMI.

2. Anuncio de los programas de apoyo financiero al BHU y de asistencia a la banca privada.

3. Reanudación de la publicación semanal del balance del BCU.

4. Apertura general de la información que se difunde ahora restringidamente en los informes decadariales del BCU.

Reiteramos que todo esto es fundamental para que la flotación del peso pueda verse libre de nuevas fluctuaciones bruscas como las que padecimos recientemente. Pretender seguir por el camino actual es, como ya dijimos, una receta para el fracaso.

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