La Convención del Partido Colorado no aprobó un manifiesto sobre la situación económica y la política gubernamental en ese campo. Aprobó dos. Y se trata de dos documentos tan distintos entre sí como cupiera imaginar.
Uno de ellos, presentado por "Unidad y Reforma", es severamente crítico de la conducción económica impuesta por el llamado "proceso cívico militar", según su propia terminología, al que imputa numerosos desaciertos, agravados según estima a partir del segundo semestre de 1981. El texto se dice inspirado en una honda preocupación por la angustiosa situación económica y social, que afirma reviste características de gravedad desconocidas en lo que va del siglo. La caída del salario real 30% por debajo del nivel de 1973, la tasa de paro que se acerca al 15%, el descenso de 10% del producto en 1982, el endeudamiento del sector público y su duplicación hasta US$ 2.700 millones en el último bienio, la pérdida de reservas del BCU —situadas en US$ 900 millones para el año pasado— la venta de 535 mil onzas de oro, la crisis del sistema financiero, el desmesurado endeudamiento empresario, la exorbitancia de las tasas de interés, el déficit fiscal —que con su marca de 36,4% de los egresos reputa el mayor del siglo, e incompatible con el mantenimiento de un orden social, son parte de los indicadores que el manifiesto esgrime para construir su encendida acusación. Algunos de estos indicadores se conectan directamente con las fallas de la política (v. gr. el déficit fiscal), pero además el documento enrostra a los responsables de la conducción la orientación que han impreso al gasto público (los gastos por concepto de "Orden Público y Seguridad" y "Defensa" duplican los recursos destinados a "Educación" y son cuatro veces mayores que los fondos destinados a "Sanidad"), el empapelamiento producido a través de la excesiva expansión del crédito del Banco Central, y el atraso deliberado del tipo de cambio.
El documento no contiene nada favorable al gobierno. Sólo por implicación, al apuntar hacia la intensificación de los desaciertos a partir de la segunda mitad de 1981, deja inferir que éstos fueron menores antes, pero con ello no llega a insinuar que la política mereció una clasificación positiva en ningún momento. Que recordemos, el texto no hace ninguna referencia a las fuerzas exógenas que pueden haber influido sobre los resultados. En materia de salario real, la omisión de aludir al empeoramiento de los términos de intercambio después de las crisis petroleras de 1973 y 1979, cuyo impacto natural tiene que haber sido sobre los ingresos reales, no podría justificarse fuera de un contexto de lucha política. La imputación de atraso deliberado del tipo de cambio traduce análoga incomprensión, y es preciso recordar la naturaleza y la finalidad del documento para que la vehemencia de sus juicios no suscite la reprobación del observador imparcial.
Sobre el segundo documento, elaborado por "Libertad y Cambio", nada podría ser tan elocuente como señalar que su lectura hace que el primero luzca mesurado, tibio, casi con un tintecillo oficialista.
El segundo documento no atribuye desaciertos al gobierno. Quien desacierta podría eventualmente haber acertado, y en todo caso el acierto ha sido su frustrada intención. No es el caso del régimen que gobierna el país desde junio de 1973, poseído como se halla en materia económica por el demonio que lleva el execrable nombre de Neoliberalismo. Es imprescindible, enuncia el documento en uno de sus reiterados paroxismos, "abandonar definitivamente el enfoque económico neoliberal en el tratamiento de los problemas nacionales. Esa orientación, al privilegiar lo monetario respecto a lo humano, conduce a una preferente defensa del valor del dinero respecto del valor del hombre, a una exacerbada dependencia financiera externa, a un irracional desmantelamiento del aparato productivo interno en beneficio de la producción extranjera y a una anacrónica contracción del mercado doméstico".
Se observará que todo viene del hecho de que la orientación exalta lo monetario frente a lo humano. No es un desacierto lo que obra el mal, es la esencia del sistema la que es perversa. Así, por ejemplo, ya no nos extraña que el desmantelamiento de la industria nacional se haga, no ya de puro destructivo que es el régimen, sino para favorecer a las empresas foráneas. Porque si alguien, entre el valor del dinero y el valor del hombre, prefiere el valor del dinero, ¿qué se puede esperar?
El problema no está en el documento en sí. El problema radica en el espíritu con que está concebido. El problema consiste en que es un llamado directo a las pasiones. El mal se atribuye a un conjunto de demonios. A los demonios es justo y natural odiarlos. Es inconcebible tratar de comprenderlos. Toda comunión con ellos, siquiera en la debilidad, en las buenas intenciones, en el amor a la patria común, es impensable. Porque los demonios no tienen patria, ni debilidades, ni buenas intenciones, y cuando parece que se equivocan no es más que su perversidad que se oculta bajo el ropaje del error.
Puede que el documento tenga su arrastre electoral importante, o puede que no. Puede que los colorados sean una comunidad política que se complazca en vibrar al unísono movida por el odio, o puede que resulte una comunidad política predispuesta al raciocinio sobrio y al diálogo sereno. Nosotros hacemos votos por lo segundo, y creemos que de hecho sea éste el caso predominante. Pero quienes están procurando lo primero —y el documento no tiene otro sentido perceptible— deberían tomar conciencia de que están jugando con fuego.
Las pasiones son enemigas de la libertad. Si ya de entrada los líderes de un partido deciden que la lucha política habrá de librarse con la clase de reglas, o de falta de reglas, que trasunta el manifiesto de marras, es cosa de ponerse a temblar.
Edmund Burke dijo cierta vez que los hombres tienen por fuerza que tener un freno a sus apetitos; que el freno pueden ponerlo ellos mismos dentro de sí, pero si no lo hacen alguien se lo pondrá desde afuera. Y pronosticó que los hombres inmoderados en sus sentimientos no continuarían mucho tiempo siendo libres, y que sus pasiones forjarían sus cadenas. La cita parece muy a propósito. Ojalá no sea desatendida.