La clave es el gobierno

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La semana pasada el gobierno llevó a cabo un mini-cónclave sobre las diversas áreas de su responsabilidad, presuntamente con énfasis en las de carácter económico. Al fin de las reuniones no se difundió información sobre el contenido de los trabajos y las respuestas de varios integrantes del elenco gubernamental han trasmitido la impresión de que no existe ningún plan para enfrentar la grave depresión que sufre el país, ni ninguna política que se proponga como meta la recuperación de los niveles perdidos de empleo y de actividad.

¿Qué explicación puede tener semejante actitud, semejante carencia? Algunas noticias periodísticas y algunas declaraciones formuladas desde círculos gubernamentales operan como un resquicio a través del cual es posible atisbar en busca de una respuesta a este enigma.

Un matutino expresaba el día 4 de mayo que fuentes oficiales habían prevenido que sería ocioso esperar "anuncios de tipo espectacular" y justificaban la falta de noticias positivas diciendo: "La clave son los recursos, de los que no existen disponibilidades, ya que los que se obtuvieron en el exterior están destinados a equilibrar la balanza de pagos".

No podemos asegurar que la jerarquía de la fuente sea adecuada en relación a una definición básica de política, pero la misma idea parece ser la que informó las declaraciones del Secretario de Planificación, General Pedro Aranco, cuando dijo a la prensa, citando al Ministro de Economía "que se hace todo lo que se puede con los recursos disponibles..." El General Aranco manifestó en seguida que no había "grandes posibilidades de ampliar ni pensar en grandes planes de reactivación..." y el contexto es claro en cuanto a que la falta de recursos representa en opinión del responsable de SEPLACODI el factor limitante para la confección de programas con aquella clase de objetivos.

A fuer de escrupulosos queremos consignar que las preguntas del periodista parecieron conducir al Secretario Aranco hacia esa declaración. Pero no parece aventurado concluir al mismo tiempo que la tesis de que "la clave son los recursos" es al menos compartida por las autoridades con algunos sectores de la opinión pública, y que sólo ella sirve para explicar que en una situación de extremada penuria como la que atravesamos se pretenda que el rumbo actual es el adecuado, como en la misma entrevista manifestó el General Aranco.

Pues bien, si es eso lo que realmente piensan las autoridades, nosotros querríamos hacer el mayor esfuerzo de persuasión posible, para convencerles de que se hallan en un error, y que deben reparar dónde se halla la verdadera clave del problema, a ver si podemos zafar del dramático atascamiento en que nuestra economía se debate.

La impresión que tenemos es que las autoridades se sentirían habilitadas para diseñar planes de reactivación si tuviesen una suma de dinero apropiada para gastar, digamos unos U$S 700 u 800 millones. Pero ¿no es acaso evidente que el año pasado gastaron más que esa suma intentando una reactivación que no vino nunca? ¿No es cierto que volcaron mucho más de U$S 500 millones solo a través del BHU, con resultados contraproducentes desde el punto de vista del nivel general de actividad? ¿Y no fueron en definitiva de ese mismo orden las reservas internacionales que perdieron en un intento reflacionario totalmente fracasado?

Uno no puede menos que concluir que si el gobierno tuviera las reservas, o el crédito, de que hoy carece —y casi tendríamos que decir "felizmente carece"— nos haría revivir la pesadilla del año 1982.

¿Qué aconteció en 1982? ¿Por qué fracasó tan estrepitosamente el intento gubernamental de reflación? ¿Por qué el dinero se esfumó sin dejar rastros, como gotas de agua en las arenas del desierto?

El gobierno no puede tener una tarea de importancia parecida a la de plantearse estas preguntas y darles solución. Y si lo hace, creemos que llegaría inevitablemente a la misma conclusión que nosotros. La gente no creía en las declaraciones del gobierno respecto de la política cambiaria, del mantenimiento de la tablita, y cuanto más gastaba el gobierno, la gente se sentía más segura de que la situación se volvería insostenible y de que lo que le convenía era comprar dólares, a menos que los pesos redituasen intereses exorbitantes.

Hoy en día el público tampoco cree en el gobierno. No cree, por ejemplo, que el gobierno vaya a cumplir sus compromisos con el FMI. Y esto no es una idea nuestra, ni el resultado de ninguna encuesta que hayamos realizado (por más que las encuestas informales que uno realiza a diario no den otro resultado). Es algo que las tasas de interés proclaman de la manera más terminante, ya que si una proporción significativa del público creyese que el actual nivel de disciplina fiscal y monetaria fuera a mantenerse, habría una verdadera avalancha de tenencias de dólares a tenencias de pesos y las tasas volverían a niveles normales.

De modo que la clave no son los recursos, que el gobierno no tiene ahora, pero que tuvo antes, y que gastó sin resultado positivo alguno, sino el propio gobierno, o más precisamente su falta de credibilidad.

Si las autoridades abrigan dudas al respecto les bastará considerar cuál es la naturaleza de toda recesión. Esta se caracteriza básicamente por la existencia de recursos reales ociosos. Hay obreros parados y máquinas paradas, y de lo que se trata es de ponerlos a trabajar juntos. No se necesitan más recursos: se necesita averiguar qué es lo que está trabando la reactivación de los recursos paralizados.

Tal vez la idea de que toda contracción cíclica debe enfrentarse gastando, sea un resabio de alguna versión ingenua de la teoría keynesiana, pero cualquier economista keynesiano medianamente competente le diría a nuestras autoridades que una economía cuyas tasas reales de interés se sitúan en un entorno del 50% plantea un solo y único problema: cómo bajar esas tasas.

Para un economista keynesiano una inyección de gasto público es la forma de devolver el vigor a una economía anémica. Pero una economía afectada por tasas de interés del porte de las nuestras se asemeja a un organismo afectado por el seccionamiento de una arteria y es claro que solamente la restauración de la integridad del vaso sanguíneo fracturado podrá devolverle la salud.

El problema, pues, se reduce a saber por qué el gobierno no logra recomponer en medida apreciable su credibilidad. No es que este problema sea fácil, pero al menos sería reconfortante saber que el gobierno comprende que él mismo es la clave del problema y no la disponibilidad de recursos, y que se halla abocado a encontrarle solución.

A nuestro modo de ver las raíces del problema se hallan vastamente diseminadas pero poseen una rama central, que concierne a la acción futura del gobierno en materia de refinanciaciones. Los anuncios de que no se están proyectando nuevas refinanciaciones se emiten reiteradamente desde fuentes oficiales, pero todo es inútil: la gente tampoco cree esto y ahora mismo el rumor atribuyó al minicónclave de la semana pasada la consideración de nuevas alternativas. Nada podría ser tan útil a este respecto como un pronunciamiento oficial debidamente fundado sobre el tema. Un pronunciamiento que expresara el pesar que sin duda sienten las autoridades por no poder asistir a numerosos deudores caídos en insolvencia por motivos en buena parte imputables al propio gobierno, pero que al mismo tiempo explicase concluyentemente lo que a nosotros nos parece representar la dura pero incontestable verdad: que no hay manera posible de ir más allá en ese terreno sin perjudicar decisiva y perdurablemente la salud económica de la República.

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