Espero que Fattorusso y sus compañeros de la sección espectáculos me excusen, pero hoy me voy a meter en su territorio. Voy a escribir sobre una película que me emocionó profundamente y, creo, me iluminó sobre algunas cuestiones esenciales de la vida y la convivencia de las sociedades. Quiero recomendar el film a los lectores de Búsqueda y, como la gran mayoría ya lo habrán visto, también quiero poner en común con ellos algunas reflexiones que él me sugirió. Y, por fin, quiero evadirme por una vez de las estrecheces y mezquindades con que mantengo un diario comercial, hacia la contemplación de un alma realmente grande. Todos los que escribimos sobre economía tenemos derecho a esa clase de vacaciones, ¿no lo creen ustedes?
Lo que más admiro en Gandhi es su sentido moral de la vida, y la enorme fuerza que supo extraer de él a través de la rigurosa coherencia que mantuvo entre sus convicciones y sus actos. Puedo recordar sus tenaces esfuerzos por arrojar al fuego un documento de identidad impuesto por las autoridades de Sud África a los habitantes "de color", mientras un policía le aplica garrotazos en el brazo con que trata de hacerlo. Como es obvio, Gandhi no trataba de probar que la fuerza material no existe, o no es importante, o no puede imponerse en una instancia concreta. Sí sostenía implícitamente que la fuerza material es inconmensurable con la fuerza moral, y su convicción, que enuncia expresamente en otro momento, sobre el triunfo definitivo de ésta.
Muchos hombres prácticos se preguntarán si era sensato arriesgar la integridad física por el rechazo de algo tan poco importante como un documento de identidad y se sentirán inclinados a ubicar a Gandhi entre las personalidades cuya vida transcurre enteramente en el ámbito descarnado del espíritu. Sin embargo, los hombres prácticos de la política india que nos muestra el film —Nehru, Patel, Jinnah— no pueden prescindir de Gandhi y su influencia singular sobre el pueblo de aquella nación.
Es importante el hecho de que Gandhi no se opuso al Imperio Británico de manera sistemática. En la primera guerra mundial ayudó al esfuerzo bélico británico, más incluso de lo que el film nos deja ver. Sin embargo, cada vez que vio al Imperio incurso en una injusticia su oposición fue irreductible.
Su sentido de la justicia trascendía, como es natural, la del derecho positivo. Para él las leyes que no tenían un asiento apropiado en la moral debían desobedecerse. El monopolio de la sal por el Imperio fue uno de tales casos. Gandhi estuvo preparado a ir a la cárcel por desobedecer una ley injusta, por más que su significación económica fuese relativamente trivial, y conducir a sus seguidores a la desobediencia generalizada e irreductible.
Su coherencia se mantiene sin vacilaciones en los momentos más dramáticos de su vida. En uno de ellos Gandhi puso fin a una ola de rebeldía que, bajo su inspiración, estaba sacudiendo la India entera, porque una turba de sus connacionales había masacrado un grupo de policías. La actitud de Nehru fue de consternación, ante lo que percibía como la interrupción absurda de una verdadera revolución nacional, pero la meta de Gandhi no era la independencia de su país bajo cualquier circunstancia. El movimiento independentista tenía que ser regido por el mismo principio moral que debía gobernar el universo entero. No había lugar para excepciones en su filosofía.
En el tiempo trágico en que nos ha tocado vivir, sacudido por la violencia, en el que campean la opresión y la mentira, el testimonio de este hombre excepcional tiene que constituir una gran fuente de consuelo. Quienes tienen conciencia de abrazar la causa de la justicia no tienen por qué sentirse desvalidos por el hecho de que las fuerzas materiales parezcan alinearse abrumadoramente en el campo adversario. El testimonio de Gandhi proclama que en definitiva la fuerza material es impotente frente a la fuerza moral.
El secreto del extraño poder que esta filosofía mostró en los hechos, que permitió a Gandhi movilizar a las masas del subcontinente indio como ningún maestro de la elocuencia ni ningún baquiano de los vericuetos de la política pudo hacerlo, radica, me parece, en la singular unidad de su vida y su obra, en su adhesión inflexible a los principios, mientras desdeñaba al mismo tiempo todo embanderamiento definitivo en facciones, toda escisión tajante y absoluta en el seno de la humanidad. No hay otros enemigos, creo que Gandhi nos dice, que la mentira, la opresión, la injusticia. Contra ellos la lucha tiene que ser sin cuartel, sin transacciones ni concesiones. Pero frente a los hombres que ocupan la trinchera de enfrente tenemos que tener el perdón fácil y la reconciliación a flor de piel. Porque el destino común es ser todos uno bajo el reinado del espíritu, según la ley del amor. Así sea.