Keynes y la reactivación

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Hay una idea rondando por ahí, según nos parece, que atribuye a la política económica que el gobierno uruguayo está siguiendo actualmente una naturaleza monetarista. Es, creemos, la misma idea que hace decir a algunos que esa política posterga la meta de la reactivación para anteponerle el objetivo del equilibrio externo. Es una de la infinita gama de versiones demonológicas de los acontecimientos que de tanto predicamento gozan en algunas regiones, América Latina entre ellas. Si se trata de atacar una teoría o una política, el quid está en atribuirla a un diablo perverso y un tanto estúpido, que sostiene la una o propugna la otra por motivos absurdos. Como es obvio, resulta elemental rebatir a tales demonios minusválidos.

En la instancia que directamente nos concierne, el abominable hombre de paja, que se construye para decapitar en seguida de un certero golpe de cimitarra, cree a pie juntillas que la economía no se ha hecho para el hombre, sino que el hombre ha sido creado para la economía. El equilibrio externo, la estabilidad monetaria, y otras cosas por el estilo son para él fines en sí mismos, ídolos siniestros e insaciables, que reclaman el sacrificio perpetuo del bienestar popular. Por más señas, se han graduado de economistas en la Universidad de Chicago.

Nosotros no conocemos a nadie que se asemeje a esos dechados de maldad y de tontería. Estamos seguros de que todas las personas de carne y hueso a quienes hemos oído encarecer las bondades de las disciplinas monetaria y fiscal y recomendar el pronto ajuste de las balanzas de pago desequilibradas, fundamentan sus actitudes en tal sentido en la premisa de que tales comportamientos promueven el bienestar de la población en general. Tratándose en particular del Uruguay, todos ellos se sentirían sin duda inclinados a mencionar el casi permanente desequilibrio de la balanza de pagos desde fines de la década de los '50 hasta 1974 y la profunda pérdida que ello representó en términos de bienestar humano, traducida entre otras maneras por una corriente emigratoria tan triste como costosa.

Si la política actual del gobierno uruguayo ha puesto fin a la política reflacionaria que intentó desde mediados de 1981, a través de enormes déficits fiscales y de una colosal expansión del crédito hipotecario financiada desde el Banco Central, no ha sido en virtud de ningún cambio de convicciones en materia económica, ni porque el meridiano de sus modelos económicos favoritos se haya desplazado de Cambridge a Chicago, sino por la sencilla razón de que dicha política reflacionaria terminó en el más rotundo de los fracasos, no sólo por haber causado una tremenda pérdida de reservas, sino también por haber sido flagrantemente contraproducente en materia de niveles de actividad y empleo. Quienes atribuyen la política actual a la afiliación monetarista de las autoridades, e implícita o explícitamente claman por un reflacionismo alimentado con la imprenta de billetes, deberían detenerse un instante a analizar aquel insuceso y lo mismo el fracaso de las políticas de "reactivación por la inflación" ensayadas en la Argentina por el Dr. Sigaut (con algunas prevenciones) y el Dr. Cavallo (ya por el campeonato). Ese análisis debería tener por mira la reconciliación de las experiencias observadas en ambos márgenes del Plata con la teoría económica que habitualmente se invoca para perseguir la mejora del nivel de empleo a través del déficit fiscal y las políticas de "dinero barato", que es la teoría de Keynes. Eso no es difícil, a condición de ir más allá de los catecismos keynesianos que se escriben para consumo de adolescentes. Lo esencial puede que fuera resumible en los siguientes puntos.

1.- Keynes nunca dijo que la inflación constituyera un método adecuado de reactivar una economía. En particular, la tesis que inspiró los experimentos transplatinos mencionados —"hacer que la gente quiera pasarse de dinero a bienes es bueno para reactivar"— ciertamente no es una tesis keynesiana. ¿Cómo podría serlo? Más allá de toda duda posible, Keynes fue un economista altamente competente y esa tesis es disparatada.

2.- Keynes fue perfectamente consciente de la necesidad del ajuste. Por encontrarse en su último artículo, póstumamente aparecido (Economic Journal, junio de 1946) podemos sentir que su testamento intelectual abarca el símil del ajuste como la medicina que es imperativo administrar al paciente: "me siento impulsado, —leemos allí— no por primera vez, a recordar a los economistas contemporáneos que la escuela clásica nos ha enseñado algunas verdades permanentes de gran significación... Si los medicamentos son excluidos por completo de nuestro sistema, podemos andar permanentemente a la deriva, de medida de emergencia a medida de emergencia, sin recuperar nunca plenamente la salud".

3.- Su teoría monetaria presupone en las autoridades encargadas de gobernar el dinero una adhesión inalterable a la disciplina tradicional. Escribiendo del Banco de Inglaterra en 1923 y refiriéndose al grado de libertad que había ganado con el abandono del patrón oro, Keynes aseguró que el peligro de que ese grado de libertad fuera abusado irresponsablemente era inexistente —sin imaginar, por supuesto, que Gran Bretaña llegaría medio siglo más tarde a una tasa de inflación del 25%— y en la Teoría General (1935) el único problema grave que suscitan las expectativas sobre el futuro de la política monetaria es el que se deriva de que ésta pueda volverse más restrictiva aún en el futuro, amenazando con pérdidas a los tenedores de títulos de deuda a largo plazo y manteniendo por tanto inconvenientemente bajos sus precios (alta la tasa de interés). La política expansiva por que Keynes abogó debe entenderse en este contexto como esencialmente encaminada a lograr una atmósfera de confianza en la comunidad financiera, en el sentido de que el próximo auge no sería abortado mediante una restricción monetaria extemporánea.

4.- Cuando, de manera lateral, Keynes enfoca el tema de la gran inflación, lo poco que dice no deja dudas sobre sus opiniones al respecto. En la Teoría General, refiriéndose a los casos de "quiebra completa de la estabilidad de la tasa de interés", escribe: "... En Rusia y la Europa Central después de la guerra se experimentó una crisis o huida de la moneda, en la que no podía inducirse a nadie a conservar ya fuera dinero o deudas, en ninguna forma y aún una tasa de interés alta y creciente era incapaz de seguirle el paso a la eficacia marginal del capital (especialmente tratándose de existencias de bienes líquidos) bajo el influjo de la esperanza de una baja mayor en el valor del dinero ...".

Pues bien, en toda la Teoría General no hay ningún mensaje tan directamente pertinente a nuestra situación como éste. Lo que nos dice es que la evolución de la cotización del dólar en la primera semana de este año (cuando subió a una tasa anual de dos mil millones por ciento hasta tocar N$ 47 el 5 de enero) era tipificable como una fuga del dinero, y que sólo nos salvamos de ella y de la temible hiperinflación que ella habría traído consigo, merced a la severa contracción crediticia que las autoridades competentes introdujeron entonces; que el período subsiguiente, caracterizado por tasas reales de interés "ex post" desmesuradas y alto desempleo es la píldora amarga del ajuste que no podemos dejar de ingerir —para purgar culpas del propio gobierno, pero eso ya es otra historia— y que la ruta que ahora debemos recorrer es la escarpada de la restauración de la confianza, que pueda llevarnos hasta privar a las tenencias de dólares de esa promesa de ganancias por depreciación del peso (la referencia a la "eficacia marginal del capital" en la cita se refiere a esa índole de ganancia de capital) que mantiene las tasas nominales en sus alturas descomunales y al valor de todos los activos físicos por el suelo.

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