En su edición previa a las elecciones, el "Economist" de Londres, escribió:
"La Sra. Thatcher ha mostrado dos cualidades esenciales para la recuperación británica. La primera es la determinación de llevar adelante políticas que estima correctas aunque le atraigan impopularidad. En esto ha representado un señalado avance en la política británica. Cuando dice: les voy a decir la verdad y va a ser desagradable, se la cree. Esa credibilidad es un hecho económico en sí mismo. Después de décadas de presumir que la prosperidad crece en los árboles... hay ahora una nota de realismo en la política británica, apreciada por la mayoría de los ciudadanos, sean o no conservadores."
Es a la vez muestra del estilo de hacer política de Margaret Thatcher que queremos mostrar a nuestros lectores el arrollador éxito electoral del Partido Tory.
Es cierto que la popularidad de la jefa del partido victorioso fue exaltada por un episodio poco congruente con el desenvolvimiento normal de los hechos de nuestro tiempo, y que, sin ese shock exógeno que fue la guerra del Atlántico Sur, el resultado de los comicios recientes pudo haber sido muy distinto. Eso, sin embargo, no hace sino recordarnos que no nos está dado a los humanos percibir la historia más que a través de un lente lleno de opacidades. Las consecuencias que vemos derivarse de las elecciones británicas, aún a través de ese cristal imperfecto, lucen sin embargo demasiado nítidas para que dudemos de su realidad.
Sin ir más lejos, una parte significativa del prestigio que el episodio de las Malvinas reflejó hacia la Sra. Thatcher —todo lo que no proviene de la eficiencia de las Fuerzas Armadas británicas ni de los resabios imperialistas de la población británica— tiene que ver con la firmeza y la capacidad de decisión que puso de manifiesto la Primera Ministra, y ello es parte de la misma revolución de estilos políticos. Ante la invasión de las islas, cualquiera de sus predecesores poschurchillianos habría enviado, en vez de una task force al Sur, una delegación al Oeste, a las NN.UU. Desgraciadamente, la cancillería argentina no estaba informada de que la revolución se había consumado.
Edward Heath, el predecesor de Margaret Thatcher en el liderazgo de los Tories, fue en esa posición su misma antítesis. Le llamaban "Consensus Ted" y parecía avergonzarse de todos los rasgos que habían caracterizado a su partido en el pasado. Nunca se le oyó hablar de la propiedad privada como una institución fundamental para la eficiencia económica y como un baluarte imprescindible para la libertad. Nunca se le oyó decir que el manejo del dinero podía usarse para combatir la inflación. Nunca soñó siquiera con afirmar que la meta del pleno empleo pudiera ser supeditada, bajo ciertas circunstancias, a otros objetivos.
Creía que estas cosas y otras semejantes se hallaban fuera del área del consenso corriente, y que su afirmación por un líder político produciría una reacción adversa en el electorado. Nunca entendió cómo su propio Partido pudo preferir, a la Sra. Thatcher, la designación de ésta en 1976 para ocupar su cargo de líder como un acto de autoinmolación. Desde entonces adoptó una actitud de niño malhumorado, y se puso a esperar, desde los escaños traseros de Westminster, el desastre que para los Tories traería la locura de Thatcher, una política que creía en expresar sus convicciones sin eufemismos, y cuya plataforma parecía desafiar las tablas del consenso de manera frontal. Hoy el pobre Consensus Ted debe hallarse más confundido que nunca; Anti Consensus Maggie acaba de lograr, desde el gobierno y con 13% de desocupados, uno de los éxitos electorales más clamorosos de este siglo en el Reino Unido. En cierto sentido Heath es hoy, más aún que Foot y Steel y Jenkins, el gran derrotado en los comicios.
O, si se quiere, es el estilo Heath el perdidoso. Entramos en una nueva era, en que los políticos no huyen ya de la verdad como del cólera, y han llegado a la conclusión de que la impopularidad no era, después de todo, tan impopular como decían. Estas conclusiones, ¿son extrapolables fuera del Reino Unido? Queremos creer que sí. Más aún, en la premisa de que ése es el caso cimentamos nuestras esperanzas para el futuro de la democracia uruguaya.
La gente suele decir entre nosotros que una política como la que Vegh Villegas puso en práctica en 1974 no podía haberse implantado más que con un gobierno militar. Independientemente de que la política pudiera juzgarse buena. Pues bien, si hay políticas buenas, en aspectos fundamentales, que la democracia rechaza, y los gobiernos militares admiten, volveremos de una manera u otra a tener gobiernos militares. Confiamos en que los lectores que nos conocen no crean que deseamos semejante cosa, pero estamos dispuestos a correr el riesgo que haya en tal sentido al afirmarlo: nosotros nos hallamos firmemente instalados en el estilo Thatcher; nunca tuvimos otro.
Otra cosa que oímos frecuentemente decir por ahí: los militares no hicieron nada con la seguridad social; ni con la salud; ni con la Universidad; ni con la educación en general; ni con los monopolios estatales; ni con la administración colegiada de los entes autónomos; ni con la burocracia; ni con la semana de turismo; etc., etc. ¿Qué posibilidad hay, se preguntan, que los políticos, que armaron todas esas estructuras para conseguir poder y votos, cuando retomen el gobierno las desmonten?
Pues bien, nosotros sí creemos que la democracia será capaz de corregir esas estructuras que ahogaron nuestro progreso, no bien una proporción significativa de nuestra ciudadanía comprenda la necesidad de hacerlo, y de esa confianza extraemos la energía principal para nuestra lucha. Y no se trata, creemos nosotros, de optimismo ciego, ni de ciega fe en la democracia como tal, esa especie de fetichismo de las urnas en que algunos a veces incurren. Es sencillamente, fe en el buen sentido popular. Es fe en que el pueblo, los pueblos, sólo algunos tal vez pero el nuestro entre ellos, aman la libertad y aunque oscuramente, saben que la libertad no crece en los árboles, sino que hay que esforzarse para conseguirla y conservarla; y saben, de esa manera intuitiva, que la verdad es un soporte esencial, irremplazable, de la libertad. Y por ello, con esa sabiduría imprecisa y fragmentaria, van a percibir (tal vez están ya percibiendo) que la verdad es el bien críticamente escaso que debemos demandar ávidamente en los foros políticos. Y, por fin, como creemos que el mercado ya existe, y está desarrollándose, pensamos también que el empresario político que se adelante a ofrecer el producto no demorará en aparecer. Le deseamos en tal empresa un éxito realmente thatcheriano.