El ocaso del consenso

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En las democracias occidentales hubo algo muy parecido a un consenso en torno a la política económica por cosa de un cuarto de siglo. Durante la 2ª guerra mundial y la inmediata posguerra muchos pensaron que Occidente se movía en la dirección de un consenso socialista. Esta perspectiva suscitó la reacción intelectual de quienes creían que el consenso socialista conduciría muy pronto a un consenso totalitario. Este movimiento de defensa de la libertad produjo algunos de los libros más importantes del siglo: por orden de aparición, Oscuridad a mediodía de Koestler (1940), Rebelión en la granja de Orwell (1945), Camino de servidumbre de Hayek (1947) y "1984" nuevamente de Orwell (1949). Por otro lado, la imagen sonrosada de la URSS que había construido la propaganda bélica se disipó, aventada por la "guerra fría" y el conocimiento de siquiera parte —solo una parte pequeña por entonces— de los horrores de la Rusia stalinista fue un antídoto de tremenda eficacia. El hecho es que el consenso que se materializó en Occidente no fue a la postre socialista, sino keynesiano.

El keynesianismo parecía capaz de combinar lo mejor de los dos sistemas. Ahí estaban los EEUU. como demostración viviente de que, si se trataba de dar nivel de vida a las masas, el capitalismo podía superar de lejos a las economías centralmente planificadas. El éxito de las reconstrucciones de Alemania, Japón e Italia, gobernadas por principios liberales, mientras la Inglaterra laborista parecía hundirse cada vez más hondo en una ciénaga de ineficiencia, reforzó la misma idea. Pero el capitalismo tenía una contextura dual: la prosperidad estaba intercalada con depresión. La experiencia traumática de la crisis de 1929-30 y la contracción cíclica subsiguiente, larga y profunda, había marcado una generación. Si el precio para que los obreros pudieran alcanzar normalmente las comodidades antes reservadas a las élites consistía en que cada pocos años fueran lanzados a la calle a mendigar un plato de sopa, ese precio podía ser excesivo. La forzosa frugalidad socialista podía, por estable, ser digna de preferencia. Aurea mediocritas.

El keynesianismo emergió como la síntesis dialéctica del conflicto. Tesis: Notable capacidad del capitalismo para producir una abundancia insospechada de bienes materiales, accesibles a toda la sociedad. Antítesis: Inestabilidad cíclica del capitalismo, con su secuela de intervalos de hambre y desmoralización para las masas trabajadoras, constituida en la fuerza impulsora principal, casi única, del sistema adversario, el socialismo marxista. Síntesis: el keynesianismo, una doctrina que permitía aprovechar la energía portentosa que arrastraba consigo ese río caudaloso y turbulento que era el capitalismo, sin tener que soportar las inundaciones devastadoras a que periódicamente estaban sometidos los pueblos que se instalaban en sus riberas; algo así como una gran represa teórica, que domesticaba las fuerzas naturales y transformaba al hombre en el amo de su propio destino.

En la profesión de los economistas el éxito de la doctrina fue arrollador. En 1944, desde Washington, donde se hallaba trabajando en la estructuración del sistema monetario internacional, una carta de Keynes a su mujer contaba lo siguiente: "Anoche salí a cenar con varios economistas. El único que no era keynesiano era yo". La anécdota es reveladora y no sólo de la multitud de conversiones logradas por el nuevo credo.

También nos dice mucho sobre la evolución que el contenido de la nueva fe iba experimentando a medida que se popularizaba.

Keynes poseía una mente sutil y compleja, cualidades ambas que impregnaron su obra clave, la Teoría General...(1936). En gran medida lo que iba popularizándose no era la doctrina en sí misma, sino una versión simplificada, de la cual se abstraían las complejidades que entorpecían su comprensión por el economista medio, a costa de perder al mismo tiempo matiz y riqueza de textura intelectual.

Lo que se difundió, dicho más brevemente, fue un catecismo de la nueva doctrina. A la pregunta "¿Qué deben hacer los gobiernos cuando detectan recursos ociosos en sus economías?" el catecismo respondía: "Aumentar el gasto público, sin poner nuevos impuestos para financiar el mayor nivel de erogaciones, ya que la economía, de tal manera reactivada, generará nuevos ingresos, según un múltiplo del ingreso incremental, y al mismo tiempo ahorro en cantidad suficiente para financiar, vía compra de bonos, el déficit resultante". En otros términos, se podía hacer obra pública a costo nulo, y a la vez mejorar el nivel de ocupación, no sólo directamente, sino indirectamente también, a lo largo y a lo ancho de la economía, a medida que los hombres y mujeres reempleados demandasen más bienes y servicios con sus nuevos ingresos. A la pregunta "¿Cuál es el límite para la expansión del gasto?" respondía el catecismo: "El punto de ocupación plena, cuando un incremento de la demanda efectiva tendría ya solamente efectos inflacionarios". Pregunta: "¿Puede haber inflación mientras haya paro forzoso?". Respuesta: "No". Pregunta: "¿Qué hacer si la colocación de valores públicos para financiar el déficit fiscal, antes de que el ingreso pueda crecer, deprimiese su precio (o, lo que es igual, impulsase la tasa de interés al alza)?". Respuesta: "Hacer que la autoridad monetaria emita nuevo dinero y compre los valores públicos" (lo que implicaba que a veces estaba indicado financiar el déficit con la máquina impresora de billetes).

El consenso se operó, pues, en torno a esta clase de catecismo keynesiano. ¿Quién podía resistirse a su atractivo? Los economistas encontraban que la doctrina les había conferido un poder insólito para resolver dificultades. Para el público en general, una doctrina que ofrecía más de toda clase de bienes, con la sola condición de tener menos desocupados, era irresistible. Y los políticos... Por milenios habían tenido que sufrir que los catones de turno les tratasen de manirrotos e irresponsables. Ahora podían mandar a los catones al diablo, porque había resultado que el gasto deficitario —¡oh maravilla— encarnaba precisamente la virtud del gobernante.

El consenso se cimentó, pues, sobre esta clase de concepción de la economía. Es buena cosa el consenso, pero a condición de que la teoría en que se apoye sea cierta. Hoy en día se nos exalta a diario la bondad del consenso sobre política económica, pero oímos hablar muy poco acerca de que toda política económica presupone un modelo (una concepción de la realidad pertinente) y de que, siendo falso el modelo, no es lícito prever que el consenso que se forme en su derredor haya de rendir frutos apetecibles.

El modelo keynesiano en torno al cual el consenso se fraguó era todo lo más una verdad a medias, y con el tiempo comenzó a surtir resultados inquietantes. Los ciclos económicos no habían repetido las violentas fluctuaciones de los años '20 y '30, pero cada expansión terminaba con una tasa de inflación mayor que la anterior, y cada contracción conducía a una tasa récord de paro forzoso. A mediados de la década de los '70, la inadecuación del modelo a la realidad se había vuelto patente. Fue por entonces que el líder laborista James Callaghan, a la sazón Primer Ministro de Gran Bretaña, declaró:

"Solíamos pensar que era posible zafar de una recesión a fuerza de gastos y aumentar el empleo reduciendo impuestos y expandiendo el gasto público. Les digo, con toda sinceridad, que esa opción ya no existe y que, en la medida de que existió alguna vez, sólo funcionó ... Inyectando mayores dosis de inflación en la economía, seguida de mayores niveles de desempleo como el próximo paso ... Esta es la historia de los últimos 20 años".

Estas trascendentales palabras fueron pronunciadas en setiembre de 1976. Casi simultáneamente, Margaret Thatcher fue elegida líder del Partido Conservador. El consenso, al menos en Gran Bretaña, había terminado.

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