Nos referimos al misterio con que se ha resuelto rodear las actuaciones que allí se están desarrollando, que nos afectan virtualmente a todos los uruguayos, pero que parecen encaminadas a transcurrir en un ambiente de penumbra, en que la luz pública penetra sólo débil y precariamente.
La tesis de los partidos debe ser que la ciudadanía les ha conferido un mandato en las elecciones internas y que ella debe ahora aguardar sosegadamente que los hombres que en aquel acto recibieron el depósito de su confianza cumplan la misión que les ha sido encomendada.
El aceptar una existencia rodeada de misterio con el espíritu en paz es la actitud característica del hombre religioso, pero ella se basa en una relación particularísima de creatura a Creador, que nunca convendrá a las relaciones de hombre a hombre, como las que componen el universo de lo que llamamos la cosa pública.
En ésta la publicidad es esencial. No sólo para saber el pueblo de qué se trata: también para que el pueblo participe. Una tradición liberal secular afirma que la sabiduría colectiva y el sentido moral colectivo superan los individuos de los gobernantes. Aquello del juramento de fidelidad al rey en Aragón —"Nos que cada uno somos tanto como vos e todos xuntos más que vos..."— nos recuerda que esa convicción cimenta las libertades de Occidente desde la Edad Media. Dicho de otro modo: para funcionar bien los gobernantes tienen que actuar en comunión con su pueblo. Y el canal de comunicación para ello es la publicidad de todos los actos que atañen a los valores fundamentales de la comunidad.
No hemos improvisado esta postura. Búsqueda se ha distinguido en nuestro medio —demasiado, por desgracia— por su ataque frontal al presumario secreto, y al juicio penal cuasisecreto en las etapas subsiguientes del proceso, así como por su encendida defensa del juicio público. Para ello nos basamos en aquella misma convicción. Creemos, en efecto, que los Magistrados no cumplen una labor meramente técnica equiparable al de los ingenieros de la Dirección de Vialidad y que deben cumplirla bajo la mirada de un público que, en todo lo que trasciende lo meramente técnico de esa labor, tiene una contribución insustituible que realizar. Creemos que las barras en el Parlamento tienen idéntico sentido y no concebimos que el público sea admitido a presenciar las deliberaciones de los legisladores sobre el presupuesto, o el régimen de desalojos, o las mil y una trivialidades que siempre se han pronunciado en nuestras Cámaras, pero se le cierre el paso al recinto en que se trata de su libertad y su dignidad.
Nosotros queremos barras en el Parque Hotel. Del tamaño que la arquitectura permita, pero queremos que el pueblo pueda entrar a la Sala de Sesiones y por supuesto que entre la prensa, y que el misterio salga de una vez por todas.
Naturalmente, debemos tener presente que lo que se está elaborando no es una constitución, sino un proyecto de constitución, y que la ciudadanía tendrá ocasión de aprobar o reprobar el fruto de los trabajos del Parque Hotel en un plebiscito. Obsérvense, sin embargo, las circunstancias especialísimas en que tal alternativa se plantearía. Si hay acuerdo —si no lo hay, por supuesto, el problema es grave, pero es otro— y un proyecto termina plasmándose, será presumiblemente sometido al pronunciamiento comicial con los auspicios de los directorios de las dos grandes colectividades políticas del país, cuyos representantes son los que están negociando —o dialogando, o deliberando, pues el misterio llega hasta el mismo verbo adecuado a la actividad que se cumple— con los representantes de las Fuerzas Armadas. Por lo tanto, uno tendría que pensar que la probabilidad de voto afirmativo sería abrumadoramente alta. Y por lo tanto también, uno tiene derecho a inquietarse prácticamente igual que si lo que se está redactando en la clausura del Parque Hotel fuera ya la futura Constitución. Pero supóngase, ya que no le cobran a uno nada por suponer, que el proyecto perdiera en el plebiscito, digamos porque contrariase el sentir nacional en tal intensidad que el aval de los partidos no alcanzase para volverlo potable al paladar ciudadano. Entonces sumaríamos al problema de corto plazo de no tener una salida clara de la actual encrucijada política, el descomunal problema de largo plazo de ver resquebrajarse nuestra vieja e inapreciable estructura bipartidaria. De modo que, si el proyecto que surge fuera inconveniente, el plebiscito no nos suministraría una solución aceptable, sea cual fuere su resultado. Por lo tanto, nos interesa la elaboración del proyecto de manera particularísima, como si en el Parque Hotel estuvieran preparando una constitución, y no sólo un proyecto. Es por eso que pedimos una barra para que la prudencia y la sagacidad colectivas alejen el peligro de que incurramos en la clase de error a que todos los individuos, o todo pequeño grupo de ellos, se hallan inevitablemente expuestos.
A decir verdad, la iniciación de los trabajos, y el método acordado para llevarlos adelante, a pesar de haber sido anunciados por algunos medios con vivísimo alborozo, no han hecho más que aumentar nuestra zozobra. Las Fuerzas Armadas han presentado unas pautas que reproducen todos los rasgos principales que se encarnaron en el proyecto de 1980, incluso la cooptación en la jefatura de las Fuerzas Armadas, el COSENA constitucional y el supertribunal político con potestades omnímodas para destituir a cualquier gobernante o funcionario, aun los nombrados por el cuerpo electoral. Nosotros sostuvimos que la contestación de los partidos debería haber comenzado informando a los autores de la iniciativa que esos aspectos de la misma no eran aceptables ni negociables. Se ha optado por otro método, comenzando por el análisis de los regímenes de emergencia en materia de libertades públicas, en el cual están produciéndose coincidencias, y se está llegando a la redacción de los artículos. ¿Qué va a ocurrir cuando se llegue al primero de esos otros tres puntos? Los representantes de los partidos ¿van a declarar entonces que los puntos son absolutamente innegociables? ¿O van a ponerse a participar en un esfuerzo de redacción mediadora, a ver si es posible arribar a alguna fórmula intermedia, capaz de contemplar todos los puntos de vista? Y ello en una atmósfera de acentuado sigilo. Con toda franqueza, esa perspectiva nos suscita el mayor desasosiego.
No es que dejemos de creer que lograr un acuerdo sea cosa buena, pero nos parece obvio que las ventajas de corto plazo en tal sentido pueden hacernos perder de vista los inconvenientes de largo plazo. Y lo último que debe uno olvidar, cuando se trata de una constitución, es precisamente eso. Al contrario, debíamos tener presente que, en este momento crucial de nuestra historia, todos los uruguayos estamos moviéndonos bajo la mirada implacable de nuestra propia posteridad, que querrá saber si es Jacob o es Esaú el que mejor representa a la generación presente.
Nosotros comprenderíamos las ventajas de un procedimiento reservado, y de un espíritu de conciliación sumamente flexible, si se tratara de negociar —típicamente negociar— una salida de la presente situación, aceptable para las Fuerzas Armadas; si estuviesen en juego, por ejemplo, como ya lo hemos sugerido, algunas disposiciones de vigencia limitada, a insertarse entre las Disposiciones Transitorias de la Constitución vigente. Pero en cuanto se trata de la Constitución propiamente dicha, esa actitud se nos evade por completo: el celo por valores esenciales, que entendemos justificado en cuanto las normas jurídicas más augustas están sobre el tapete, nos inhiben esa apertura a la comprensión.