Ocaso del patrón oro

Descargar PDF

El patrón oro no pudo resistir el tremendo shock que representó la primera guerra mundial. En la posguerra los EE.UU. regresaron prestamente a la convertibilidad, y con más lentitud lo hicieron la mayor parte de los países europeos; pero ya nada funcionaba como antes. Las actitudes de la gente habían cambiado, y una institución cuyas reglas constitutivas han permanecido inalterables experimenta con todo un cambio fundamental cuando se la traslada de un ámbito cultural a otro.

Hay diversas perspectivas para enfocar el impacto de la guerra sobre la moneda. Una manera válida de ver las cosas me parece la siguiente. Durante un siglo el progreso de la integración económica y cultural de Occidente había sido incesante. A mediados del siglo XIX un autor había escrito: "En lugar del aislamiento y la hostilidad de las regiones y países, se establece un intercambio universal, una interdependencia de todas las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material como a la intelectual. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultaban de día en día más imposibles." Ese autor era Marx (Manifiesto...): un testigo insospechable de parcialidad en favor de Occidente. Como el mismo Marx lo destaca, el mercado había sido la gran fuerza integradora. Y, dentro del mercado, la misma moneda, el oro, facilitando las transacciones comerciales y financieras, era a la vez un símbolo y un instrumento de unidad.

La guerra fue una demostración brutal del carácter apenas relativo, sólo superficial, de esa unificación, y todas las instituciones que la habían promovido quedaron cubiertas por un manto de sospecha. Antes de la guerra el hombre occidental se había sentido seguro en un mundo de espontaneidades, de automaticidades, que aseguraban la eficiencia, la libertad y la paz, sin exigirle al individuo demasiada comprensión de sus íntimos rodajes, apenas pidiéndole una confianza filial. La guerra quebró ese vínculo fiduciario. El hombre occidental quiso revisarlo todo y volverse dueño de su destino. Individualmente, de manera consciente —no de la manera de antes, colectiva, anónima, espontánea y misteriosa— y merced al instrumento que venía dándole en los últimos tres siglos un fabuloso poder sobre su entorno material: la razón matemática. En la órbita económica el pensador que encarnó esa actitud con máxima influencia fue John Maynard Keynes.

La mayor parte de las controversias sobre Keynes se centran en su opus magna, la Teoría General, y a veces se extienden a sus escritos posteriores, hasta 1944, año de su muerte, o se remontan al "Treatise" (1930), o al "Tract" (1923), pero raramente más allá. La cita que sigue es de 1914, cuando la singularidad de Keynes como economista estaba aún lejos de plasmarse. A pocos meses de estallado el conflicto, Keynes escribía en el Economic Journal:

"Si resulta, como uno de los efectos derivados de la presente lucha, que el oro es al fin depuesto de su control despótico sobre nosotros, y reducido a la posición de monarca constitucional, un nuevo capítulo en la historia de la humanidad se abrirá. El hombre habrá dado otro paso adelante hacia el logro de su autonomía, hacia el poder de controlar su destino de acuerdo con su voluntad..."

El énfasis ha sido puesto en esta cita para destacar sus dos aspectos fundamentales. Uno, la idea de que el oro, el automatismo del oro, era un tirano. El otro, la idea de que el hombre es capaz de dominar su entorno histórico igual que su entorno físico, y que en ese control de su destino histórico se cifra una parte importante de su libertad. La libertad frente al automatismo del patrón oro será también la libertad frente a las fuerzas ciegas del mercado. En 1924, pronunciando en Oxford una conferencia que se haría famosa —"El fin del laissez-faire"— Keynes afirmaba:

"Creo que se requiere un acto coordinado, deliberado e inteligente sobre la escala a la cual es deseable que la comunidad en conjunto ahorre... y sobre si la presente organización del mercado de inversiones distribuye los ahorros a través de los canales más racionalmente productivos. No pienso que estas cuestiones deberán dejarse enteramente al azar del juicio privado y de los intereses privados, como lo son actualmente".

Aquí la palabra clave me parece "azar". En realidad no hay nada aleatorio en el comportamiento del mercado de capital. La gente no adopta sus decisiones sobre ahorro e inversión haciendo rodar un par de dados. Lo que caracteriza al mercado es la espontaneidad, el hecho de que las decisiones colectivas no sean más que la sumatoria de incontables decisiones individuales determina que su conjunto no sea inteligible como una decisión personal y libre de la comunidad. Por tanto promovamos una decisión coordinada, inteligente, sobre esas cuestiones. ¿Cuál es el sujeto de ese decidir deliberado y central? Pues qué duda cabe, el gobierno. Cuando hayamos fortalecido lo suficiente al gobierno seremos auténticamente libres, proponía Keynes. Que es como decir: cuando dejemos al gato custodiar al canario desde dentro mismo de su jaula, la pobre avecilla estará al fin realmente segura.

Otro día me ocuparé, en la medida de mis fuerzas, de inquirir sobre las raíces intelectuales de la actitud de Keynes en estas cuestiones. Hoy debo volver al patrón oro.

En 1923 Inglaterra llevaba adelante un plan para regresar al patrón oro, que culminaría dos años más tarde. Para regresar, además, a la paridad prebélica, a la misma que había regresado en 1819, a la misma que habían confirmado Guillermo y María a fines del siglo XVIII, la misma que había confirmado Isabel a mediados del siglo XVI. Keynes protestó enfáticamente en el "Tract" (más tarde, cuando en 1925 la vuelta a la convertibilidad se concretó, protestaría con más vehemencia aún, en "Las consecuencias económicas del Sr. Churchill") y sostuvo que las amarras que ligaban la moneda británica al oro debían cortarse de una vez por todas. Muchos de sus amigos se alarmaron: ¿no sobrevendría una gran inflación? Keynes descartaba esa posibilidad. Como cuenta Harrod, creía que las autoridades británicas eran esencialmente confiables, que por el hecho de que se removiese el freno metálico que había restringido al Banco de Inglaterra, no hacía prever que éste se entregara a una orgía de emisionismo.

En esto Keynes se equivocó. El nivel de precios de los productos básicos en libras (índice que uso porque de él dispongo de una serie lo suficientemente larga) crecieron 1.200 % desde la aparición del "Tract" hace 60 años; en los 60 años previos (una gran guerra interpuesta en ambos casos) habían crecido 25 %.

Gran Bretaña abandonó el patrón oro en 1931, para no retornar ya nunca más. Aunque la Gran Depresión asestó el último golpe, la desafección de la gente por el sistema monetario que había servido al reino por cuatro siglos era total. Las amarras se cortaron entre vítores. Se suponía que un nuevo capítulo en la historia de la humanidad estaba abriéndose.

Vista previa del documento