Perspectivas de las exportaciones

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La semana pasada destacábamos la imperatividad de una estrategia exportadora para superar la recesión. Hoy queremos inquirir cuáles son las posibilidades del país en ese terreno, y qué medidas son aconsejables con aquel fin.

Como muestra la gráfica, el crecimiento del volumen de las exportaciones fue vigoroso en el decenio 1973-82, con una tasa tendencial de 9,5% al año, mientras que los precios subieron a un 5,5% anual. La tendencia de crecimiento del flujo de exportaciones alcanzó, pues, al 15,5% al año, más del triple que la tasa de 5% mostrada por la variable en la década previa, descomponible en 1,8% en materia de cantidades físicas y 3,2% en materia de precios.

La última década se caracterizó por un crecimiento muy lento de las economías desarrolladas, y por lo tanto de su demanda por importaciones. Como compensación, contuvo lapsos favorables para exportar a nuestros vecinos limítrofes. En conjunto, sin embargo, las oportunidades debieron ser bastante más favorables en el decenio previo que en el cerrado en 1982, y nos parece difícil poder atribuir la fuerte expansión exportadora a otro factor que no sea la política de apertura inaugurada por el Ing. Végh Villegas en 1974.

¿Cómo se nos muestra el entorno mundial en la actualidad en lo que concierne a nuestras posibilidades exportadoras?

El panorama que ofrecen a este respecto los países limítrofes no es alentador, particularmente el de Brasil, cuya aguda crisis de pagos le ha llevado a contingentar sus importaciones de manera asfixiante. A la larga los mercados brasileño y argentino están llamados a desempeñar un gran papel en nuestro desarrollo económico, pero en el mediano plazo es posible que la participación de estos países en las exportaciones uruguayas descienda más aún de lo que ha venido haciéndolo (ver recuadro).

En cambio los EE.UU., que han tenido dos años de recesión en los últimos tres (enero a julio de 1980, julio del '81 a diciembre del '82) están embarcados en una potente recuperación, que está surtiendo el efecto esperado sobre sus importaciones. Como muestra el recuadro, EE.UU. no se halla entre nuestros clientes más importantes, pero puede aumentar su participación, y sobre todo su vigoroso crecimiento (el PBN aumentó 9% en el 2º trimestre, el producto del sector manufacturero un asombroso 20,4, ambas tasas anuales) puede servir de locomotora para los vagones de la CEE —ellos sí compradores importantes— cuyo avance es por el momento bastante pausado. El horizonte luciría, pues, bastante promisorio, a no ser porque en los EE.UU. la altura inusitada de las tasas de interés (el costo de los Fondos a largo plazo es del 11,5% en términos reales para empresas de primera línea) máxime en el comienzo de una recuperación, cuando normalmente son muy bajas, no le deja al observador aventar el temor de que la recuperación actual sea de brevedad semejante a la anterior (enero a julio del '80).

El entorno mundial nos ofrece, pues, un panorama mixto: no tan sonrosado como para permitirnos una sensación de tranquilidad, no tan oscuro como para sumirnos en el desaliento. Básicamente es razonable esperar que las posibilidades continuarán existiendo como para permitir una fuerte expansión exportadora en los dos cruciales años 1983 y 84, a fin de permitirnos trepar de las profundidades depresivas en que caímos el año pasado, y reinstalarnos sobre una senda de crecimiento del orden de 4%, como la que veníamos siguiendo.

Si esto es lo que nos muestra el entorno, ¿qué podemos agregar sobre la política que nos permitiría aprovechar óptimamente sus oportunidades?

Ante todo digamos dos palabras sobre lo que no es un rasgo esencial de una política exportadora. No es un rasgo esencial que el gobierno se preocupe de "abrir nuevos mercados" bajo acuerdos bilaterales. Estos ejercicios pueden ser útiles en circunstancias muy especiales, y rara vez resultan perjudiciales o demasiado costosos, pero conllevan el peligro de convencer a las autoridades de que con ellos están haciendo cosas importantes para ayudar a las exportaciones, lo que no es de ninguna manera el caso. Una aplicación elemental del principio de división del trabajo consiste en dejar que el sector privado se ocupe de conseguir mercados, en lo que tiene ventaja comparativa, y el sector público se especialice en mantener el equilibrio macroeconómico —cosas tales como una tasa real de interés razonable, un tipo real de cambio adecuado, y un marco institucional previsible— aspectos en los cuales el gobierno, pueda o no decirse que tiene ventaja comparativa, es el único que puede actuar.

En segundo lugar, debemos apuntar, hoy muy brevemente, hacia dos órdenes de problemas que amenazan entorpecer las exportaciones en el futuro próximo.

En el momento actual puede suponerse que un tipo real de cambio muy favorable a las actividades exportadoras está auspiciando su satisfactoria evolución. Pero ese tipo real de cambio no se halla hoy en un nivel de equilibrio. Si la economía uruguaya da signos de recuperación, comenzará a descender gradualmente. En equilibrio, el tipo real de cambio, en las condiciones institucionales actuales, no puede ser favorable a un crecimiento económico "hacia afuera". La comprensión de ese hecho, más o menos precisa, fue la que inspiró la institución de los reintegros hace unos veinte años. Hoy la estructura económica es sustancialmente igual que hace dos décadas en materia de protección arancelaria (si bien la eliminación de las cuotas de importación han mejorado algo las cosas). Un país que tiene elevados aranceles está llamado a ser una economía cerrada, inevitablemente a menos que compense el efecto del arancel con subsidios a la exportación. Los viejos "reintegros" estaban lejos de representar la solución ideal, pero eran una solución. Ahora no tenemos ninguna, y deberemos arbitrar una antes de que la protección negativa que hoy pesa sobre las exportaciones ahogue su desarrollo.

La segunda cuestión concierne las tasas reales de interés. Con capacidad ociosa abundante ellas representan un problema serio sólo para el financiamiento del capital de trabajo, pero cuando aquélla empiece a reducirse, y aparezcan los cuellos de botella que demanden inversión en equipos, si se mantienen a una altura como la actual, ellas se convertirán en una carga insoportable, enervante de toda futura expansión.

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