Hace meses, tal vez años, que la gestión del Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras para que se reconozca su condición universitaria, y se defina su estatuto de tal, está empantanada en la ciénaga burocrática.
Cada vez que los periodistas interrogan a la Ministra de Educación y Cultura acerca del progreso de aquel trámite, ésta responde, con la infinita serenidad que la distingue, que el asunto sigue a estudio de los servicios técnicos de su Secretaría.
Por su parte, los dirigentes de la entidad peticionante, con infinita paciencia, aprovechan las oportunidades que se les plantean para formular declaraciones públicas, a fin de reiterar la firmeza de sus propósitos de establecer la primera universidad privada del país, y de renovar sus exhortaciones a las autoridades, en cuanto a que se dignen pronunciarse algún día sobre su solicitud.
La serenidad y la calma son en sí mismas virtudes excelsas, pero pueden hallarse mal aplicadas. Nosotros no creemos que la actitud del gobierno, al depositar una losa burocrática sobre la petición perfectamente lícita, sólidamente fundada en la Constitución de la República, deba ser enfrentada con imperturbable ecuanimidad. Alguien debería perder un poco la compostura, y proclamar con la voz suficientemente en alto, que la demora padecida por esta cuestión es intolerable, que no existe al respecto ningún objeto válido de estudio capaz de justificarla, y que todos los hombres y mujeres libres del país, que nunca renunciarán a serlo, que estiman la dignidad que el serlo les confiere entre sus bienes más preciados, y que están dispuestos a jugarse por seguir siéndolo, formulan su más enérgica protesta contra un estado de cosas que ataca la libertad en una de sus manifestaciones esenciales.
Nosotros querríamos ser los portadores de esa protesta, si nos sintiéramos dignos de tan encumbrada tarea, si creyéramos que nuestra voz posee el volumen apropiado y, sobre todo, si pensáramos que es realmente cierto que no es sólo el conjunto de los amigos de la iniciativa del Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras los que protestan, sino que son todos los que sienten la causa de la libertad los que lo hacen.
Confesamos que esta triple condición nos ofrece dudas y, con dolor, que no es la tercera de sus fases la que menos incertidumbre nos suscita. Días atrás oímos en un programa radial al Profesor Juan José de Arteaga, Secretario del Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras, sostener que la libertad es indivisible, y que la gestión de aquél no debería contar sólo con el apoyo de quienes viesen con simpatía un proyecto de universidad católica en nuestro medio, sino con el de todos los que estimasen el valor de la libertad en su debido rango. Nosotros no podríamos estar más de acuerdo.
La libertad es indivisible. Si no lo comprendemos, no aprenderemos nunca a cultivarla y preservarla. Como enseñó Acton, es el fruto maduro de una civilización madura, no un bien que descienda gratuitamente de lo alto. Tampoco es el derecho a lo que yo quiero, y a oponerme a lo que quiere legítimamente mi vecino, por razones de mera expeditividad o conveniencia, ni a sentirme indiferente si a él se le frustra en el área válida de su autonomía. Podría afirmarse, parafraseando a John Donne, que la libertad es como un continente, no un archipiélago, y que, cuando las campanas tañen por la libertad ajena perdida, está realmente anunciando nuestra propia servidumbre.
Pero eso no argumentamos hoy sobre las ventajas que percibimos en el pluralismo universitario, desde el punto de vista de la riqueza cultural del país y de la calidad de su enseñanza superior. Mezclar los argumentos implicaría, de nuestra parte, una ceguera frente a la jerarquía de los valores. Por eso nos limitaremos a proclamar que nuestra libertad está en juego.