El rumbo perdido

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Buenos Aires. La televisión muestra una secuencia publicitaria del MID. La cámara enfoca alternativamente a la masa de manifestantes y al candidato del partido, Sr. Rogelio Frigerio. Mientras el Sr. Frigerio habla, sus seguidores saltan incansablemente y hacen sonar bombos, y entonan estribillos. Nadie presta atención. Es un mensaje extraño para un film publicitario, pero su contenido no deja lugar a dudas: lo que dicen los candidatos no importa. Importa mucho más cuántos son los partidarios en cada concentración, qué ingenio demuestran sus estribillos, qué tal funcionan sus secciones de percusión, cuán alta es la temperatura emocional que logran generar. Para el ciudadano que debe elegir, esos son los aspectos en que las distintas propuestas muestran diferencias apreciables.

A los candidatos importa poco escucharles, ya que todos dicen poco más o menos lo mismo. Las visiones del país que todos dejan traslucir son iguales. Básicamente las mismas visiones del pasado, sus explicaciones del cruel fracaso económico sufrido por la Argentina en el último medio siglo, todas derivan de una idéntica teoría demonológica de la historia, que pone la carga de culpa sobre los hombros del mismo conjunto de diablos —el imperialismo, la oligarquía agroexportadora, los políticos corruptos (conservadores, representantes de las multinacionales) y los militares, dispuestos a apoyar a todos los anteriores.

Básicamente las mismas imágenes del futuro, donde el candidato triunfante exorciza los demonios y permite así al Estado dispensar a diestra y siniestra toda suerte de bienes y bendiciones.

Habla el Sr. Frigerio: Hace cincuenta años la Argentina era la sexta potencia económica del mundo. Hoy está en el lugar cuarenta y cinco, por culpa de los gobiernos que no supieron hacerla trascender la etapa agroexportadora. Pero, uno objeta desde este lado de la pantalla, ¿y la industrialización hacia adentro, la sustitución de importaciones a escala colosal, que llevó a cabo Perón en su primera etapa? El Candidato nos responde: la industrialización no fue lo suficientemente lejos, dejó de lado las industrias de base, en las que incumbe al Estado un papel fundamental. ¡Alto ahí! pretende interponer uno, ¿nos dice usted, por ejemplo, que si la siderurgia argentina fuera mayor, y más estatizada, se transformaría del pasivo descalabrante que es hoy, en un activo redituable? ¿Y cómo concluye usted, a partir del éxito de la especialización argentina según su ventaja comparativa, para conducir al país a uno de los máximos niveles mundiales de prosperidad, que la desespecialización originada en el proteccionismo y el estatismo peronistas y posperonistas, sólo pecó por insuficiente, y no fue en sí misma la causa de la penosa regresión? Pero el Candidato ya no nos oye: los bombos hacen, en efecto, un ruido infernal, y la multitud salta ensordecedoramente sus estribillos.

La revista "Somos" entrevista al Sr. Carlos Ruckauf, primer candidato del peronismo a Senador por la Capital Federal:

"¿Notó que muchos creen que hoy entre el radicalismo y peronismo no hay ninguna diferencia?".

Sr. Ruckauf: "Eso lo dicen los que tienen una visión economicista de la vida".

Esa gente simplota que insiste en sumar el costo de las promesas, y en preguntar cómo se van a financiar las cuentas. La diferencia, sostiene el entrevistado, es patente para los menos estúpidos, capaces de captar la diferencia entre un mero partido político y un movimiento revolucionario.

Prosigue la entrevista:

"Somos": "¿Cuál es su primer objetivo?".

Ruckauf: "Terminar con la mortalidad infantil".

"Somos": "Ese es el juramento de Alfonsín".

Ruckauf: "Sí, con la diferencia de que mientras para ellos no es más que una expresión de deseo para nosotros es un objetivo y tenemos los medios de hacerlo."

"Somos": ¿Cómo?

Ruckauf: "... Si se antepone la deuda externa a la deuda interna, seguramente no se lo podrá hacer".

La diferencia es, pues, clara: El Sr. Ruckauf quiere combatir la mortalidad infantil con el dinero de los acreedores y el Dr. Alfonsín quiere hacerlo con buenas intenciones.

Al rato de llegar a Buenos Aires uno cae en la cuenta de que la deuda externa se ha transmutado, por obra y gracia de la campaña electoral, de un pasivo en una fuente de fondos. El razonamiento viene a ser así: hay quienes quieren pagar la deuda externa. La deuda externa anda cerca de los 40 mil millones de dólares, e implica intereses anuales del orden de 4 mil millones. Si no la pagamos, nos sobra la guita del mundo. El Candidato del Movimiento al Socialismo (MAS), Dr. Salazar, no quiere ser menos en cuanto a tener su propio proyecto para "gastar la deuda externa". Desde las pantallas de televisión anuncia a las trabajadoras madres que su grupo político presentará una iniciativa en el Congreso para pagarles medio sueldo mensual, sin límite de tiempo, con los dólares de los bancos internacionales, a fin de que puedan atender a las necesidades de sus hijos mientras trabajan, o decidan quedarse en sus hogares para cuidarles ellas mismas. Usted tal vez haya pensado que la deuda externa como fuente de fondos se agotaría eventualmente, pero se equivoca. Basta con no pagarla nunca, ni servir nunca sus intereses. Con éstos se podría pagar "ad infinitum" más de mil dólares al año a cada obrera madre. La financiación que propone el MAS es coherente, eso no puede negarse.

Voy al cine a ver "La República Perdida". Es un film hecho por gente del radicalismo, pero que se cuida de atacar nunca al peronismo. El único villano peronista es López Rega, y sólo por reflejo de López Rega, Isabel. Uno de los "buenos" más destacados, el Dr. Balbín, es mostrado reiteradamente como amigo de Perón. El tratamiento de Evita es positivamente una contribución a su hagiografía. Casi todos los aspectos sombríos de los dos primeros períodos presidenciales de Perón —la represión violenta de opositores, la violación en gran escala de la libertad de prensa, la enorme corrupción— son soslayados todo lo posible, y sólo la quema de locales partidarios opositores, y más tarde de templos católicos, son exhibidos con un mínimo de énfasis.

Las carteleras clasifican al film como documental, pero éste es lo más alejado que quepa imaginar de un documento de la historia argentina que se inicia con el golpe militar de 1930. Ningún western de matinée puede hacer una separación entre "buenos" y "malos" más tajante que el que por dos horas y media traza esta secuencia de imágenes retrospectivas (muchas en sí mismas fascinantes). Los métodos de los realizadores no pueden ser más crudos; cada presidente que se sitúa del lado de los demonios es presentado visitando la exposición ganadera de Palermo —símbolo del esquema económico agroexportador— o el hipódromo del mismo barrio símbolo de la oligarquía, o ambos. Los políticos que se muestran del lado de los ángeles aparecen rodeados de multitudes fervorosas. Cuando cae Perón en 1955, se enfoca una villa miseria, y varios rostros, profundamente entristecidos, de sus pobladores. El libretista nos informa que están angustiados por su futuro, ahora que Perón ha sido depuesto.

Aunque la película no es más que un panfleto, sí constituye un documento sobre el nivel a que ha caído el debate político allende el Plata. Es un documento también sobre el consenso Peronista—Desarrollista (si bien Frondizi es uno de los "malos", casi de los "peores", de este moderno auto de fe) ese consenso que presumiblemente va a suministrar la base teórica del próximo gobierno argentino.

"La República Pedida" es casi más notable por sus omisiones que por su enfoque maniqueo. Ni una palabra, ni una imagen, sobre las empresas estatales argentinas, a no ser una mención favorable a la fundación de YPF por Irigoyen, nada sobre la burocracia, ni el gasto público, ni el déficit, ni la inflación.

Al acomodador le di de propina dos millones de pesos moneda nacional, de aquellos de los que, illo tempore, bastaban diez para que ninguna verdad se resistiera, según Discépolo enseñó. Con tantos pesos como hay ahora, vea, ¿qué más se podría esperar?

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