El caballo de Troya

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La literatura profética ha aportado dos versiones distintas sobre la caída del capitalismo. La más famosa, sin lugar a dudas, es la de Karl Marx. El capitalismo, según ella, será derribado por una revolución proletaria. Los protagonistas de esta histórica peripecia serían los obreros industriales, una clase social emergente de las formas capitalistas de producir. Es una teoría endógena, en el cual el capitalismo genera él mismo las fuerzas que lo harán sucumbir; pero al mismo tiempo estas fuerzas llegan a situarse frente a frente respecto del capitalismo, a oponerse a él dialécticamente, y por lo tanto le son externas.

Hoy sabemos que la profecía marxista sobre el fin del capitalismo es falsa, y que sólo los países de la periferia precapitalista son propensos a las revoluciones socialistas. Pero ello no vuelve inexpugnable al capitalismo, que debe enfrentar de todos modos la clase de amenaza en que se basó el otro profeta de su destrucción, Joseph Schumpeter.

A diferencia de Marx, Schumpeter no tenía una posición adversa al capitalismo. Lo había observado con comprensión, siendo como era, un distinguido economista teórico, y su doctrina acerca del desarrollo económico y del papel central que en él desempeña el empresario, permanece una de las grandes contribuciones al estudio del sistema capitalista. La teoría sobre el ocaso de éste no estaba, pues, como la marxista motivada por la animosidad de su autor, ni la encendía el entusiasmo por el sueño del millennium posrrevolucionario. Es una visión fría, teñida de melancolía. No es extraño, por ende, que haya calado mucho más hondo que Marx en la verdadera problemática del sistema.

Las fuerzas destructoras que detecta Schumpeter son estrictamente internas al capitalismo. No son el resultado de su fracaso —de sus contradicciones internas— sino de su propio éxito. No se asocian a las masas obreras excluidas de los beneficios de la propiedad. Tienen su asiento en las clases medias, entre los burócratas y los intelectuales, ávidos no de propiedad sino de poder. El itinerario del proceso no conduce hacia un enfrentamiento espectacular, más o menos cruento. Se desplaza a través de la reiterada y progresiva negación de los principios del sistema, que de tal manera va viendo cómo se opacan sus virtudes. Con la decadencia, la fuerza crítica de los agentes deletéreos se refuerza. Sus propuestas de cambio —de cambio siempre y cada vez más negador de los principios fundamentales— adquieren cada vez más influencia. En definitiva, el capitalismo no sufre un colapso estruendoso: degenera y se convierte en socialismo poco a poco, a través de innumerables actos de reforma parcial.

El enfoque schumpeteriano desarrollado en Capitalismo, socialismo y democracia tiene mucho en común con el grito de alarma de Friedrich Hayek en Camino de servidumbre. También, aunque con menos transparencia, con la antiutopía orwelliana, "1984". La posibilidad de que la profecía de Schumpeter pueda frustrarse depende de que muchos perciban y comprendan las amenazas que yacen en el seno de la sociedad occidental y se yergan para enfrentarlas.

Hoy en día en los EE.UU. la erosión de los principios capitalistas que anunció Schumpeter toma la forma de una nueva propuesta de política económica, un compendio de ingredientes dirigidos hacia el proteccionismo y la planificación que se agrupan bajo el paraguas conceptual de "nueva política industrial".

Los mentores de la corriente son figuras académicas de segundo o tercer orden. El economista Lester Thurow, de MIT, y el profesor de ciencias gerenciales Robert B. Reich, de Harvard, son tal vez los más destacados, pero una variedad de asesores de políticos y sindicatos se cuentan entre ellos, y han comenzado a producir una copiosa literatura. "La Nueva Frontera Americana", de Reich, se cuenta entre los libros más influyentes. Un empresario, Félix Rohatyn, de la gran casa financiera Lazard Frères, ferviente admirador del estilo de planificación "a la Jean Monnet", se cuenta asimismo entre los gestores de la nueva idea.

Si estos nombres no dicen bastante sobre la enjundia del movimiento, los de los políticos que prohíjan la doctrina deben asegurar que no la tratemos con desdén. Edward Kennedy se siente llamado a desempeñar en su promoción un papel conspicuo. En un artículo publicado en la Revista del New York Times el pasado mes de agosto, bajo el título "Redacción de un plan industrial demócrata", Sidney Blumenthal escribe:

"Liberado de las restricciones de una campaña presidencial, Kennedy se ha ido ubicando en la posición que le permita convertirse en el tribuno de su partido sobre esta cuestión".

El Senador Walter Mondale, candidato a la "nominación" del Partido Demócrata, considerado con mejores posibilidades, luego de algunas hesitaciones iniciales, se ha resuelto por hacer de la nueva política industrial uno de los temas centrales de su campaña. Otros presidenciables demócratas —Gary Hart, Alan Cranston, Ernest Hollings y Reuben Askew— también se han declarado a favor. Única excepción importante: el Senador John Glenn ha rehusado a comprometerse.

Como decíamos, la nueva política industrial es un rótulo que cubre una variedad de iniciativas. Tal vez éstas resulten representativamente ilustradas, sin embargo, por el proyecto del Representante Stanley Lundine, Presidente del Comité sobre bancos de su Cámara, que propone crear dos organismos: un Consejo de Cooperación Económica, con representación del sector empresarial, de los sindicatos, del gobierno y de los consumidores, encargado de seleccionar las industrias prioritarias, y un Banco Nacional de Desarrollo Industrial, que canalizaría préstamos blandos hacia las industrias promocionadas.

No pretendamos que estas propuestas sorprendan a un público latinoamericano, pero es el carácter decididamente familiar para nuestros oídos que indudablemente debería sorprendernos. Una de las iniciativas, vinculada con la industria automotriz, exigiría que las unidades importadas tuvieran imperativamente un componente mínimo nacional (made in Detroit). Diríase que han usado el Registro de Leyes del Uruguay entre sus fuentes de inspiración.

La desafección respecto de los principios de la economía de mercado que traduce la nueva corriente es total. A veces sus voceros comienzan protestando su adhesión al sistema de libre empresa, y luego introducen principios enteramente incompatibles a título de atenuación de aquélla. "Yo creo en el mercado libre", afirma Lee Iacocca, Presidente de Chrysler, "pero veo lo que me están haciendo los japoneses". "Yo creo en la competencia internacional", asegura el Senador Mondale, "pero no soy un estúpido".

La base intelectual de la doctrina es que el mercado no funciona. "Este maldito sistema del mercado libre ya no funciona" exclamó recientemente Douglas Fraser, Presidente del sindicato de obreros del automóvil. "El mercado", arguyó hace poco el Profesor Thurow, "efectúa las transiciones de una manera penosa, torpe y lenta". De ahí que se necesite la acción clarividente, diestra y ágil del gobierno. "Hay que contrarrestar 'Japan Inc' con 'USA Inc'", sostuvo asimismo el autor del "The Zero Sum Society". Pero ¿qué puede significar USA Inc? Algo semejante a URSS Inc, ¿o qué?

¿Cuál será la reacción del electorado norteamericano? Si los políticos saben de algo, saben de cuáles son las mercancías que cuentan con un mercado electoral, pero todos están de acuerdo en que la firmeza o transitoriedad de la presente recuperación económica es muy importante para la suerte de la nueva doctrina.

Los especialistas en opinión pública han asesorado a los partidarios sobre la forma en que la "nueva política industrial" debe presentarse al electorado. Patrick Caddell, que organizaba las encuestas de opinión para el Presidente Carter, ha dicho: "Si se la presenta como un cambio fundamental en el sistema de libre empresa el público no va a aceptarla. Yo no hablaría de planificación. Diría que necesitamos un consenso nacional".

Sin duda los EE.UU. se están pareciendo cada día más a nosotros los latinoamericanos. Es cosa de seguir la prensa con cuidado a ver cuándo se unen al grupo de los 77. Entonces, cuando la semejanza sea total, ya no tendremos más por qué preocuparnos.

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