Ahora lo sabemos: el Peronismo no estaba a la altura del hecho de la misma tenaz sustancia que el PRI mexicano. La pérdida del líder epónimo y carismático debilitó rápidamente su estructura, y ahora sólo cabe esperar que el cisma plural complete la ruina de la imponente torre que por cuatro décadas le hizo sombra a toda la ciudad política argentina.
Todo indica que el estigma moral le resultó fatal al gran derrotado del domingo. No fue suficiente la irreprochable figura de Italo Luder para ocultar a los ojos del electorado las de Herminio Iglesias, Lorenzo Miguel y demás símbolos vivientes de patoterismo político. El mito de una gran masa popular indiferente a la corrupción rampante de sus dirigentes, en virtud de no ser ella, sino alguna ubérrima oligarquía, la víctima del despojo, también cayó en estas elecciones. Los argentinos probaron que aspiran a una dirigencia política honesta con la que el hombre común pueda identificarse. Esto representa una enorme conquista, algo así como un prerrequisito para la recuperación de la República Argentina en todos los órdenes en que el mundo le vio atónito perder posiciones en los últimos cincuenta años.
De los comicios surgen triunfadores un partido de honda raigambre popular e impecables credenciales democráticas y un candidato presidencial electo que parece encarnar fielmente las cualidades de su colectividad política. Partido y candidato llegan al poder con un dato inequívocamente mayoritario, y que, en cuanto les encarece recimentar las instituciones del gobierno civil para que duren indefinidamente, posee carácter nacional.
Todo ello es motivo legítimo de regocijo, y no sólo allende el Uruguay y el Plata. El fenómeno peronista siempre permaneció esencialmente ajeno a nuestro país, más allá de las fluctuaciones de distanciamiento y amistad entre los respectivos medios oficiales que el andar del tiempo fue deparando, y con la UCR en el gobierno volveremos a sentir la fraternidad rioplatense de una manera mucho más viva y auténtica de la que el peronismo podría jamás haber inspirado.
Nos sentimos, pues, partícipes de la celebración que lleva días haciendo vibrar a la República hermana. Sentimos que los bombos resuenan también por nosotros.
Dicho lo cual, no podemos silenciar nuestra inquietud por lo que debe venir. El gobierno del Dr. Alfonsín asumirá antes de que pasen dos meses, y la cuestión económica reclamará su atención con un apremio que sería imposible exagerar. Frente a ese asedio inminente, la carga de promesas electorales que abruman las mochilas de los nuevos gobernantes no podrá menos que entorpecer su capacidad de maniobra.
El populismo ha perdido a sus principales cultores, pero sigue vivo y vigoroso entre quienes fueron sus promotores originales en la Argentina. Algunas de sus características han sido notablemente realzadas en la campaña radical. Por ejemplo:
- Las tasas de interés deben ser bajas para permitir la reactivación económica.
- Los salarios deben ser altos para promover la justicia social.
- La inflación es un fenómeno generado por la lucha de los sectores sociales por mejorar o conservar sus participaciones en el producto nacional. Para superarla basta con que el gobierno arbitre entre esos intereses divergentes y los haga converger en la dirección del interés nacional.
- El dinero no tiene nada que ver con la inflación. Hay que usar el redescuento como forma de recomponer el capital de trabajo de las empresas (o sea, la doctrina de las "letras reales", el Ave Fénix de la economía).
- El déficit fiscal... ¿alguien oyó hablar de él? Eso sí, que no vengan a querer limitarles el gasto público y la expansión crediticia cuando se necesita reactivar la economía.
- El FMI y los bancos acreedores tienen que aceptar que la política monetaria y fiscal no puede ser más que expansiva en la actual coyuntura argentina. Si lo aceptan, y moderan sus pretensiones sobre intereses, la Argentina renegociará la deuda. De lo contrario...
En todo ello sobra mucho por los cuatro costados para asegurar el tránsito de la economía transplatina a la hiperinflación y al caos económico. La cuestión es, ¿sabrá detenerse el Dr. Alfonsín antes del punto de "no retorno"? Quienes saben de política más que nosotros nos aseguran que sí. Nosotros, que tenemos la convicción de que la Argentina ya está sobre el umbral de la zona de donde no se vuelve, insistimos en que es imperativo que el gobierno parta en la dirección justa, que la oportunidad de rectificar rumbos no le será dada.
En su primera presidencia el Gral. Perón arruinó a la Argentina, pero hizo triunfar al populismo. El secreto de ese éxito parcial, como desde ciertos puntos de vista ello debe haber parecido, estaba asentado sobre dos bases indispensables: una moneda estable, junto con las expectativas correlativamente estables que aquella asegura, y un portentoso caudal de reservas acumulado durante la segunda guerra mundial. Sería imposible encontrar un contraste más marcado respecto de aquella situación que el cuadro dentro del cual nuestros vecinos preparan la asunción de su nuevo Presidente. Por supuesto la Argentina no ha dejado de tener el futuro económico realmente notable que sus recursos estructurales, humanos y materiales, le aseguran en el largo plazo. Pero el camino de ese futuro tendrá que mostrarlo un conductor que le hable de austeridad al pueblo. Para Alfonsín, la última oportunidad que le será dada a fin de usar esa palabra, en un contexto de sobrio realismo, bien puede ser la de su discurso inaugural.