El regreso de Végh Villegas

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Alejandro Végh Villegas llegó la primera vez al Ministerio de Economía bajo el impulso del primer shock petrolero. Su nave enfila ahora hacia el mismo puerto movida por vientos que conocen su origen en el segundo shock petrolero.

En ambos casos, una brecha cronológica apreciable entre la crisis y la decisión del régimen de poner en el puente de mando un navegante con la experiencia y la estatura condignas a la dificultad, apunta hacia un hecho fundamental: el régimen llama a Végh Villegas sólo a regañadientes.

Hay una historia fascinante en torno a las relaciones de esta destacada personalidad con un régimen que recela de la excelencia, que ve a su esporádico Ministro y renuente consejero de Estado y diplomático con una actitud que tiene sin duda bastante de suspicacia, y mucho más aún de incomprensión, una historia que algún día planteará a los observadores el desafío de un tratamiento en profundidad. Hoy, a punto de iniciarse su segundo acto, sobre el que sin duda caerá el telón final, debemos contentarnos con el planteamiento de dos preguntas impostergables: ¿Qué tiene Végh para ofrecer a la castigada coyuntura uruguaya? Y ésta, a su vez, ¿qué es lo que le pide a él con mayor apremio?

La historia del primer pasaje de Végh por la Secretaría de Colonia y Paraguay es un antecedente insoslayable para enfrentar la primera pregunta. Cuando promediaba el año 1974 y el régimen cumplía su primer año en el poder, la situación económica uruguaya parecía no tener solución. Más concretamente, lo que en ella parecía absolutamente insoluble era su desequilibrio externo. La balanza de pagos era reducible prácticamente a la cuenta corriente. En los últimos veinte años el ingreso de capital extranjero no llegaba a promediar 20 millones de dólares de 1975, y en 1972 y '73 no había llegado a promediar 12 de la misma unidad. Las importaciones habían estado rigurosamente contingentadas durante 18 de los veinte años previos, y así y todo la pérdida de reservas había sobrepasado los 30 millones de dólares anuales. Cuando los términos del intercambio experimentaron una caída sin precedentes (bajaron un 60 % en 1974-75) la coyuntura tomó una coloración desesperante: las importaciones ya no podían comprimirse más, y reservas para enfrentar una contingencia adversa que podía durar, como de hecho duró, años, sencillamente no había.

El régimen que el eufemismo oficial dio en llamar cívico-militar no había dado muestras de disconformidad con la política económica tradicionalmente dirigista que tenía en práctica el gobierno del Presidente Bordaberry cuando se produjo la disolución del parlamento. Tal vez se pensó que una intensificación de control de cambios podría reportar la solución; pero no resultó así: hiciésense como se hiciesen los cálculos, las cuentas no cerraban.

Végh Villegas estaba viviendo en Buenos Aires, y sus dos pasajes por cargos públicos, interrumpidos por sendas perturbaciones políticas, habían sido demasiado breves para definir una imagen. No se sabe quién sugirió su nombre, pero probablemente el hecho de que su experiencia incluía un período de asesor del gobierno brasileño (en materia de política energética) mientras se gestaba el milagro económico norteño desempeñó un papel decisivo en su nombramiento.

Végh avanzó hacia la política que iba a desarrollar con una seguridad y una claridad de pensamiento totalmente desusada en nuestro medio gubernamental. Él sabía perfectamente lo que la enorme mayoría del país, tanto dentro del gobierno como fuera, ignoraba: que el control de cambios estaba limitando por partida doble las posibilidades de ajustar el desequilibrio externo. En el corto plazo porque estaba frenando la entrada de capital esencial a fin de que el ajuste no fuera demasiado penoso; en el plazo mediano, y más allá, porque limitar las importaciones es la forma más segura de poner coto a las exportaciones.

Así le vimos, pues, desatar el nudo gordiano con expeditividad y confianza que hacen honor a su nombre de pila. De un plumazo derogó un control de cambios que, con breves interludios llevaba 40 años en vigor. Mientras el tipo de cambio subía, al parecer incontrolablemente, el Ministro partió en gira por los centros financieros mundiales. Poco después el tipo de cambio dejó de subir, su movimiento cambió de signo, las manos burocráticas dejaron de restregarse ante la inminencia del colapso de la nueva política. "Veni, vidi, vici": Alejandro bien pudo repetir la frase de César.

Esa fue su hora más admirable. Después vendría aún la reforma tributaria, pero, en general, Végh no fue, en su primer ministerio, realizador de muchas cosas. La reforma arancelaria quedó para más tarde. La seguridad social, el sector de empresas estatales, la pesada regulación de sectores de actividad privada —banca, agropecuaria, industria frigorífica, industria automotriz— permanecieron prácticamente intocados durante su gestión. En qué medida se debió a que la influencia en las esferas castrenses se le fue desgastando según las crisis se superaban y en qué medida fue su propia dinámica interna la que generó la deceleración, el primer período no nos suministra, por sí mismo, información bastante para decidirlo.

Pocos actos, de importancia decisiva enderezados al corazón mismo de los problemas: he ahí, en lo que a la sustancia de su política concierne, el perfil que destacaron sus virtudes. Pero el estilo no fue menos importante: la sobriedad, la serenidad contagiosa, que asume un aire de verdadera nonchalance ante la crisis, la capacidad para acreditar una competencia profesional incuestionable. El hecho es que la economía uruguaya reaccionó notablemente en su presencia ante el tablero de comandos. Fue un despertar maravilloso, luego de una hibernación de dos décadas, en medio de las peores condiciones externas.

Ciertamente, la mayor parte de los frutos se recogieron después de su alejamiento, que sobrevino muy pronto, en medio del éxito, insólita e inexplicablemente. Nunca se conoció una versión inteligible del episodio. Sin lugar a dudas, la decisión le perteneció al Ministro; no menos ciertamente, el régimen la propició de una manera u otra.

El régimen debió creer que quien secundaba al Ministro podía reemplazarlo sin detrimento, después de casi dos años de aprendizaje, y que no le era preciso a ellos después de todo, guardar en su recinto a un hombre que crecía día a día en prestigio y a veces hacía demostraciones irritantes de su superioridad intelectual. La historia de ese error fue la débacle de 1981-82.

Todavía persistió esa misma resistencia del régimen cuando en noviembre pasado ocurrió lo inevitable. Casi un año les tomó admitir que también era inevitable llamar a Végh para encargarle componer el atroz desaguisado perpetrado con la economía uruguaya. Esa inevitabilidad provenía de las cualidades de aquél, tanto de sustancia como de estilo; provenía de la imagen aún nítida que de todo ello guarda sin duda aún la población del Uruguay; y, todavía, provenía del flagrante desaprovechamiento de sus virtudes, implícito en su permanencia en Washington, así casi tan grave como el que significó mantenerle por años en el Consejo de Estado.

Cuando abandonamos el tema de lo que Végh Villegas puede aportar, porque ya lo mostró y acreditó a la tarea ministerial, para enfrentar la segunda pregunta, acerca de cuáles son los desafíos principales que esa tarea va ahora a plantearle, sentimos que la línea de nuestro pensamiento titubea. No porque dejemos de ver claro qué es lo que la economía del país necesita, que sí lo discernimos con total diafanidad. Pero porque no se nos alcanza ya con la misma claridad cuál es el nuevo nudo gordiano a desatar según el viejo estilo. Después de todo, la estructura de la política económica se parece hoy en alto grado a la que Végh dejó tras de sí hace algo más de siete años. Lo que haría falta sería retroceder el tiempo a 1980 o tal vez a 1979, y rectificar rumbos desde entonces. Evitar que el régimen terminara demostrando que su irresponsabilidad fiscal excedía de toda la conocida entre los gobiernos civiles. Impedir que la gente fuese víctima de un colosal engaño, y jurase en su fuero íntimo no volver a creer. Pero eso es más lo que el más taumaturgo de los ministros podría cumplir.

Se trata, en síntesis, de que Végh torne creíble, no a su propia política, sino a un régimen desacreditado. Y eso no será fácil. Aguardamos con ansia por ver hacia qué nudo avanzará esta vez, espada en mano, con su conocida solvencia y su habitual serenidad. Y lamentamos de veras que esta cuestión vital para el país deba quedar relegada un mes entero, sin explicación válida a la vista.

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