En una de sus últimas ediciones el Economist de Londres publica una reseña con las tasas de crecimiento de ocho países del "tercer mundo" que percibe como rezagados atendiendo a su desarrollo desde la década de los años '60. La nómina abarca seis países africanos: Congo, Rwanda, Sudán, República Central Africana, Ghana y Senegal; y dos países latinoamericanos, Haití y Uruguay.
No es la primera vez que nos encontramos en compañía un tanto embarazosa en comparaciones similares. El Banco mundial compiló años atrás un Atlas económico que contenía datos sobre la tasa de crecimiento "per capita" de todos los países en la década de los '60. Último en la lista figuraba la República Democrática del Yemen con -4,6 % al año. Seguían Cuba, con -3,2 %, Chad con -1,3, Haití con -1 y Niger con -0,9. Uruguay empataba con Rwanda el séptimo puesto, desde abajo, con una marca de -0,8%.
Y hay otros ejemplos similares, que sería largo y ocioso enumerar. Todos hieren en lo vivo nuestro orgullo nacional. Todos inducen en nosotros un sentimiento de vergüenza, porque no se percibe cómo hemos podido aparearnos a economías que soportan el lastre derivado de culturas tradicionales difícilmente integrables con la occidental o han caído bajo el yugo comunista, destructor inevitable de eficiencias e incentivos, o sufren a la vez ambos factores retardarios. Y sentimos —de ahí el sonrojo— que la parte que nos ha tocado en la herencia de Occidente, transmitida por nuestros mayores, la hemos desaprovechado de mala manera.
Pero, aparte de lacerarnos el orgullo, estos estudios comparativos cumplen una función inapreciable desde varios aspectos. El primero al que hoy nos atendremos, consiste en recordarnos un hecho que en la actual coyuntura política arriesgamos sobremanera olvidar: la economía uruguaya padece una doble enfermedad; sufre sí una dolencia aguda de inusitada intensidad —la mayor depresión desde la del 29 al 33— pero ella se superpone a un mal crónico — un estancamiento como ha habido muy pocos y, entre los países de raíz cultural occidental, según creemos ninguno, cuyos síntomas se hicieron patentes a mediados de la década de los años '50, y sus raíces etiológicas se hunden sin duda considerablemente más en nuestro pasado.
La enfermedad aguda conoce en parte causas externas, como lo revela el hecho de que su iniciación haya sido cercanamente sincrónica con la recesión norteamericana que terminó a fines del año pasado y con la crisis que hicieron casi simultáneamente economías tan diversas respecto de la nuestra en cuanto a la orientación de sus gobiernos como la mexicana, la costarricense, la venezolana y la brasileña.
También admite nuestra actual enfermedad aguda causas internas, de dos índoles diferentes. La primera consiste en que el sistema cambiario adoptado indujo a una sobrevaloración de la moneda nacional, y la coyuntura internacional sumó a esa sobrevaloración la del dólar norteamericano; y la misma opción económico-cambiaria uruguaya había terminado por generar tasas reales de interés muy elevadas que debían conducir a la superación de la sobrevaluación monetaria a las que la coyuntura internacional sumó también las tasas reales de interés mayores que recuerda la historia del mercado mundial de capital. La segunda causa interna consistió en la falta de coherencia en la política mediante la cual las autoridades trataron de combatir la recesión, que consistió en una reflación violenta —enorme déficit fiscal financiado con dinero nuevo y con deuda externa y enorme expansión del crédito del Banco Central para otros fines aún— totalmente incompatible con el sistema de tipo de cambio tabular.
En una palabra y según nuestro punto de vista: la adopción del sistema tabular en octubre de 1978 de hecho resultó inoportuna, en función de acontecimientos supervinientes que incidieron en su dinámica con desafortunada y desastrosa coincidencia, sea o no que su implantación fuera también errónea independientemente del marco internacional en que le tocara desenvolverse. Pero el manejo de ese sistema por las autoridades durante la fase recesiva fue sencillamente indefendible. Las causas internas de la contracción han sido sin duda significativas para determinar su intensidad, y es meramente procedente que constituyan uno de los temas del gran debate nacional que, según todos creemos, va a abrirse en breve en preparación de las elecciones del año que viene. Pero sería altamente impropio que olvidáramos, merced a que todos nos dejáramos absorber por el tema de la responsabilidad del gobierno actual, la cuestión decisiva que atañe el mal crónico que también padecemos.
Pensamos que no sería injusto decir que, mientras la depresión que sufrimos conoce en parte una etiología doméstica, la dolencia crónica es en su integridad el fruto de nuestros propios errores de política económica. Y ello porque las décadas de los años '50 y '60 contienen el período de mayor crecimiento real en la historia de las economías occidentales, en el que hubiéramos participado sin la menor duda si no hubiésemos hecho todo lo necesario para aislarnos.
No sólo sería impropio que nos concentráramos en un debate sobre la política reciente, cuando nuestros problemas se extienden claramente a la política tradicional. Sería también sobremanera impráctico, porque aún la más frágil memoria colectiva debe ponernos razonablemente a salvo de repetir los errores recientes, pero ninguna salvaguardia semejante existe en absoluto respecto de los errores que nos sumieron en un cruel y doloroso estancamiento un cuarto de siglo atrás. Mal podría, en efecto, servirnos en tal sentido la memoria, aunque ésta fuera mejor de lo que las memorias de los países suelen ser, cuando nunca hemos arribado a formar colectivamente conciencia de lo que nos aconteció, y apenas si hemos comenzado a debatirlo. Está bien golpear cacerolas cuando no le dejan a uno hablar, pero —dadas las condiciones— tenemos que esforzarnos para escalar hasta posiciones dialécticas más elevadas. Centrar el debate en la coyuntura, y en la protesta contra sus causas endógenas, cerrando los ojos a la vital perspectiva de largo plazo, equivaldría a quedarse en el nivel percusionista.