La libertad es otra cosa

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Luego de mantener una entrevista con el Presidente de la República, la Ministra de Educación y Cultura dijo a la prensa, una semana atrás, que el gobierno se apresta a autorizar la creación de una Universidad Católica. Tal autorización deberá ser precedida, declaró la Secretaria de Estado, por la definición de salvaguardias contra la eventualidad de que la institución a crearse incurra en agresión contra sus propios principios.

En una palabra, las autoridades se manifiestan dispuestas a sustituir el actual monopolio estatal de la enseñanza superior por un duopolio, en que el Estado e Iglesia disfrutarán de privilegios paralelos.

Semejante solución tiene poco o nada que ver con la libertad de enseñanza, que es el supremo principio en juego en este campo, el que el actual monopolio vulnera flagrantemente, y que el duopolio anunciado vulneraría análogamente.

El Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras, la institución católica cuya gestión ha suscitado —al cabo de un año de estudios, o cavilaciones, oficiales— la decisión recientemente anunciada, no peticionó la clase de privilegio que ahora se contempla acordarle. Como su Vicerrector, R. P. Don Gregorio Rivero Iturralde, lo manifestó en un programa radial casi en seguida de difundido el anuncio ministerial, lo que pidió el Instituto fue que se especificara el estatuto bajo el cual una entidad privada pueda ejercitar en el nivel superior la libertad de enseñanza que la Constitución reconoce a los habitantes de la República en todos sus niveles.

Nuestra objeción no se dirige en medida alguna contra la presunta adjudicataria de la segunda licencia universitaria que se proyecta conferir. Nosotros nos felicitamos de que en breve una nueva institución pueda desenvolver sin trabas institucionales toda su contribución potencial a la cultura del país; su contribución, más específicamente, a la formación de profesionales, de ciudadanos, de hombres y mujeres. Y le auguramos algo que encontramos plausible imaginar: que esa contribución englobe la formación de futuras generaciones de uruguayos que se hallen exentas de ese miedo a la espontaneidad social, de esa desconfianza al libre accionar de los individuos, sin la tutoría del Estado, con que la educación oficial ha impregnado sin duda las almas de tantos compatriotas.

El gran enemigo en este terreno es, sin lugar a dudas, el paternalismo. Como ya señalamos, la Ministra de Betolaza se refirió a la necesidad de estructurarse garantías contra el riesgo de que la nueva universidad se desvíe de sus propios principios. Esa pretensión implica obviamente tratar como menores o incapaces a las autoridades de la entidad privada y a sus estudiantes. Implica atribuir al Estado una capacidad para discernir valores e ideas cualitativamente diferentes de las que exhiben los individuos que ocupan sus puestos de mando, y —ni que hablar— de las que pueden caracterizar a los hombres y mujeres que se mueven en la órbita privada.

Esa idolatría del estado es el paternalismo. Kant lo describió como el despotismo de la peor calaña. Kant, es cierto, no conoció los totalitarismos de nuestro siglo, ni pudo imaginar la crueldad incalificable que se practicaría en sus campos de exterminio, ni la que por millones siguen padeciendo los súbditos de las tiranías marxistas en círculos y campos de trabajo. Pero en cierto sentido la sentencia Kantiana conserva vigencia. El paternalismo es la más insidiosa de las amenazas a la libertad, porque la ataca en sus bases intelectuales, destruye la comprensión de su esencia, que conlleva la asunción de riesgos y responsabilidades por los individuos y los cuerpos intermedios, y pretende delegarlas todas a ese dechado de sabiduría y hombría de bien que postula instalado en el sitial del poder.

Lo que la libertad exige sin lugar a dudas en el ámbito de la enseñanza superior es que se dicte una ley determinando los requisitos que deben cumplir las instituciones que aspiren a fundar universidades y expedir consiguientemente títulos o grados. Una ley general, que otorgue la mayor seguridad posible de que las habilitaciones se concederán o negarán en función de la aptitud académica de cada entidad solicitante, con independencia de su orientación filosófica o religiosa.

El gobierno, que no puede dejar de ver que ése es el camino recto, debe temer que por él pudiera llegarse al control de la enseñanza superior por el marxismo; y debe imaginar que mientras tenga en sus manos las llaves del cerrojo el peligro podrá aventarse. Los hechos contrarían ese punto de vista. Ellos muestran, por de pronto, que los grupos de izquierda, sin tener nunca el gobierno, sin ser más que una pequeña minoría parlamentaria, y sin llegar jamás al 20% del electorado, dominaron la Universidad estatal. Y sus fuerzas ya se aprestan a un nuevo asalto.

Pues bien, nada facilitó tanto el dominio marxista de la Universidad como la falta de opción de los estudiantes. En el nivel secundario, la infiltración izquierdista de la enseñanza oficial determinó la autodefensa del cuerpo social, a través de la expansión de las instituciones privadas, que se mostraron más capaces de resistir el embate. En el nivel superior, donde no había opciones, tampoco pudo haber autodefensa.

Si nuestros jóvenes quieren tener una educación superior marxista, si se sienten atraídos por los contracursos y toda la suerte de sucedáneos del rigor y la honestidad intelectuales que suministró la Universidad uruguaya bajo la dirección marxista, no habrá ninguna solución para evitar a la larga que la tengan. La solución basada en la represión es a plazo fijo, y nadie puede dudar que ese plazo está próximo a vencerse.

Si, en cambio, como creemos, nuestros jóvenes en su inmensa mayoría rechazan una educación para la esclavitud, hay que dejarles las armas para que se defiendan. Y entre éstas ninguna hay tan decisiva como la libertad. Es posible que en la Universidad oficial los jóvenes que rechazan el marxismo no puedan ganar la votación en ninguna asamblea, pero no se hallarán inermes si pueden votar con los pies.

Y si, por fortuna, la misma amenaza puede ser neutralizada por otros medios, de todos modos, ¿qué mejor lección, para los jóvenes que se acercan a la etapa universitaria, que la necesidad de iniciarla con una opción de gran trascendencia? ¿Qué mejor manera, dicho de otro modo, de inculcarles que la vida que tienen por delante se asemeja a un grande y azaroso viaje transatlántico, al decir de George Santayana, y no al paseo por una calle ciudadana, con semáforos en todas las esquinas?

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