La democracia en la Argentina

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La inauguración de Raúl Alfonsín posee características inusitadas entre los actos políticos de su género. En la propia percepción del Presidente argentino, el sábado pasado la historia trazó "una línea divisoria que separa una etapa de decadencia y disgregación de un porvenir de progreso y bienestar en el marco de la democracia".

Ese sentido de que la nación argentina estaba viviendo un momento axial, el alumbramiento de un tiempo distinto, no sólo en términos de grado o matiz, sino en una dimensión cualitativa, signó profundamente la ceremonia en general, a través del marco que le confirió la multitud vibrante, y la alocución presidencial en particular.

Nos ha venido a la memoria la idea que se apoderó de Alexis de Tocqueville a poco de llegar a suelo americano: "Una gran revolución democrática se está llevando a cabo en nuestro medio: todos la ven...".

Naturalmente, no todo en el discurso de Alfonsín transcurrió en el plano de intenso dramatismo a que aludíamos. En su universal comprensividad, impuesta por las circunstancias, habría sido inútil tratar de sortear por completo lo trivial. Pero mucho de lo que no fue dramático sí fue importante, y mucho de lo que dijo, y también de lo que ostensiblemente calló, estuvo lejos de ser consabido.

Hoy, en un primer contacto con el pensamiento del Presidente Alfonsín, que hemos de ir frecuentando a medida que los enunciados abstractos de su alocución se encarnen en el quehacer gubernamental, y así revelen su faz operativa, queremos mencionar algunos conceptos sobre el Estado y las empresas públicas que atrajeron nuestra atención.

Alfonsín prometió una reorganización y un redimensionamiento del Estado argentino, al que en la actualidad ve "pesado, adiposo, retardatario, (consumidor) de excesivos recursos en actividades de escasa o ninguna productividad... atrofiado en partes muy importantes de su estructura... (y dedicado) a actividades impropias y que, con la organización actual, son mucho más rentables realizadas por el sector privado". Concordantemente, prometió que se definiría nuevamente "la función del Estado como empresario", y que habremos de verle "desprendiéndose rápidamente de las funciones innecesarias".

Otros aspectos de interés análogo conciernen el tema de la inflación. Alfonsín fue preciso en consignar que "la emisión monetaria... es causa principal de la inflación", y en conectar la emisión con el nivel del déficit, que se comprometió a reducir, principalmente, contra lo que esperábamos, a través de la reducción del gasto.

Entre lo que temíamos que dijera se hallaba la idea que le habíamos oído manejar entre sus colaboradores, en el sentido de que se usaría la emisión para ayudar a las empresas a recomponer sus capitales de giro. Alfonsín se refirió a la necesidad de revertir la pérdida del capital de trabajo de las empresas industriales, pero se abstuvo de comprometer el crédito del BCA con ese fin. Análogamente, la propuesta que se había formulado desde círculos allegados al Presidente, en el sentido de que se procuraría compensar la suba de costos que emane de la elevación salarial a decretarse, mediante la reducción de las tasas de interés —mezcla explosiva si las hay— estuvo conspicuamente ausente del discurso.

No queremos transmitir de ningún modo a nuestros lectores la impresión de que no encontramos en el mensaje del Dr. Alfonsín puntos que suscitaron nuestra discrepancia. Estos, sin embargo, en su mayoría los descontábamos. Nos ha parecido más digno de destaque en esta ocasión que encontramos en la exposición presidencial mucho que aprobar, y no poco que contribuyó a tranquilizarnos a propósito del peligro de hiperinflación incontrolable que se cierne sobre la economía argentina.

Ahora sí queremos referirnos a lo que encontramos de singular en el acto de la inauguración presidencial del 10 de diciembre.

Ante todo, lo que confirió un carácter inconfundible al acto fue la fe arrolladora que el Primer Mandatario logró transmitir en cuanto a que en aquellos instantes se estaba cimentando la democracia en la Argentina de una manera totalmente distinta de la usada una vez tras otra en las innúmeras tentativas de retorno al régimen de jure en los últimos cincuenta años, y que el ciclo político de elecciones-gobierno civil-golpe-gobierno militar-elecciones se ha roto de una vez por todas.

¿En qué se basa semejante confianza? Sobre un plano superficial podría pretenderse que ella puede reposar sobre tres pilares: la profundidad desusada de la crisis; el descrédito de los militares, después del descalabro económico y la fallida aventura bélica; y la certeza del nuevo Presidente en cuanto a que el enorme capital de apoyo popular que ha podido reunir no puede dejar de darle jugosos dividendos en términos de posibilidades de revertir espectacularmente la coyuntura.

Pero nosotros nos inclinamos a pensar que hay una respuesta más sustanciosa a buscar en un plano más profundo, y ella tiene que ver con la intensa preocupación por elevar el tono moral de su gobierno, que hizo eclosión ya en las primeras palabras de la alocución.

Luego de comenzar pasando revista a las distintas áreas que glosaría en su exposición, el Dr. Alfonsín no perdió tiempo en afirmar:

"Pero queremos decir, también, que entre todas las áreas habrá un enlace profundo y fundamental; que una savia común alimentará la vida de cada uno de los actos del gobierno democrático que hoy se inicia: la rectitud de los procedimientos".

"Hay muchos problemas que no podrán solucionarse de inmediato, pero hoy ha terminado la inmoralidad pública. Vamos a hacer un gobierno decente. Ayer pudo existir un país desesperanzado, lúgubre y descreído: hoy convocamos a los argentinos, no solamente en nombre de la legitimidad de origen del gobierno democrático, sino también del sentimiento ético que sostiene a esa legitimidad".

¿No hay en estas palabras implícita una teoría del ciclo elección-golpe? ¿No nos está diciendo Alfonsín que la legitimidad que emana de la Constitución y las leyes puede ceder ante los sables, pero la que viene de la autoridad moral de un gobierno democrático y honesto, en cambio, es inexpugnable?

De ser así, la interrogante se desplaza: ¿cómo hará Alfonsín para cambiar la textura ética del Estado argentino? ¿Cómo podrá hacer para llegar a los vericuetos que se ocultan bajo los pliegues de la adiposidad burocrática? Las preguntas son de impresionante dificultad. Pero el nuevo Presidente parece dispuesto a jugar la carta de su capacidad de dirigente carismático para intentar en la Argentina una revolución social sin precedentes, en la que él mismo cree a pie juntillas.

En esa tentativa heroica, tal vez quijotesca, cuenta con toda nuestra simpatía.

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