La fiel Penélope entretenía a sus pretendientes, mientras aguardaba el retorno de Ulises, tejiendo diariamente un manto, cuya conclusión debería fijar la fecha de la elección de su futuro esposo, y destejiéndolo después todas las noches.
El gobierno uruguayo ha traído al Ing. Alejandro Végh Villegas desde Washington y le ha encomendado que refuerce la maltrecha credibilidad de su política económica.
El Ministro de Economía sin duda va a esforzarse cotidianamente por cumplir esa misión. Tiene para ello la enorme ayuda de su descollante competencia profesional. Es imposible oír hablar al Ing. Végh sobre un tema cualquiera de su especialidad, sin recibir una impresión honda y duradera sobre la vastedad de su información, la sutileza de su capacidad analítica, y la riqueza de su experiencia en los menesteres a que ahora vuelve a estar dedicado.
Poco a poco, según hay, pues, buenas razones para suponer, su imagen pública va a ir tomando la forma de un navegante que, con total solvencia empuña el timón de la nave que sus tripulantes juzgaban antes a la deriva. Así podríamos decir si se nos permite saltar a otra metáfora, que el Ministro Végh iría tejiendo el manto de unas expectativas ciertas sobre el futuro de la economía uruguaya, bajo cuyo amparo los agentes estuviesen dispuestos a comprometer sus recursos en nuevas empresas, y la revitalización de las antiguas, de modo de reconducir a aquélla sobre la perdida senda del crecimiento.
Esto —como debe ser, pues la ciudadela de la confianza no se toma por asalto— día tras día. Pero después del día llega la noche. Y con la noche, llegan los noticiarios de T.V. Y con éstos, a su vez, llegan las declaraciones del Ministro de Trabajo y Seguridad Social, Dr. Néstor Bolentini.
No cabe duda que la designación del Dr. Bolentini ha traído un elemento de solaz y variedad a las horas vespertinas de los uruguayos, totalmente ausente con anterioridad. El Ministro de Trabajo posee un robusto sentido del humor, y un ingenio de sabor fuertemente popular, que sin duda es disfrutado a lo largo y a lo ancho de nuestro territorio. Lamentablemente desde otro punto de vista, la palabra suya de cada día implica destejer la trama que el Ministro de Economía ha ido componiendo trabajosamente durante la jornada.
El Ministro Végh usa en su tarea, como todos los economistas dignos de ese nombre, modelos de la economía que poseen dos características: en primer término, la interconexión de todos los fenómenos de significación en el terreno respectivo; en segundo término, el reconocimiento, como aproximación esencialmente correcta, de que los agentes procuran maximizar variables objetivos estrechamente asociadas a sus intereses personales o de grupo.
Lo último que se le ocurriría a alguien que orientase su análisis a través de tales instrumentos, sería que los trabajadores deberían resolver la incógnita del salario nominal, los pasivos la incógnita de las pasividades, y así sucesivamente. Lo penúltimo que se le ocurriría sería preguntarse sobre si las empresas han pagado el "mayor salario" que, en algún sentido, "estaban en condiciones de pagar".
Por su parte el Ministro de Trabajo y Seguridad Social parece manejarse con esquemas a los cuales los trabajadores son expertos en cuanto debería pagárseles, y los jubilados y pensionistas las fuentes a consultar acerca de las pasividades nominales a establecerse. La diferencia entre tasas nominales y reales de remuneración no parece integrar el acervo intelectual de tales modelos, que por compensación se hallan equipados con criterios éticos para evaluar la elaboración de las planillas de jornales por los empleadores.
No nos interesa discutir en esta ocasión la pertinencia de las concepciones que usa en su labor el Dr. Bolentini, sino sólo destacar que ellas se hallan en oposición diametral a las que inspiran al Ing. Végh. Cuando hablamos de las expectativas de los agentes privados nos referimos de manera importante a sus previsiones del comportamiento de las autoridades. Estas previsiones a su vez se elaboran a través de la aprehensión de los modelos que emplea el gobierno, y su confrontación con los hechos que la experiencia va revelando. Cuando los modelos son, no sólo dispares, sino estrictamente contradictorios, las expectativas no pueden menos que revestir la idea de que la previsión es imposible, es decir, que la nave de la República realmente sigue después de todo a la deriva: el piloto podrá ser experto, pero alguien se ha encargado de desconectar la rueda que empuña con el timón del barco.
No sabemos a quién puede habérsele ocurrido organizar este mecanismo penelopiano en el gobierno, pero uno diría que ya le iba lo bastante mal como para ahora ensayar encima un plan tan absurdo. La idea tal vez sea tener al Ing. Végh para que influya sobre las expectativas de los empresarios, y al Dr. Bolentini para levantarle el ánimo a trabajadores y pasivos. La combinación es tan flagrantemente imposible. Sin embargo, el error tan pueril, que uno no puede menos que permanecer atónito mientras contempla con consternación, cómo la única puerta que el gobierno había atinado entreabrir hacia la recuperación económica en más de dos años amenaza con volver a cerrarse.
¿Hasta cuándo durará esta odisea?