En esta misma página sostuvimos hace una semana que los recursos humanos representan el factor crucial para determinar la ventaja comparativa de un país. Hoy queremos expandir la exposición de ese concepto y sus implicaciones.
Los modelos económicos neoclásicos de comercio exterior, debidos originalmente a los suecos Ely Heckscher y Bertil Ohlin, trabajan con dos factores de la producción, el capital y el trabajo, y concluyen que las dotaciones relativas de uno y otro determinan la ventaja comparativa de cada país. Sin embargo, el capital es hoy día notablemente móvil. El hecho de que los EEUU se hayan convertido recientemente en un receptor neto de inversión extranjera —siendo su economía la más densamente capitalizada— lo demuestra concluyentemente. Por tanto, si el capital acude allí donde se perciben las oportunidades, su disponibilidad inicial no puede representar un criterio decisivo para predecir hacia donde se desarrollará la industria de un país.
También el factor humano posee apreciable movilidad. No debería ser necesario argumentarlo in extenso al país de inmigrantes que fue otrora el Uruguay, ni al país de emigrantes en que paradojalmente se transformó.
¿Poseen menor movilidad los recursos naturales? En cierto sentido, sin lugar a dudas. Pero los materiales que se cosechan o extraen en la producción primaria, intensiva en recursos naturales, son por contraste, en líneas generales, fácilmente transportables, y pueden ser subsiguientemente elaborados en cualquier lugar del mundo.
Diríase que el concepto de ventaja comparativa se nos ha ido a la deriva, y que no nos queda ningún ancla en que fijarlo. Pero razonemos así: un país, ¿qué otra cosa es que un conjunto de gente viviendo en un cierto territorio? En un momento dado, la población sí es un dato. La cuestión es: ¿qué es más importante para predecir la dirección del desarrollo industrial: qué bienes primarios pueden producirse con los recursos naturales que ofrece el territorio, o qué es lo que la gente va a saber hacer mejor? Para nosotros, sin duda, lo segundo.
¿Por qué Suiza es un país industrialmente ocupado? Suiza posee dos materias primas, sílice y agua. Posee, entre otras, a notable nivel una industria mecánica de precisión y una industria química, todas volcadas fundamentalmente hacia la exportación, en base como todas sus industrias, a materias primas importadas en más de un 99%.
¿Qué recursos posee Suiza para tener en esas actividades ventaja comparativa? Suizos, naturalmente, no hay otra explicación.
¿Qué recursos posee Silicon Valley en California para haber atraído hacia sí el complejo industrial más imponente y más dinámico de su país y del mundo? Posee su vecindad con el complejo universitario también más colosal de aquel país y del mundo: UCLA, Berkeley, Stanford, etc. Las empresas se establecen en Silicon Valley porque allí es donde les es más fácil captar el recurso crucial: los graduados universitarios más promisorios.
Esta es la lección que de una forma u otra el mundo nos repite por todas partes. Nosotros tenemos un gran futuro industrial en el Uruguay, si desarrollamos los recursos humanos consistentes con ese destino; y si no, no. Es tan sencillo como esto.
Los recursos humanos se desarrollan mediante la educación, por supuesto. En el sentido de la educación formal a través de las escuelas e institutos docentes de distintos niveles y distintas orientaciones, y en el sentido más amplio en que Pericles dijo que Atenas era la educadora de sus ciudadanos. Un inmenso campo de acción se extiende a nuestros pies. Si avanzamos por él con decisión y lucidez podemos transformar nuestro futuro.
Lo primero, sin embargo, es tomar conciencia de nuestras carencias actuales. La idea que estamos desarrollando en este artículo es la de que podemos y debemos desarrollar hombres y mujeres capaces de pensar con originalidad, imaginativamente, creativamente, en el campo de la producción como en los demás de la vida. Gente que pueda imprimirle a nuestro crecimiento industrial direcciones inesperadas. Un desarrollo económico que nos lleve de sorpresa en sorpresa. Lo opuesto a un desarrollo planificado, que puede definirse como aquel en que nada acontece en la realidad si no ha pasado antes por la mente gris de un burócrata.
Si esta idea es correcta, tomemos conciencia de que estamos haciendo todo lo contrario de lo que debiéramos. En el terreno de la educación formal, y en el de la educación informal. Desde los ciclos educativos de alcance general, primarios y secundarios, estamos promoviendo la uniformidad, allí donde la diversidad debería ser nuestro objetivo; hacemos de la información enciclopédica nuestro norte, allí donde sólo la formación debería interesarnos; concebimos como paradigma de estudiante a un joven capaz de repetir todo lo que ha leído en los libros, cuando nuestro ideal debería ser un educando capaz de pensar por sí mismo; alentamos la sumisión intelectual del estudiante, frente al docente, frente a la palabra impresa, cuando el desarrollo de su sentido crítico debería ser nuestra preocupación fundamental.
Dicho brevemente, no formamos individuos. Introducimos a los niños en una fábrica de hombres-mesa, de la que sólo emergen como producto final algunas individualidades por la imperfección del sistema, y la fuerza con que influye, en ciertos casos excepcionales, la única institución educativa que está fuera del sistema: los hogares.
Formamos ciudadanos para el pensamiento convencional, para el control estatal, para el conformismo, ávidos de uniformidad, de regimentación. No por otra razón es tal la facilidad de las agremiaciones estudiantiles de izquierda para copar el sector. Hay quienes creen que los jóvenes militantes de izquierda son rebeldes. Son todo lo contrario. Son aspirantes a entrar en el rebaño. El caso de los egresados de la Escuela de Psicología del Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras, pronunciándose públicamente contra la libertad de enseñar y aprender psicología, ejemplifica el caso con dramática elocuencia.
Acabamos de abrir la universidad a todos los bachilleres eliminando el exámen de admisión. La calidad de la enseñanza —que nadie debería disentir que ya es insuficiente— sufrirá por la presión de los números de una manera obvia. Se satisfará una pasión igualitarista, que alienta, lo reconocemos, en el corazón de los uruguayos: todos los jóvenes que quieran, aunque no posean el nivel cultural mínimo requerido, podrán ir a la universidad. Pero entendámonos bien. Nos estamos moviendo en pos de la mediocridad. Estamos aceptando una universidad que forme profesionales para la burocracia de un país cerrado al mundo.
A la otra alternativa, de buscar la excelencia para avanzar por un mundo competitivo, le estamos dando un no rotundo.