No hay mal que dure cien años, dice el refrán, y nosotros esperamos que la Comunidad Económica Europea —la que conocemos, la de la política agrícola común, la que nos privó de mercados tradicionales y nos estropea constantemente los no tradicionales— dure mucho menos de un siglo.
Que la CEE es un "mal" para nosotros es algo que no debería dudarse. La política agrícola común vierte subsidios del orden de 15 mil millones de dólares anuales a la agricultura "comunitaria", y a la vez rodea sus mercados consumidores de barreras absolutamente impasables al comercio. Como es obvio, las barreras son selectivas: en todos los rubros de la agricultura tropical —café, cacao, copra, etc.— son insignificantes. En todo lo demás, que abarca casi todos nuestros rubros actuales y potenciales de producción —no afecta la lana, pero sí a todo el resto, y por supuesto, decisivamente a la ganadería de carne y de leche— la protección alcanza toda su magnitud, desmesurada, desquiciante.
He aquí un grupo de diez países democráticos, que se reúnen para promover el comercio entre sí, y de tal manera superar las disensiones seculares que los habían escindido, y habían gestado las guerras más cruentas de toda la historia. Es difícil pensar en una empresa capaz de despertar más simpatía desde un punto de vista occidental. Detrás de la atractiva fachada, sin embargo, el edificio oculta una realidad éticamente sombría. El principio de la libertad de comercio, de la especialización de los países según sus ventajas comparativas, está siendo sometido a múltiples ataques desde todos los ángulos; desde el de los países industrializados y desde los menos desarrollados; y entre los primeros, en líneas generales, por los EE.UU. y los demás de la categoría no comprendidos en la CEE tanto como por los diez que están en ésta; pero en el mundo, al mismo tiempo, no existe ninguna institución, ninguna entidad, nacional ni plurinacional, tan frontal y concentradamente opuesta al principio de la especialización internacional y el libre comercio como la CEE y su política agrícola común.
Conviene reparar que, entre el grupo de países que suelen llamarse "industrializados" los EE.UU., Canadá, Sud Africa, Australia y Nueva Zelandia, son naturalmente exportadores netos de productos agrícolas.
De modo tal que, fuera de las órbitas soviéticas y china (cuyo apartamiento de la libertad de comercio es de principio) Europa occidental y Japón encierran los mercados naturales para los países de vocación agrícola. Allí, en efecto, las dotaciones relativas de población, capital, y recursos naturales, son propicias a un patrón de especialización que dejase a la agricultura un papel ínfimo, y asignase a la importación la función de suministrar alimentos y materias primas de origen agrícola. Infortunadamente, ambas áreas han elegido cerrarse en buena medida al comercio de productos agrícolas, y buscar la autarquía en ese sector, a un altísimo costo, tanto para sus poblaciones como para las poblaciones de quienes tendrían que ser sus proveedores, con la diferencia de que las primeras son ricas, y asumen al menos en cierta medida, libremente el sacrificio, mientras que a las segundas, pobres, el sacrificio les es totalmente forzoso.
La CEE, por otra parte, peca más gravemente aún que Japón, contra el principio básico sobre el que está asentada la economía de la sociedad occidental de países, porque ha llevado el objetivo autárquico, no sólo hasta su plena consecución en numerosos productos, sino más allá, proyectando a la Comunidad como exportadora en rubros en que sus costos unitarios exceden notablemente de los precios internacionales con frecuencia en más del doble, de modo tal que las arcas de la comunidad no llegan a recuperar un tercio del costo con la exportación.
Por alguna razón, que debe tener que ver con la simpatía con que la CEE suele mirarse, la importancia de esta cuestión para los países menos desarrollados se percibe muy imperfectamente. En todos los foros relacionados con el desarrollo y la desigualdad económica en el plano internacional, y en toda la vasta literatura que se publica sobre esos temas, se le asigna siempre un papel muy secundario, muy inferior en jerarquía a la cuestión de la ayuda económica, y no digamos nada, últimamente, a la de la deuda externa latinoamericana.
Sin embargo, si la CEE adoptase una política agrícola de proteccionismo moderado, semejante —digamos— a la del Reino Unido antes de entrar a la Comunidad algo más de una década atrás, para el Río de la Plata al menos la deuda externa de sus dos países, hoy agobiante, angustiosa, se transformaría súbitamente en una cuestión trivial.
Por eso nosotros hemos visto con satisfacción el fracaso de la "cumbre comunitaria" de Bruselas, registrada días atrás, siguiendo al fracaso de la "cumbre" de Atenas de hace tres meses. Evidentemente hay algo que no camina en la Comunidad. Enhorabuena.
Las dificultades son de orden financiero, en dos planos diferentes. En primer lugar, en el plano de los contribuyentes de los diez países, que pagan transferencias fabulosas a sus sectores agrícolas, a través de impuestos explícitos e implícitos. En segundo lugar, en el plano internacional, que concierne la distribución del peso financiero entre los países miembros.
La dificultad en el primer plano no es excesivamente promisoria como factor potencial de resquebrajamiento de la CEE. Para ello median cuatro razones. La primera, la fuerza del argumento de la seguridad nacional, casi siempre falso como defensa del proteccionismo, pero al mismo tiempo inexpugnable para el grueso de la opinión pública. La segunda, el apego del contribuyente-ciudadano europeo común a su sector agrícola, por razones vinculadas a la estabilidad de las costumbres y a la preservación de las tradiciones. La tercera, el costo elevado de organizar el interés disperso de los consumidores frente al bajo costo de formar un lobby compacto en torno al interés concentrado de los agricultores. La cuarta, la falta de percepción generalizada de que los alimentos caros están detrás del problema del desempleo europeo, por primera vez superior al norteamericano. Si esta percepción se lograse, podría gestarse una rebelión de los electorados urbanos; pero las perspectivas no son, como decíamos, halagüeñas.
En cambio sí lo son en lo que concierne al segundo plano, porque allí juega el nacionalismo, con su vigor singular. Al ciudadano inglés, por ejemplo, parece no importarle demasiado que lo esquilmen los agricultores ingleses, pero no puede soportar que lo hagan los agricultores italianos, y no digamos nada de los franceses. El cuadro adjunto habla elocuentemente por sí mismo. Hay que tener presente que Alemania y el Reino Unido han recibido bonificaciones compensatorias desde 1980; pero éstas no son automáticas, y su mismo pago ha dado lugar a importantes fricciones.
La Sra. Thatcher ha dicho no en Bruselas a la continuación de este estado de cosas, y con ello ha puesto a la CEE en estado de abierto desfinanciamiento para el año fiscal en curso. La situación es grave. No decimos que el fin de la CEE esté próximo, pero sí creemos que el principio del fin ya empezó.