Cuando el Ministro del Interior llamó a los representantes de los medios la semana pasada a fin de transmitirles algunas advertencias, y entre las pocas objeciones específicas que formuló mencionó escritos que hacían la apología de personas tiempo atrás vinculadas a la subversión, el representante de Búsqueda pensó enseguida que había en las palabras del Gral. Rapela una alusión a nuestra serie de artículos sobre los uruguayos desaparecidos en la Argentina. En seguida se objetó a sí mismo, que no hay una palabra en esos artículos a la que quepa atribuir una intención apologética. Posteriormente, más que nada por exclusión, concluimos que la alusión del Secretario de Estado efectivamente englobaba nuestros artículos. Esto nos induce a formular algunas apreciaciones sobre ello. En igual sentido obran los comentarios de algunos lectores, entre ellos, que nos hicieron saber de su sorpresa, si no su desaprobación, por haberles dado cabida en nuestro semanario.
Los hechos son hechos. Su dignidad específica les viene de que lo son, pura y simplemente; como la dignidad propia del ser humano le viene sencillamente de serlo. La historia va alumbrando incesantemente hechos, y esa esencial hermandad les da derecho a todos a un trato esencialmente igualitario. Hay hechos para celebrar, y hechos para deplorar, pero no hay hechos para reprimir, no hay hechos para eliminar, no hay hechos para enviar a las cámaras de gas, ni a los campos de exterminio en regiones hiperbóreas. Todos tienen derecho a la vida, a esa vida particular de los hechos, una vez que la historia les ha dado en el espacio el ser fugaz que les caracteriza, que es supervivir en las conciencias, a través de la información.
He aquí algunos de los principios a los que juramos lealtad cuando Búsqueda decidió incluir en su quehacer el periodismo informativo, al adoptar su actual periodicidad hebdomadaria en 1981. Repetidamente hemos declarado que entonces celebramos con nuestros lectores un contrato, tácito pero ratificado en cada edición, el cual nos compromete a narrarles todo lo que sabemos, y presumimos pueda ser de su interés, con la mayor objetividad posible.
La mayor objetividad posible, es casi ocioso consignarlo, no es la objetividad perfecta. Es la objetividad que puede alcanzarse mientras se esfuerце uno cabalmente por asir dos virtudes: la honestidad y el profesionalismo.
Por este segundo término, a su vez, entendemos referirnos a la disciplina de los servidores de los hechos en el plano cotidiano, al oficio de periodistas, cuya belleza radica en que está todo hecho de sentido de servicio, de auto-exclusión, de anteposición de la obra al operario, de humildad. El orgullo del periodista, cuando informa hechos, está en permanecer oculto, anónimo; en que el diálogo de su subjetividad con los hechos nunca llegue a ser del todo audible a los demás.
Todos los hechos son nuestros hechos. He aquí el corolario obvio de nuestra sumisión a los principios de la verdad objetiva. No hay unos hechos para los de izquierda y otros para los de derecha, ni unos hechos para los blancos y otros para los colorados, ni unos hechos para que nosotros recojamos, y otros para que los silenciemos. Si se nos permite parafrasear a Terencio: somos periodistas, nada de lo humano nos es extraño.
Hay, sí, hechos cuya cobertura la prudencia nos ha llevado a posponer, dada la afligente situación institucional en que la república se encuentra. Pero estamos siempre alertas para decidir cuándo habrá llegado el momento de descongelar nuestro silencio.
Yendo a lo concreto: nuestra serie sobre los uruguayos desaparecidos en la Argentina ¿por qué la hemos publicado? Hay dos planos en que esta pregunta puede responderse. El primero, porque pensamos que institucionalmente, como lo señalaba un editorial de pocas semanas atrás —"A partir de la distensión"— hemos avanzado significativamente, y nuestra responsabilidad consiste en actuar en consecuencia. En segundo lugar, porque el interés del tema para nuestros lectores nos parece clarísimo, como ha sido confirmado por la enorme mayoría de los comentarios que ellos nos han hecho llegar: el interés que proviene del hondo contenido humano de casi todas las narraciones, del alto nivel trágico de algunas, y de la lección que se desprende del atroz espectáculo que ofrece la arbitrariedad desatada, cuando sus consecuencias pueden ser y son cruentas.
En nuestro ánimo —que, dicho sea de paso, nada nos lleva a reprimir en las páginas de opinión del semanario— no se halla ciertamente la ambición de ser jueces de personas. Querríamos que estas historias desoladoras pudieran servir para que todos aguzáramos nuestro intelecto para buscar respuesta a las preguntas que no deberían darnos tregua: ¿Cómo fue posible aquello? ¿Qué debemos hacer para que nunca se repita?
Las preguntas son arduas. Por cierto que la crónica de los uruguayos desaparecidos en la Argentina no es más que un fragmento de una historia mucho más dilatada, con raíces que se entrecruzan en todas direcciones y se hunden profundamente en el pasado nacional. Un fragmento cuyo sentido no podemos preguntárselo a él solo. Pero un fragmento cuya descripción, cuya pintura —que podríamos titular como Goya su serie de aguafuertes, "Los horrores de la guerra"— nos incumbe sin lugar a dudas.
Y, por lo tanto, no podemos arrepentirnos de haber encargado a uno de nuestros colaboradores la confección de estos relatos; ni podemos renegar de su estilo, cuya sobria objetividad nos complace; ni dolernos de no haberle encarecido que esparciese por su crónica abundantes aclaraciones, para que nadie llegara a pensar que las víctimas de una represión que nos llena de horror, por ser tales, han pasado a ser nuestros correligionarios, y hemos adoptado sus ideas y nos hemos afiliado a sus organizaciones, etc. Todo ello por razones transparentes o abundantemente explicadas en este artículo; y lo último, en particular, por fundamentos que atañen directamente a nuestro sentido de la dignidad. Por lo demás, si nuestra omisión por aclarar lo obvio ha confundido a alguien, es su responsabilidad, no la nuestra.