Reflexiones en la Semana Criolla

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El Occidente tiene la Pascua; el Uruguay posee la Semana de Turismo.

Creo que el nuestro sea un caso único, en varios sentidos. En primer término, en cuanto a haber infundido a las festividades extensión hebdomadaria. Aun dentro de nuestro reducto cristiano, donde se resiste aún la secularización total, ha cundido la expresión "Semana Santa", que no es en modo alguno de uso frecuente en otras partes. Por supuesto, no hay lugar de Occidente donde la locución "Semana Santa" deje de evocar nitidamente el drama que comienza con Jesús entrando triunfalmente en Jerusalén el Domingo de Ramos —símbolo de todos los triunfos temporales: breve, precario, y rodeado por la incomprensión— y a través del sacrificio y el amor culmina en su resurrección, es decir, la victoria última, inmarcesible.

No hay duda que desde una doble perspectiva —la temporal, que muestra una historia que empieza bien y termina mal, y de la fe, desde donde se discierne, tras la peripecia humana, una peripecia divina de signo contrario— la Semana posee indiscutible unidad. Pero no cabe duda, al mismo tiempo, de que los acontecimientos cruciales, los que van a suministrarle el pivote espiritual a nuestra civilización, comienzan cerca de Getsemaní al caer la tarde del Jueves. De ahí que el nombre de "Pascua", tan estrechamente asociado para los cristianos con la Pasión, Muerte y Resurrección del Redentor, y por tanto a los tres días que conmovieron al mundo, una vigencia tanto más potente que el sin duda algo desleído de "Semana Santa"; máxime para gentes todas, sin excepción, que no ven en los prolegómenos de la Pasión motivo bastante para detenerse antes del Jueves o Viernes sus actividades cotidianas.

Nuestro país tiene, pues, con su feriado semanal, una batería de números rojos en el calendario de marzo o abril de cada año que sirve más eficazmente para distinguirlo del resto del mundo que el sol de su bandera. El segundo aspecto en que el Uruguay se destaca en este terreno es el éxito que ha tenido el laico en laicizar una festividad religiosa. Supongo que cuando en el Uruguay se dio a la Navidad la designación oficial de "Día de las familias", la idea de que el nombrete pudiera prosperar debe haber suscitado fundado escepticismo. Y con razón, por supuesto, ya que el fracaso de la innovación resultó total. Pero pareja incredulidad debió atraer también la iniciativa, mucho más osada aún, de superponer a la Pascua de Resurrección una festividad aparente de todo sentido, encima adosándole el nombre más que cupiese imaginar. Y, sin embargo, en este otro caso el éxito de la iniciativa laicizadora ha sido pleno. ¿Por qué?

Nadie puede afirmarlo a ciencia cierta, pero yo pienso que hay que reparar en que el nuevo nombre traiga consigo, para incontables personas —tan incontables que engloban nada menos que a los funcionarios públicos en general— tres o cuatro días de asueto adicional, sin cargo (visible) para el empleado. Pienso que los uruguayos, no incomprensiblemente, se dejaron sobornar. Pero no sólo el caso de laicización total es único en el país, sino que en el mundo entero el caso no tiene parangón. Supongo que en Rusia habrán eliminado los feriados oficiales de Pascua, pero que yo sepa no han intentado siquiera reemplazarlos con la Semana de Lenin, ni la semana de la Balaika, ni nada por el estilo. En realidad los domingos —todos los domingos— siguen llamándose "Voskreseñye", es decir, Resurrección; y la Gran Pascua Rusa ciertamente no se ha extinguido. He aquí, pues, una ocasión para exportar tecnología a la URSS: "know-how" infalible en materia de laicización.

El laicizador que laicizó la Pascua buen laicizador fue, sin duda. ¿Recuerdan ustedes la Crucifixión de Matthias Grünewald? Debe ser sin duda la de mayor potencia dramática, donde el cuerpo del Crucificado aparece más transido de dolor, de cuantas se han pintado. Y el Cristo de Velázquez tal vez sea la más contenida en su sentir, la que nos marca la ejecución del Nazareno con un lenguaje más íntimo y sutil, al decir de Unamuno: "Con imperiosa sencillez / colgando / —la majestad de la obediencia / entera— / sin contorsiones y sin crispamiento."

He aquí dos maneras opuestas de ver y sentir el mismo episodio crucial. ¡Y cuántas otras, también geniales, ha habido! ¡Cómo se ha reflejado en una mirada de personalidades artísticas distintas el mismo acontecimiento, testimonio elocuente de una cultura vuelta hacia él de manera particular! Ecce homo, Mater Dolorosa, Descendimiento de la cruz, Pieta, todas variaciones, junto con infinitas otras, del mismo tema inagotable. Como las contrapartidas musicales de Bach, de Haendel, de Schütz.

En la cultura el drama del Gólgota trasciende el significado histórico singular de la Cruz, su repercusión artística, literaria, filosófica, he aquí un ámbito en que fieles y agnósticos pueden entrar en comunión. ¿Quiénes son los que tienen vedada la entrada a ese recinto? En el sentido helénico del término, los bárbaros; el bárbaros: extranjeros, no al propio Estado, sino a la propia cultura.

Pues entonces, ¿qué representa ese intento de poner un manto de olvido sobre la Pascua en nuestro país más que un intento de extranjeriarlo respecto de sus orígenes occidentales? Cierto que todavía podemos admirar el retablo de Isenheim y La Pasión según San Mateo, pero ¿no estamos proclamando que Matías pintó, y Johann Sebastian compuso, sobre una historia que, en tanto que seres humanos, como nación nos es esencialmente ajena?

Parece indudable que, al plantar una Semana de Turismo encima de la Pascua, cancelándola, borrándola, hicimos algo que nos empobrece de una manera atroz. Vale tanto como afirmar que un certamen de monta de baguales, y un evento ciclístico y los escopetazos dirigidos a la fauna autóctona, son más nuestros que Cristo clavado en la Cruz. Que somos un pueblo que ha optado por darle la espalda a lo sublime, y se ha marchado en pos de lo trivial.

Este artículo no intenta hacer una revisión del movimiento y las ideas anticlericales en el Uruguay, lo cual es otro tema. Trata solamente de mostrar uno de sus excesos más claros, y, sobre todo, más costosos.

Quiere, además, llamar la atención sobre otro aspecto de la misma cuestión. Querer erradicar la Pascua del Uruguay significa querer erradicar al Uruguay de su suelo tradicional. Implica creer que el país debe construirse de la nada, o a partir de una tabula rasa. Pertenece a la misma orientación que llevó a Francia bajo el jacobinismo a cambiar hasta el nombre de los meses del año. Obedece al mismo talante que inspira Rabaut de St. Etienne a sostener en la Asamblea Nacional en 1789, que, a fin de hacer feliz al pueblo, era preciso "cambiar sus ideas, cambiar sus leyes, cambiar sus costumbres...; cambiar los hombres, cambiar las cosas, cambiar las palabras... destruirlo todo, puesto que todo (debía) ser recreado".

Un país que adopta esa postura se entrega a la más radical inestabilidad. Cortado el ancla que supone la continuidad histórica, afirmada la soberanía absoluta de la razón humana, la nave del Estado queda prácticamente a la deriva. Pienso que la volatilidad institucional que padecemos desde 1917, y la amenaza de un adefesio constitucional que no deja de perseguirnos desde 1980, son ejemplos claros de lo que quiero expresar.

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