Desde la estratósfera

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El Dr. Gonzalo Aguirre me sitúa en la estratósfera y tiene razón. Lo dice en su artículo de la semana pasada en Búsqueda, porque he sugerido que los Sres. Wilson y Juan Raúl Ferreira no deberían ser simplemente liberados, lo que es tan importante, sino que también deberían ser declarados inocentes, lo que es más importante aún. Es efectivamente importante, yo diría que es vital, que se haga justicia. En este momento de manera muy especial. Así se ve la cuestión, al menos, desde las alturas.

Pero el Dr. Aguirre tiene razón. ¡Qué poco razonable es mi sugestión! Pretender que un magistrado se dirigiera a los Sres. Ferreira diciéndoles "Este Juzgado ha examinado las imputaciones que se han dirigido contra ustedes y, luego de examinar las pruebas producidas, y oído las alegaciones del Fiscal y la Defensa, les encuentra a ustedes inocentes", ¡qué idea tan poco sensata! Como si estuviéramos en un país civilizado. Debo pedir excusas, sin duda es el efecto de la altura.

No es que desde el espacio se divisen mal las cosas. En realidad la perspectiva que se logra es excelente. Pero se pierden de vista detalles fundamentales, que los hombres que tienen los pies bien asentados sobre el planeta pueden percibir y evaluar debidamente. Algunas veces, por ejemplo, y cambiando de tema, me he puesto a proponer que se cierre el Banco Central y se retiraran de circulación sus billetes, cambiándolos por la moneda de elección de cada tenedor. Evidentemente, debo haber tirado demasiado fuerte en esas ocasiones de la palanca de la altitud. Sigo persuadido que no hay otro medio para que funcione bien nuestra moneda.

Volviendo al caso de los Sres. Ferreira. Los hombres prácticos, con los pies sobre la tierra, me han convencido de que no hay más que dos vías para salir del berenjenal en que por nuestros pecados nos hemos metido: la vía de la negociación, en la que uno tiene que sacrificar cosas de indudable valor, como la integridad del orden jurídico, y la vía de la confrontación, en que se pueden perder cosas más importantes aún. Me han convencido que el problema de los Sres. Ferreira hay que tratar de resolverlo dentro del plano de las negociaciones. Pero en todo caso hay que negociar y negociar, hasta salir. Es bastante claro que tienen razón.

Yo, desde mi nave espacial, veía las cosas de otro modo. La distancia, es inútil, no permite percibir algunos detalles importantes. Pero déjenme contarles cómo se me representaban a mí estas cuestiones.

Yo me decía. Hacemos un arreglo con los militares. Seguirán teniendo los fusiles, los cañones, los tanques, etc. La fuerza. ¿Qué podría contenerlos? Algo en su propia conciencia. Un principio que esté activo allí, como en la conciencia de todos los demás. Algo a la vez sutil y formidable. Algo que no estaba en 1973, y que es más que el desprestigio del régimen por su gestión, por desastrosa que en la percepción popular esté se vea hoy. Algo que sea más tenaz que la memoria de errores y desaguisados. Algo que debíamos estar ocupados ahora mismo en fortalecer, en arraigar. ¿Qué puede ser?

Cuando Truman y Mac Arthur se enfrentaron, el que triunfó fue el principio que yo digo. El que consistió en buscar a través de las nubes, desde mi módulo, que discierno claramente en los EE.UU., aunque me remonte hacia los orígenes de aquel país, que veo en diversos otros lugares, más o menos vigorosamente implantado, pero que no estoy seguro que haya vuelto a prender en el Uruguay. Me refiero, por supuesto, a la majestad del derecho, a la santidad de la ley, a la clave de la libertad. Desde la estratósfera, eso se divisa como la única salvaguardia eficaz del orden jurídico. Nada de lo que se escriba en pactos, actos, ni otras zarandajas puede importar un comino en este sentido. Ese algo está o no está en las conciencias, manda o no manda en ellas. Si no está, si no manda, el régimen constitucional es a plazo. Escríbase lo que se escriba.

Los EE.UU. se rebelaron contra Inglaterra porque su Rey, Jorge III, violó los derechos de los colonos al cobrarles un impuesto inconstitucional, aunque insignificante. Fue una hermosa causa, en su trivialidad material, para empezar la empresa de un país nuevo, y nadie hizo resaltar más esa belleza que Edmund Burke, desde su escaño en el Parlamento británico. Hermosa causa, en efecto, porque ligó al derecho la esencia de la nueva nación. Si los EE.UU. hubiesen surgido de un regateo, ¿cómo habría sido su historia?

Pero no me hagan caso, así se ven las cosas cuando uno se aleja peligrosamente de este planeta, que empapa de sentido común a quienes se mantienen en contacto. Negociar. Vamos a ganar todo el territorio que podamos. Vamos a procurar con todas nuestras fuerzas que Wilson y Juan Raúl Ferreira no estén presos más tiempo que el necesario. Y si conseguimos todo eso, ¿no estaremos acaso mucho mejor que antes? ¿A quién se le ocurre pretender cambiar todo de una sola vez, y de pronto? A algún marciano, tal vez, desde la estratósfera. Vamos a ir a las urnas, a volver a tener un Presidente electo, la banda con los colores patrios cruzándole el pecho, y dos cámaras representativas de todos los matices de la opinión política. Y vamos a ponernos a trabajar y ya veremos cómo resolvemos las dificultades, a medida que se presentan.

En una de esas, la democracia dura. ¿Por qué no?

Así, al menos, veo las cosas ahora que traje la nave espacial de vuelta a este sólido planeta, tan seguro, tan inhibidor de fantasías. Y si algún día me oyen volver a sostener que este es el peor momento para ceder un ápice del derecho en lo que importa, no en las instituciones para el '85, que en ningún caso van a ser peores que las del '84, sino en la cuestión de si dos hombres son inocentes o culpables, porque esto atañe frontalmente a nuestra libertad, por favor excúsenme; será que nuevamente me habré remontado.

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