Ha sido Raúl Prebisch quien ha vuelto a pronunciar la palabra, reiteradamente usada también por Assogrony. La ocasión: 18.2% de inflación en julio en la República Argentina, según el índice de precios de consumidor, o 644% de tasa anual; la depreciación del peso argentino, casi 30% en el mercado libre durante los últimos 30 días al 10 de agosto, 2170% anualizando la tasa; la suba de todos los precios, tanto de consumidor como de productor, alrededor de 7 veces en los últimos doce meses.
¿Qué quiere decir hiperinflación? No es sólo una inflación grande, a la que podría llamarse inflación galopante, o una inflación desbocada. Es una inflación que se autoalimenta y destruye la moneda. Cuando destruye la moneda, suprime la necesidad de la misma. La hiperinflación termina quitándole al gobierno la capacidad de financiar sus gastos con la imprenta de billetes, que era el nuevo dinero que mes a mes inyectaba el gobierno en el torrente sanguíneo de la economía. La imprenta no se descompone automáticamente, como es natural, pero los billetes se desmonetizan, ya nadie quiere recibirlos. Entonces hay que financiar el presupuesto con recursos genuinos. La hiperinflación es una maestra de realismo económico. Es una maestra eficaz, que no deja que la atención de los alumnos se disgregue. Sólo es una maestra dura.
Nosotros no concordamos del todo con el diagnóstico del Dr. Prebisch. Un diagnóstico de hiperinflación nos parece a la vez demasiado pesimista y demasiado optimista. Si bien la inflación argentina se aceleró fuertemente en 1983, su ritmo en 1984 simplemente se ha mantenido. Tomando períodos de 7 meses y, anualizando tasas, tenemos el siguiente resultado: (1) Noviembre 82/mayo 83, 270%; (2) junio/diciembre 83, 570%; (3) enero/julio 84, 580%. Como se ve, la aceleración fue brutal entre el período (1) y (2), pero sólo muy suave entre el (2) y (3).
Esto es, la inflación argentina está al borde del abismo. Es como un equilibrista que está desplazándose por la cuerda floja con gran seguridad. Si se desencadena un vendaval cuando está a medio del trayecto, su experiencia y su destreza, adquirida a través de décadas de intensa práctica, habrán de valerse de poco. Un "shock" externo al ámbito monetario, como un conflicto social importante, puede desempeñar el papel de vendaval.
Al mismo tiempo, hay cierto optimismo implícito en el diagnóstico, un anuncio de que el enfermo entrará en crisis, oportunidad en que la vieja dolencia —si se nos permite cambiar de metáfora— quedará superada. El paciente, un alcoholista —Prebisch ha hablado de drogadicción— está próximo al delirium tremens. Entonces uno concibe la esperanza de que la extremidad del horror servirá para alejar al enfermo de la bebida. Pero ese no parece ser el caso argentino por el momento. El propio Prebisch declaró en una entrevista a Bernardo Neustadt su convicción de que "es posible controlar la inflación y bajarla progresivamente". Pues bien, corregir una hiperinflación "progresivamente", es decir, para usar una terminología más usual en este campo, mediante una estrategia gradualista, debe ser imposible. Por lo menos, hasta ahora ninguna de las hiperinflaciones generalmente reconocidas como tales (dos en Hungría, una —la más famosa— en Alemania, una en Austria, una en Polonia, una en Rusia, una en Grecia, ninguna, dicho sea de paso, en América Latina) ha sido recuperada con una política gradualista. Y también pensamos que la inadecuación del tratamiento gradualista alcanza también al caso de inflaciones galopantes como la argentina, y si nos apuran un poco, también como la nuestra. Y la razón fundamental de esa incompatibilidad entre gradualismo y gran inflación radica en el elevado costo del ajuste gradualista en términos de desempleo y pérdida de producto potencial.
Un tratamiento gradualista consiste en rehusarle a la economía mes a mes, y cada vez más, aunque poco a poco, la droga monetaria a que se había acostumbrado. Como el síndrome de abstinencia que se suscita en las inflaciones graves es desagradable, el tratamiento invariablemente se abandona. Un tratamiento de choque, en cambio, consiste en quitarle la droga de golpe al paciente. Sorprendentemente, las reacciones suelen ser muy saludables.
La dificultad práctica del choque es de carácter fiscal. El gobierno tiene que reducir el déficit a las proporciones que puedan resultarle financiables con recursos genuinos. Tiene que sopesar cuánto puede recaudar —no cuando logre adiestrar a los funcionarios de la DGI para que sean tan eficaces como los de tal o cual país, no cuando logre convencer a los contribuyentes de que les conviene pagar sus impuestos; no, cuánto puede recaudar ya, aquí y ahora— y reducir el gasto público a las proporciones de los ingresos factibles, salvo posibilidades auténticas de recurso al mercado de capital (en competencia con la empresa privada, naturalmente). Esto es lo que se llama realismo; suele requerir operaciones duras, dolorosas. Pero, concentradas en un breve lapso, dejan pronto el camino despejado para que el país pueda vivir y progresar.
Los grandes enemigos del realismo son la retórica política y el voluntarismo económico, esos siniestros hermanos que se han aposentado en nuestra zona del mundo. Alfonsín consiguió su estupenda victoria electoral sosteniendo que podía abatir la inflación, reactivar la economía y recuperar el salario real, todo a la vez y sin lágrimas. Y que no tenía por qué hablar de austeridad, como estaban y están haciéndolo los gobiernos socialdemócratas de Europa. Después de siete meses de frustración, el 29 de junio, se avino a usar la palabra austeridad en un discurso, pero la reacción de su partido fue tan intensamente adversa, que el odiado vocablo no ha vuelto a repetirse, ni el concepto se ha dejado ver en los hechos.
La drogadicción, valga la metáfora de Prebisch, es difícil de abandonar. Una de las dificultades mayores consiste en la confusión que la droga induce entre lo ideal y lo real; la recaudación que debíamos tener con la que tenemos, el aumento de productividad que debía conseguirse con el que se consigue, el éxito en la concertación de todos los grupos sociales que invariablemente se logra en los discursos con el que está disponible en los hechos. Por el momento la Argentina está optando por una economía onírica, en la que las sombras y las sustancias se entremezclan de extraña manera. Con ello la adhesión arrolladora del pueblo a la democracia corre el peligro de sufrir progresiva erosión. Queda por ver cómo será el enfrentamiento entre sueño y realidad de este lado del Plata.