La campaña electoral corriente ha dado algunas señales estimulantes, que nos han hablado de la moderación y longitud de visión de parte de los candidatos y sus asesores. Algunas hemos tenido ocasión de comentarlas. Otras, entre ellas la declaración conjunta de cuatro candidatos presidenciales comprometiéndose al respeto por los compromisos del estado en materia de letras y bonos emitidos en dólares, y a la abstención en materia de depósitos también en moneda extranjera constituidos en la banca, apenas sí hemos podido tratarlas en nuestras secciones informativas, solicitado como está el observador en esta coyuntura, desde los cuatro vientos, por el vertiginoso devenir de los acontecimientos.
Al mismo tiempo, advertimos en el mensaje de la mayor parte de los candidatos una omisión considerable que es fuerza que señalemos a nuestros lectores.
Esa omisión atañe a las lecciones que nos ha dejado el pasado en materia de políticas ensayadas, de éxitos y fracasos que la experiencia debería hacernos asociar con ellas. En particular, deberíamos todos esforzarnos por identificar las piedras que yacen en nuestro camino, con las cuales ya hemos tenido ocasión de tropezar en el pasado.
El enfoque histórico que subyace a la mayor parte de los planteamientos tememos que adolezca de dos defectos graves: simplismo y complacencia.
La síntesis de un programa de principios se refiere al "ciclo anterior", apoyado sobre bases de libertad, democracia y justicia. Ello trasunta una visión puramente dicotómica del pasado que no puede tenerse en pie. No sólo por razones de cronología resulta inadmisible la división de la evolución uruguaya en dos etapas, una del orden de magnitud de una década, y la otra de porte sesquicentenario. Tampoco es creíble la tesis implícita de la democracia ideal, justa y próspera, que el golpe militar interrumpió un día abrupta y arbitrariamente. Ni el recurso a la guerrilla marxista como perturbación externa y aleatoria que desestabilizó el viejo orden idílico, mejora la calidad de la teoría.
El maniqueísmo es siempre costoso, conlleva una simplicidad engañosa, comporta el lujo de una satisfacción emocional sin matices que no podemos permitirnos. El golpe militar fue un tremendo error. Pero fue una solución tremendamente incorrecta de un problema tremendamente difícil. No detraemos nada significativo de la desaprobación radical que debe merecernos la ruptura del orden constitucional, si reconocemos que ella advino en medio de una crisis. La crisis de un régimen que, en su descenso acelerado por la pendiente resbaladiza, había dejado ya muy lejos el paradigma de la democracia ejemplar, justa y próspera. La crisis de un estado cuyo Parlamento votaba la Ley de Seguridad del Estado y la Ley de Ilícitos Económicos, que de estado de derecho no guardaba ya más que una corteza delgada y frágil.
Las causas de esa crisis deben explorarse. Por fuerza, esa exploración tendrá que integrarse con una autocrítica profunda de los partidos gobernantes, que nuestras dos grandes colectividades políticas tradicionales deben al país. Ese acto insoslayable, ¿por qué se demora?
Durante mucho tiempo pensamos que la dialéctica política era el agente que retardaba el cumplimiento del compromiso. No se deseaba entregar armas al "proceso cívico-militar". Hoy el enfrentamiento ya no puede justificar la reticencia. La derrota del régimen es total, su retirada carece de orden, su falta de apoyo en la opinión pública es absoluta. La reticencia, que siempre fue indeseable, hoy es además inútil.
Tal vez se quiera asentar la reconstrucción del país sobre un consenso. Un consenso sobre el fracaso de todo lo intentado desde junio del '73, del éxito de todo lo anterior, un consenso, por tanto, maniqueo, falso. Más valdría intentar la cimentación sobre una ciénaga.
La estabilidad de la futura democracia uruguaya tiene que asentarse sobre la verdad, debe recurrir sin concesiones a la lucidez. Sobre la base de que la empresa es harto difícil, infinitamente exigente. Esta tarea de edificación en serio no ha comenzado aún. Por ahora lo que se ha empezado a construir es una Torre de Babel, con el nombre ya temible de concertación. Ojo, que si llevamos la confusión hasta creer que esto es aquello estamos perdidos.
La república que entró en crisis no fue la república de la democracia, la prosperidad y la justicia. No fue el estado de derecho. En junio de 1973 la gente no se quedó multitudinariamente en sus casas porque careciera de gimnasia participativa. Se quedó en sus casas porque no creía en el régimen. Porque asociaba al régimen con el estancamiento económico y la inflación, el desempleo, la caída de los ingresos reales, la falta de oportunidades, la emigración.
Todas estas calamidades tienen sus causas, y todas las causas deben conocerse para evitar que se repitan. Si el Uruguay vuelve a ser la tierra de oportunidad que fue otrora, hace muchos, muchos años, y que nunca debió dejar de ser, las instituciones estarán seguras. Y si no, no.